Opinión | A cuentas con la vida
La carne importa
La diferencia entre la realidad y su réplica no reside en la apariencia, sino en lo que se pierde por el camino

Robots sobre ruedas, la IA toma cuerpo en la automoción
A veces conviene mirar al pasado. Un santo del siglo segundo, Ireneo de Lyon, combatió en sus textos la antigua herejía de los gnósticos, que niega el peso de la realidad. Surgido en Oriente, el gnosticismo enseñaba que el mundo visible es una ilusión creada por un demiurgo menor. El odio a la carne seguramente nació en aquel momento en que los viejos dioses morían y en que se expandía el cristianismo por la cuenca mediterránea. Los gnósticos creían que la salvación era una cuestión de conocimiento interior, de ascenso hacia una luz exenta de la corruptibilidad del cuerpo. A Ireneo y a los primeros cristianos esta doctrina los escandalizó. Estaba en juego la misma resurrección del Señor, que había vuelto a la vida en un cuerpo glorioso. Ni siquiera la redención había logrado borrar sus llagas. Lo real no puede sustituirse por una representación, por muy perfecta que sea.
Este debate nunca ha sido superado del todo. Muchas de las ideologías contemporáneas brotan como movimientos enfrentados con la realidad: no importa tanto lo que es como lo que debe ser. El último y más poderoso de sus dioses es la IA. Lo que nos promete la Inteligencia Artificial –y la robótica en general– es un universo paralelo que priva a la carne tanto de su gloria como de sus carencias. ¿El hombre es sólo el reflejo de sus ideas o, por el contrario, desborda aquello en lo que cree? La pregunta sigue siendo la misma. Únicamente ha cambiado el nombre de los demiurgos.
Al novelista Philip K. Dick le gustaba preguntar cómo sabemos que lo que percibimos no es una simulación. La IA invierte la cuestión, a modo de espejos que se reflejan entre sí: para ella, nosotros somos las imágenes de un videojuego, una especie de alucinación controlada. Sin embargo, la pregunta que nos lanza el escritor californiano es la que también nos plantearía Ireneo, porque la diferencia entre la realidad y su réplica no reside en la apariencia, sino en lo que se pierde por el camino. No se puede simular la fragilidad compartida, que crece y se desarrolla en la libertad humana. Es el hecho de que podamos amar y que, amando, fallemos; de que podamos sorprendernos ante la belleza y ante la maldad; de que la muerte sea nuestro destino y el consuelo algo distinto a la gelidez de un algoritmo. Ninguna IA nos mirará a la cara con la mirada de un hombre o de una mujer.
Los gnósticos perdieron el debate teológico, pero nunca desaparecieron del todo. Sus huellas persisten en la historia como una tentación latente. Elon Musk afirmaba hace unos días que muy pronto la pobreza terminará para siempre. Tal vez; aunque es prudente reservarse el juicio. Pero hay otra pobreza que nace de la ausencia de sentido. Para los padres de la Iglesia que combatieron a los gnósticos, la salvación pasaba por la carne. No se trataba de un escapismo. Lo abstracto no redime a nadie, puesto que sólo lo concreto puede ser amado. Todo lo demás me parece propio de una inteligencia inquietante.
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