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Opinión | Mirando al abismo

La decepción y el ser humano

La decepción.

La decepción. / EP

Hay cosas que creemos eternas. No porque tengamos pruebas de su eternidad, sino porque las necesitamos así: fijas, sólidas, como columnas que sostienen el techo bajo el que vivimos. Les otorgamos esa condición sin preguntarles si están de acuerdo. Las convertimos en axiomas de nuestra realidad particular, en el suelo firme sobre el que construimos cada paso. Y entonces, un día, sin previo aviso o con demasiado, algo cede.

La decepción no es simplemente el dolor de que alguien nos falle. Es algo más profundo y más extraño: es el descubrimiento de que el mapa que usábamos para navegar el mundo estaba equivocado. Que el territorio nunca fue lo que creíamos. Y eso desorienta de una manera que va más allá del incidente concreto, más allá de la persona o la circunstancia que detonó la caída. Cuando algo inamovible se mueve, todo lo demás tiembla. Porque los pilares no sostienen solo la relación con esa persona o esa institución o esa idea: sostienen nuestra forma entera de entender lo que es real.

Lo que nadie nos explica es que confiar es siempre un acto de valentía disfrazado de costumbre. Que cada vez que depositamos fe en algo o en alguien, estamos firmando un contrato con la vulnerabilidad. Lo hacemos de forma tan automática, tan cotidiana, que olvidamos el riesgo implícito. Confiamos en que la persona que amamos seguirá siendo quien creemos que es. Confiamos en que las instituciones que nos cobijan no esconden grietas detrás de su fachada. Confiamos en que el amigo que conocemos desde siempre no puede sorprendernos de esa manera. Y al confiar así, al entregar esa fe sin reservas, nos dejamos abiertos. Expuestos. Frágiles de una manera que solo se revela cuando llega el golpe.

Después del golpe viene el silencio extraño. El momento en que no sabemos cómo seguir porque el camino que conocíamos ya no existe. No es que estemos rotos exactamente, aunque a veces lo parezca. Es que estamos desorientados en un paisaje que reconocemos pero que ya no funciona igual. Las paredes siguen en pie, pero algo fundamental en su interior ha cambiado de naturaleza.

Y sin embargo, lo más perturbador de la decepción no es lo que destruye. Es lo que revela sobre nosotros: que a pesar de todo, seguimos siendo capaces de confiar. Que incluso conociendo el riesgo, incluso habiendo sentido ya este suelo quebrarse bajo los pies, volveremos a construir. Volveremos a llamar inamovible a algo. Volveremos a entregarnos.

Quizás la decepción no sea más que un fallo en la programación humana, o puede que solo sea eso que nos hace humanos.

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