Opinión | Viento fresco

Redactor jefe y articulista
Exijo una dimisión
Pasan los días y los años y no pide uno la dimisión de nadie. Y, claro, llega el desentreno. Se empieza no pidiendo dimisiones y se acaba no dando los buenos días

Un hombre y sus pensamientos. / Marian León (EP)
El otro día caí en la cuenta de que llevo mucho tiempo sin pedir la dimisión de nadie. Iba por la calle pensando en la manera de mejorar mi receta de las alubias de Tolosa cuando me atacó semejante pensamiento. Me paré en seco. Parecía que mis piernas habían dimitido de su función primordial: andar. Me acordé entonces de aquella tarde de primavera de hace ya tanto tiempo en la que exigí la dimisión de un concejal, que ni siquiera sé si leyó el artículo. También rememoré aquella vez que solicité la dimisión del encargado de mi edificio, que se pasaba el día sesteando el hombre.
Una vez un ministro me escribió una carta recriminándome que yo hubiera escrito que a él «no lo conocen ni en su casa a la hora de comer». El señor me mandó su currículo, unos 20 folios, creyendo que así iba a apabullarme y que con eso yo quedaría convencido de que sí era un hombre conocido. A mí me hubiera bastado con que me mandara un selfie o foto de él comiendo en su casa con su señora y su hijo o el perro o el hámster. No hizo nada de eso y desde entonces cada vez que lo veo en la tele -ahora está en una multinacional- pienso si come en su casa, si ha cambiado de casa, si lo conoce alguien o si se ha separado y ha tenido que, otra vez, darse a conocer a alguna chica. El que sí lo conocía bien era el presidente del Gobierno de entonces, que lo apartó del cargo pronto, lo suficiente para que el desconocido obtuviera el título de exministro, que es mucho más interesante, lucrativo y chachi que el de ministro. Eres ministro y te ponen verde pero eres exministro y te dan trabajo mucho mejor pagado en una multinacional.
Dimitir. Hace ya mucho que no pido una dimisión. Empiezas no pidiendo una dimisión y acabas no dando los buenos días. Te desentrenas, van pasando los días, las semanas, los meses y no pides una dimisión y además no dimite nadie, todo se va volviendo previsible: tus lectores ya saben que no encontrarán una petición de dimisión y el político ya sabe que no dimitirá.
Cuando empezaba en esto pedí la dimisión de un presidente de Mancomunidad y entonces la oposición, que yo creí que estaba mancomunada conmigo, me recriminó tal cosa. «Lo has reforzado», me dijeron. Quedé perplejo. Comprendí entonces el poder de la psicología inversa. Y en efecto: una vez dije que alguien lo está haciendo bien y lo destituyeron. Una posibilidad es estarse quietecito y no escribir de la dimisión de nadie. Hay periodistas que coleccionan dimisiones provocadas. Como si fueran trofeos. Tendrían hasta ganas de colgarlos en el salón y enseñárselo a las visitas: mira, este era edil de jardines y me lo cargué en 1998. Y en ese plan.
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