Opinión
La política deja a Yolanda Díaz
La carrera política de Yolanda Díaz ha alcanzado el punto de desesperación en que solo puede conseguir las portadas marchándose

La vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo y Economía Social, Yolanda Díaz, interviene durante una sesión de control al Gobierno. / Europa Press
Nadie tenía la mínima intención de proclamar a Yolanda Díaz como líder de la izquierda en las próximas elecciones generales, y mucho menos de votarla, por lo que «mi intención de no repetir como candidata» expresada en carta y vídeo suena como mínimo redundante. Al aderezarla con la eminente falsedad de que «siempre tuve muchas reticencias ante la idea de ser candidata» en los pasados comicios, se confirma que la supuesta despedida de la vicepresidencia es una ficción. Enumera a continuación tantos éxitos de Gobierno que precisarían diez veces el espacio aquí asignado. En cambio, no recuerda ni un solo error. Si es cierto que «tenemos un país hermoso», también peca de desagradecido al haber expulsado de su horizonte electoral a cualquier iniciativa encabezada por la ministra infalible.
Yolanda Díaz no deja la política, la política deja a Yolanda Díaz. Ha sido expulsada, y su carta/vídeo recuerda a la trasnochada Norma Desmond en ‘Sunset Boulevard’, ha caído una estrella. La inflación de su currículum no explica las sucesivas mayorías absolutas de las derechas, incluida su región natal. Y tramposa como siempre, se reserva una cláusula de continuidad, porque «voy a seguir trabajando desde el Gobierno». No sea que a alguien se le ocurriera demandarle la liquidación inmediata, y de aquí al 2027 que especifica pueden ocurrir muchas cosas.
La carrera política de Yolanda Díaz ha alcanzado el punto de desesperación en que solo puede conseguir las portadas marchándose. Ni un reconocimiento parcial de culpa, incluso su mención explícita a Gabriel Rufián se consuma tras la constatación de que no habrá unión de las izquierdas ni nada que se le parezca. «Tenemos que ganar el país» queda tan hueco como la inevitable referencia al «genocidio palestino», que no iraní ni ucraniano. Cabe agradecer a la vicepresidenta del Gobierno que no se haya refugiado en el satánico Trump, dentro de un perfil autohagiográfico que no logra explicar por qué se ha vuelto irrelevante.
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