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Opinión | Málaga en mi memoria

Duelo en bronce

Hoy, nueve años después del fallecimiento de mi hermano encuentro en el bronce y en la experiencia personal la fuerza para afrontar el dolor y la pérdida, transformándose

El duelo no es solo por la muerte, es por muchas más cosas

El duelo no es solo por la muerte, es por muchas más cosas / l.o.

Si paso por el Parque de la Alameda de Málaga siempre me da un pellizco el corazón, se me arrebata algo por dentro. Quisiera decir que no siento la pena, que solo pienso en todos esos niños y niñas que, como yo, jugaron a subirse al Burrito Platero o a darle de comer, y que un día alguien hizo una foto y quedó ese momento tan igual a otros en el imaginario familiar para siempre. Una tarde de parque, una jornada más, quizás un día feliz. Pero no.

Mi tía Esther a horcajadas sobre el animal de bronce con mi abuelo, padre orgulloso y tardío, a su lado. Vino en esos años que suelen ser de embarazos sorpresa, de esos en los que las mujeres como mi abuela Matilde ya tenían sofocos y pensaban que no traerían más hijos al mundo: pero mi tía quiso venir. Y ya con hermanos mayores y padres más mayores aún, era la niña bonita de la casa. Mi tía Esther se montó ese día en el Burrito Platero de la que, años después, también sería mi tierra. Un suspiro más tarde vendría una meningitis aguda mortal que arrasaría con sus siete añitos y cambiaría el devenir de la familia de la que yo vengo.

El duelo no es solo por la muerte, es por muchas más cosas. Podemos vivir a través de una pena que ni siquiera es nuestra. A mí me pusieron su nombre: Esther. Supongo que, para honrarla, recordarla (pienso que de forma muy ingenua). Sin darme cuenta, su nombre me colocó en esa posición de reparación, como si hubiese venido a consolar la pena honda de mis abuelos, el escozor de la herida de mi madre. Y me quisieron todos más que a nada y me vistieron de domingo muchas veces y me llevaron al burrito y allí me subía a horcajadas, como antes hizo mi tía Esther. Y yo quería ver sus cuadernos, guardados bajo mi cama en una bolsa de tela amarilla de los años setenta; pero solo los podíamos sacar cuando mi abuelo no estaba en casa, porque él no podía soportar ver su dolor. Y yo con 5 y con 6 años ayudaba a mi abuela a hacer su cama en las vacaciones y los fines de semana, y la veía llorar y sentarse en el borde derrotada, y me pedía el pañuelo de mi abuelo y yo le abría el cajón cuidadosamente, porque tenía las fotos de todos sus muertos queridos colocados a la perfección, y no me separaba de ella hasta que se le agotaban las lágrimas. Y entonces me decía: «vamos, Esther, que no sepan que he llorado». Y yo me lo callaba porque sabía que nombrarlo dolía. Y, por eso, aprendí a no nombrar las cosas que duelen. O, simplemente, no existía otra manera en mi sistema familiar de vivir el duelo más que ocultándolo.

Hoy paso por el Burrito Platero y pienso en la cadena, que traeré a mi hija a que se monte en el burrito y le contaré que ya sus antepasados se montaron ahí, justo donde esté ella. Yo también. Y le he tocado las orejas, frías. Y he pensado que ya sí podemos nombrar las cosas que nos duelen porque para eso es el dolor, para sentirlo, pero, sobre todo, para transformarnos. A mí me sirvió el silencio para mucho y le sirvió a mis abuelos tenerme a su lado. Agradezco saber que mi nacimiento fue un bálsamo, porque así siempre me lo decían: «Esther, tú nos has salvado». Aunque viene todo de la mano de un riesgo emocional grande por un duelo no resuelto, y viaja de forma transgeneracional hasta hoy. La herida abierta se reactivaba cada vez que mi nombre era pronunciado, y crecí inmersa en un clima emocional marcado por la pérdida, la asfixia del peso que cayó sobre mis hombros y la culpa inconsciente por estar viva y querer ser otra que no fuese mi tía Esther.

Pero es que yo soy de bronce también, ni oro ni plata ni otra cosa. Bronce de ese del parque de la Alameda. No me rompo con facilidad, porque me deformo un poco antes de que pueda llegar el chasquido fatal. Mi fuerza surge de la mezcla de los elementos, no tanto de la pureza del metal, integrando experiencias, heridas y aprendizajes que me hacen ser más sólida al final. El bronce no se degrada, se transforma, qué forma tan bella de presentarme ante mis propias flaquezas. Me gusta mirar el burrito como la estatua que existe para recordar, para la memoria que permanece: perfectamente capaz de sostener la historia sin romperse por ella. La belleza del bronce no está en el brillo, como le pasa al oro. Se encuentra en su pátina y su textura, lo que nos da la vida y la experiencia. Representa una fortaleza no idealizada, más auténtica: una metáfora coherente para alguien como yo o como tú, que ha atravesado el fuego, cambiado de forma… y sigue en pie.

Hoy es 25 de febrero, se cumplen nueve años del descanso eterno de mi hermano Pablo, el pequeño de mi casa. Toda transformación requiere como condición previa el fin de un mundo completo, escribió Jung, todo el quiebre de una filosofía de vida que ha servido hasta hoy, pero que ya no.

No hay cambio sin despedida.

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