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Opinión | La vida moderna merma

El Evangelio no entiende de encuestas

La llamada de atención del obispo de Málaga al Ayuntamiento por su respaldo a una moción contraria a la regularización de inmigrantes ha abierto un debate incómodo

El Evangelio no entiende de encuestas

El Evangelio no entiende de encuestas / La vida moderna merma

Hay algo profundamente inquietante cuando un partido político empieza a hablar con la voz de otro. No porque evolucione -eso es legítimo-, sino porque se disfrace. Y en política, los disfraces suelen oler a miedo.

La reciente llamada de atención del obispo de Málaga, José Antonio Satué, al Ayuntamiento por su respaldo a una moción contraria a la regularización extraordinaria de inmigrantes ha abierto un debate incómodo. Y los debates incómodos suelen ser los más necesarios. La diócesis recordó algo bastante elemental. Vincular inmigración con inseguridad o deterioro social no solo es simplista, sino que es peligroso. Porque cuando simplificas, siempre acabas señalando.

Aquí conviene dejar algo claro y es que la inmigración no es un asunto menor. No es una tertulia de sobremesa. No es un argumentario de campaña. Son personas. Con nombres. Con biografías rotas. Con situaciones, en muchos casos, verdaderamente miserables. Personas que no están en abstracto. Viven en barrios concretos, comparten escaleras, colas en el ambulatorio y pupitres en los colegios.

Y precisamente por eso, el mercadeo político con este asunto debería estar prohibido por pudor. Por vergüenza.

El Partido Popular en Málaga -como en tantos lugares- vive con el alma en vilo. Vox pisa fuerte en determinados entornos. Especialmente en barrios humildes donde el choque cultural es más directo y menos teórico. Y el miedo es humano. También en política. Pero el miedo rara vez produce decisiones inteligentes. Produce gestos exagerados. Sobreactuaciones. Giros innecesarios. Tonterías.

Intentar parecerse a Vox para que Vox no te quite votos es un error mayúsculo. Y, si me lo permiten, un poco ridículo. Si uno cree en un modelo moderado, en una gestión centrada y en una política de equilibrio, debe defenderlo aunque eso implique perder. Porque perder siendo coherente es infinitamente más digno que ganar disfrazado de lo que no eres. Y además, suele ser más rentable a medio plazo.

Lo mismo podría decirse del otro lado del tablero. Si Dani Pérez tuviera el valor de marcar distancias claras con determinadas estrategias nacionales de Pedro Sánchez, probablemente abriría una ventana electoral enorme en Málaga. Pero el valor, esa palabra tan hermosa y escasa, cotiza a la baja en tiempos de polarización.

Ahora bien, conviene no engañarse. Negar que existen tensiones en determinados barrios sería una frivolidad. Quien no escucha a los vecinos de toda la vida que han visto cambiar radicalmente su entorno en pocos años, no puede comprender del todo el malestar. El choque cultural existe. Y genera estrés. Diferencias en hábitos, en normas sociales no escritas, en formas de convivencia. En modales. En educación. Eso es real.

Pero de ahí a convertir al inmigrante en el culpable universal de la subida de la vivienda o de la falta de empleo hay un abismo. Los pisos no valen más caros por los inmigrantes. El mercado laboral precario no lo inventaron ellos. Los problemas estructurales de vivienda en Málaga no nacen en una patera.

Lo que sí ocurre es que el conflicto cotidiano -el ruido, la saturación de servicios, la percepción de cambio acelerado- es el caldo de cultivo perfecto para los discursos ultras. Porque quien vive la fricción directa es más vulnerable al mensaje simple de «te están quitando lo tuyo».

¿Por qué en lugares como El Ejido el voto a Vox es tan alto? No es una casualidad sociológica. Es convivencia directa, intensiva y muchas veces mal gestionada institucionalmente. Cuando el Estado no acompaña procesos de integración reales, cuando los servicios públicos no se refuerzan, cuando se abandona el territorio, el miedo ocupa el espacio vacío. Y si encima te pisotean culturalmente y en un lateral del tablero político te encuentras a gente que te felicita el ramadán, pero prohíbe celebrar la Semana Santa en los colegios pues claro… se lo están poniendo a huevo.

Y el miedo siempre encuentra quien lo capitalice. Aquí la Iglesia juega un papel incómodo pero necesario. La postura del obispo no es partidista; es doctrinal. La tradición social de la Iglesia habla de dignidad humana, de acogida, de integración ordenada, de justicia. Puede equivocarse en los matices políticos, pero su obligación moral es recordar que las personas no son piezas electorales. Y es justo que lo haga, aunque se meta en terrenos donde luego es difícil salir sin rasguños.

Quizá lo verdaderamente preocupante sería su silencio. Ahora bien, tampoco todo vale en nombre de la solidaridad. La integración exige normas, exige adaptación recíproca, exige pedagogía cultural. La convivencia no es automática ni mágica. No basta con proclamar derechos. Hay que trabajar deberes y responsabilidades compartidas. Negar las tensiones reales también alimenta a los extremos y deja vendidos y sin una recomendación hacia quienes lo están pasando francamente mal también aquí.

Por eso el equilibrio es tan difícil. Y tan necesario. Málaga seguirá teniendo ayuntamiento. Seguirá teniendo obispo. Seguirá teniendo barrios humildes y barrios acomodados. Y seguirá teniendo inmigrantes porque forma parte del mundo real en el que vivimos. La cuestión no es si el fenómeno existe, sino cómo lo gestionamos sin rompernos por dentro.

Venderse por un puñado de votos es pan para hoy y descrédito para mañana. Vestirse con el traje del otro puede dar un aplauso rápido, pero deja al descubierto la falta de convicción. Y las ciudades necesitan convicciones, no disfraces.

La moderación es hoy un tesoro escondido. Nadie quiere hacerse cargo de ella por miedo a parecer tibio. Pero quizá precisamente ahí, en ese equilibrio incómodo, en esa defensa valiente de un modelo propio sin complejos ni imitaciones, esté la llave del éxito político real.

Porque al final, más allá del ruido electoral, la convivencia no se construye con eslóganes, sino con responsabilidad. Y esa palabra -responsabilidad- no debería pasar nunca de moda. El Evangelio no entiende de encuestas. Y yo prefiero lo primero a lo segundo.

Viva Málaga. n

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