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Opinión | Tribuna

Caer del guindo

El primer ministro de Canadá ha confirmado la "ruptura del orden mundial" en Davos, instando a los países a unirse para defender sus valores e intereses ante las grandes potencias

El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, durante una reunión de ministros de Defensa de la Alianza

El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, durante una reunión de ministros de Defensa de la Alianza / OTAN

Parece que algunos por fin se van enterando. Hace dos años publiqué un libro sobre la guerra de Ucrania que se titulaba El fin de una Era porque veía que el orden geopolítico que había surgido tras la Segunda Guerra Mundial estaba dando sus últimas boqueadas. Me parecía evidente que a ello nos llevaban tanto la aceleración histórica y la revolución digital como la voluntad de Rusia y, sobre todo, de China por disputar la hegemonía norteamericana. Un par de años más tarde ese orden ha sufrido un nuevo golpe con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y su deseo de cambiarlo porque dice que permite que el resto del mudo se aproveche de Estados Unidos... cuando han sido precisamente los Estados Unidos los promotores y mantenedores de ese orden que nos ha dado ochenta años de paz y de progreso económico sin precedentes. Ambas cosas han permitido un formidable avance de las clases medias y el afianzamiento de la democracia pues ya Fukuyama advirtió hace años de la relación ente una y otra cosa.

Ahora todo parece cambiar: las clases medias sufren el impacto de un neoliberalismo descontrolado, las democracias pierden terreno (el 72% de la población del mundo vive en autocracias) y baja la calidad de las que siguen en pie, mientras crecen las desavenencias dentro del grupo occidental porque los americanos piensan que Europa ha perdido el norte, nos imponen aranceles, discutimos sobre la regulación de las grandes plataformas digitales, siembran dudas sobre la defensa colectiva y el paraguas nuclear, apoyan a nuestros partidos de ultraderecha, e incluso amenazan con apoderarse del territorio de otro miembro de la OTAN. El resultado es el debilitamiento de la relación trasatlántica y una ruptura de confianza que no será fácil enmendar. Ni Xi ni Putin podían esperar que Washington les hiciera un regalo mejor.

Y por fin nuestros líderes parecen caer del guindo y reconocerlo públicamente, aunque para ello haya tenido que venir a Davos el primer ministro de Canadá para confirmarles «la ruptura del orden mundial» y la necesidad de los países medios de unirnos para mejor defender nuestros valores e intereses frente a los grandes. Luego, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, Merz ha certificado la defunción «del viejo mundo» y la necesidad de Europa de encontrar su camino, aunque siempre que sea posible de acuerdo con los americanos porque «juntos somos más fuertes». De acuerdo, a condición de que el camino lo decidamos conjuntamente y no como sucede ahora en que Washington lo marca y luego pretende que lo sigamos sin rechistar. También los americanos quieren que asumamos mayores responsabilidades en nuestra defensa frente al oso ruso. En la última reunión de la OTAN confirmaron la reducción del número de soldados desplegados en nuestro continente y abogaron por una OTAN 3-0 con más participación europea en sus finanzas y en su estructura de mando. Washington no oculta su preocupación ante el ascenso chino y quiere reorientar sus medios hacia Asia como ya intentara Obama.

Importante ha sido también la reciente reunión de los líderes europeos en un castillo belga, en compañía de Draghi y de Letta, para poner en marcha las recomendaciones que ambos hicieron hace ya un año y que en buena medida han dormido el sueño de los justos: competitividad, industrialización, mercado de capitales que permita sacar el máximo partido al ahorro de 13 billones de euros que guardan nuestros bancos, transición energética, políticas comunes en energía y migraciones, acabar con regulaciones excesivas y asfixiantes, y soslayar los inconvenientes de la regla de la unanimidad que impide que logremos hablar con una sola voz en defensa de nuestros valores e intereses, algo que es posible lograr sin necesidad de reformar los Tratados con coaliciones de voluntarios, geometrías variables, y apartamiento voluntario de los reacios (opting out) para dejar avanzar a los que puedan y quieran, como ya se hizo con el euro o con el espacio Schengen. Úrsula Von der Leyen presentará una hoja de ruta el mes próximo porque no hay tiempo que perder. Es el camino correcto. Necesitamos «una Europa fuerte», dijo Macron en Múnich mientras escuchaba el discurso de Marco Rubio, de puño de hierro en guante de terciopelo. Y por si quedaban dudas de la Europa que Washington quiere, luego se fue a visitar al húngaro Orban y al eslovaco Fico... Washington nos quiere a su lado pero obedeciendo sus órdenes.

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