Opinión
Deshaciendo contubernios
La prensa facha de Madrid bautizaría a los participantes de ese otro encuentro como el «Contubernio de Munich»

El expresidente del Gobierno Felipe González recibe el Toisón de Oro de manos del rey Felipe VI / EFE
La princesa Sofía iba en una carroza tirada por seis caballos blancos, entraría en la iglesia del brazo de su padre. Ciento treinta y tres miembros de familias reales europeas se habían reunido en Atenas, era la boda del príncipe Juan Carlos de Borbón, todo esto un mes antes de empezar el verano de 1962 en que la prensa facha de Madrid bautizaría a los participantes de ese otro encuentro como el «Contubernio de Munich». Relativizaban su importancia y sugerían que no era demasiado peligroso, claro. Principios de junio de ese mismo año y unas 118 personas de diferentes organizaciones políticas del estado español empezaban a externalizar su oposición al régimen. Hoy contrasta con el nuevo culebrón de intento de reunir a toda la izquierda desde dentro y es que andan muy nutridos de aquellos que piensan que «contra Franco se luchaba mejor».
De todo ese conjunto, ochenta acudían desde la península y las islas y el resto desde el exilio. Se pretendía poner las bases y debatir el futuro dentro de la Comunidad europea. Participaron representantes del PSOE, PNV, del Partido Social de Acción Democrática, fuerzas catalanas, Izquierda Democrática, Democracia Social Cristiana, Unión Española (muchas suenan extraterrestres) y otros grupos independientes republicanos. Formaron comisiones de las que debía salir una resolución que intentaría presentar a la Asamblea General del Movimiento Europeo, pero parece, según la prensa más tendenciosa del momento (que era casi toda), que «no estaban nada de acuerdo».
La conclusión de todo, o la resolución, fue que sin un régimen democrático España no iba a poder entrar. En los artículos de prensa se resaltaba que no era más que «una reunión ilícita». Restaban importancia a tal evento por las grandes diferencias que destacaban los media afines al sistema, pero el contacto entre la incipiente oposición política del interior y los agentes políticos exiliados fue el auténtico germen de un principio de algo y el logro más fructífero en esas semanas de Baviera. Los titulares brillaban funestamente por la rabia de los cambios lentos en el tiempo pero inminentes: «La traición y la estupidez aliadas en sucio contubernio contra España».
Hoy, Felipe González ya parece cada vez más cercano a Orbán que al presidente Sánchez, la catalanofobia es un motor muy antiguo, pero longevo y rentable. La derecha española se llena la boca de europeismo por lo que concierne a los aspectos macroeconómoicos mientras sigue comprando el discurso antiinmigración, xenófobo y racista en todas sus vertientes en un contexto social en el que el delantero del R. Madrid apenas puede celebrar su fabuloso gol en la última contienda. El fútbol y la política. El fútbol, la empresa más profundamente solvente en su carácter auténticamente federal en lo universal. El fútbol como termómetro de haber traspasado ya todas las líneas rojas al mismo tiempo que alardea de los valores y carácter educativo de este hermoso deporte que mueve tanto dinero en todas y cada una de sus categorías. Una vergüenza en una Europa cuyo futuro es únicamente, y desde el principio, la federación de todos los pueblos y naciones.
Se cumplen 30 años de la patada más famosa y sin balón, la de Eric Cantona, pero volviendo al viejo líder socialista y sus secuaces de la baronía, estos pueden seguir predicando. Representan la más corrupta e incoherente y torticera de las políticas: OTAN, no, pero luego sí. Felipe sigue dando titulares siendo el artífice de adoptar, como la auténtica panacea, el acuerdo de Maastricht que es aquel que como resultado final vendió a nuestras abuelas y abuelos por cuatro chavos y ha hecho que hoy el poder adquisitivo de sus descendientes no permita que un ciudadano que tributa aquí pueda adquirir una vivienda mínimamente decente ni competir con la demanda extranjera de países donde usted, y servidor, no pueden ni imaginar comprar un salvavidas.
Vox, PP y una parte de estos socialistos veteranos son realmente unos patriotas de libro y de pacotilla. Con el tiempo, obviamente, al «Contubernio» ya no lo cuestiona nadie, hasta el punto que el actual representante de la corona le resulte sencillo, en cada ocasión que se tercie, dar continuos avisos al personal de reactivar el «Contubernio», recordando la importancia de conservar, mantener e incluso reforzar los resquebrajados y tan golpeados lazos que sigan haciendo posible la Unión.
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