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Opinión | Tribuna

Tomás Lejarraga Camino

Las redes sociales y el principio de precaución

La proliferación de las redes sociales coincide con el deterioro de la salud mental juvenil, aunque la relación causal aún no está del todo clara, según estudios recientes

El uso extremo de redes sociales aumenta peligrosamente la sensación de soledad

El uso extremo de redes sociales aumenta peligrosamente la sensación de soledad / Unsplash

Muchos adolescentes están sufriendo. La Comisión de The Lancet Psychiatry sobre salud mental juvenil, quizás la institución más acreditada para emitir un juicio sobre el estado de la salud mental de los jóvenes, alertaba en 2024 que «la salud mental de los jóvenes ha estado empeorando durante las dos últimas décadas». Este empeoramiento de la salud mental de los jóvenes coincide con la proliferación de las redes sociales, lo que sugiere que el uso problemático de las redes sociales causa trastornos mentales.

Ante la sospecha que las redes sociales puedan ser perjudiciales para la salud mental, los científicos han estudiado esta relación y los resultados empiezan a publicarse. Efectivamente, existe una relación clara entre el uso problemático de las redes sociales y los trastornos mentales, como indica el último informe de la Secretaría de Estado de Digitalización e Inteligencia Artificial. No obstante, de momento, esta relación es correlacional, no causal. ¿Qué significa esto? Lo que los estudios demuestran es que las personas que usan redes sociales durante más tiempo tienen mayor probabilidad de desarrollar algún tipo de trastorno. Simplificando, si miramos a todos los jóvenes estudiados y comparamos el uso de redes sociales con la salud mental, veremos que, si un joven usa mucho las redes sociales, la probabilidad de tener un trastorno es alta; y si vemos un joven que usa poco las redes sociales, entonces veremos que la probabilidad de tener un trastorno es baja. Es decir, que las dos variables que nos interesan (el tiempo de uso de redes sociales y la salud mental) «se mueven juntas».

Esta observación podría ser suficiente evidencia del peligro de las redes sociales. Sin embargo, existe la posibilidad de que éstas no causen malestar, sino que las personas que ya sienten algún tipo de trastorno se refugien en ellas para afrontarlo. Es decir, que la relación que sospechamos —que las redes causan trastorno— podría en realidad ser al revés, o que no existiera. Tenemos incertidumbre sobre la fuerza y dirección de la relación causal. Éste es un claro ejemplo de que la correlación entre dos fenómenos no implica causalidad: si dos cosas suceden juntas, no significa que una cause la otra.

Establecer una relación causal es difícil desde el punto de vista metodológico. Lo ideal sería hacer un experimento aleatorizado controlado: con una muestra de jóvenes sin trastornos mentales, asignar aleatoriamente la mitad de ellos a un grupo de tratamiento, en el que se les indica que usen las redes sociales por un tiempo determinado, y asignar la otra mitad a un grupo de control en el que no se les indica ningún uso —o se les prohíbe—. Después de un tiempo, se mide la salud mental y, solo si se encontraran diferencias entre los dos grupos, se podría establecer una relación causal, porque la única diferencia entre los dos grupos será el contacto con las redes. Este experimento hipotético es difícil de hacer, tendría implicaciones éticas, y llevaría mucho tiempo, porque el posible efecto de las redes sobre la salud mental puede tardar tiempo en manifestarse. Existen alternativas a un experimento aleatorizado controlado que imitan la esencia de un experimento, pero también llevan tiempo.

En resumen, nos encontramos con la siguiente situación: la salud mental de los jóvenes empeora desde que han proliferado las redes sociales; existe evidencia correlacional, pero la evidencia de una relación causal tardará en llegar. Mientras tanto, ¿qué hacemos? ¿Esperamos a ver qué pasa? Ante esta situación incierta y preocupante, y ante la posible irreversibilidad del daño, un grupo de expertos de la Academia de Ciencias Alemana, la Leopoldina, propone invocar el principio de precaución. Este principio es un estándar legal y ético para afrontar situaciones de incertidumbre. Lo siguen las Naciones Unidas y la Unión Europea en diversas áreas. Este principio se invoca cuando existe una sospecha científica razonable de un daño significativo para la salud humana o el medio ambiente, pero aún no existen pruebas concluyentes. En estos casos, el principio de precaución implica que los actores responsables pueden, y a veces deben, tomar medidas preventivas.

Ante la incertidumbre de si, efectivamente, las redes sociales son peligrosas para la salud mental de nuestros jóvenes, la aplicación del principio de precaución nos lleva a intentar limitar su uso. Australia ha dado el primer paso. España le sigue. Europa se mueve. Hasta que no sepamos mejor, lo más razonable es tratar a las redes sociales con mucha precaución.

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