Opinión
La pequeña primavera de Málaga
El Festival de Málaga transforma la ciudad durante una semana en la que el cine lo invade absolutamente todo y, por unos días, todo parece importar un poco más

Pintada vista en la calle Nueva / L. O.
Málaga vuelve a entrar en ese extraño y reconocible estado, que llega cada año casi sin avisar. De pronto todo gira alrededor del cine. Las conversaciones cambian de tema, los bares se llenan de acreditaciones colgando del cuello, gente moderna y cualquiera puede acabar discutiendo sobre fotografía, montaje o ritmo narrativo mientras espera un cafetito con churros. Durante unos días la ciudad parece vivir una versión ligeramente intensificada de sí misma, como si alguien hubiera subido el contraste de la realidad.
Es, de alguna manera, la pequeña primavera de Málaga: esa semana en la que todo importa un poco más. Los estrenos parecen acontecimientos históricos, las recomendaciones se vuelven urgentes y las agendas se llenan con la sensación constante de que algo imprescindible está a punto de empezar en alguna sala cercana.
Mientras tanto, a las puertas del Teatro Cervantes se repite cada año una escena tan malagueña como el propio festival: vecinos que bajan a curiosear como quien sale un momento a por el pan, móviles en alto, mezclando alfombra roja y vida cotidiana sin ningún complejo. Entre fotógrafos, invitados y fans improvisados, el glamour convive con batas de estar por casa, chanclas y conversaciones de barrio, recordándonos que el cine podrá vestirse de gala, pero la ciudad sigue siendo deliciosamente real.
Ritual colectivo
El Festival de Málaga tiene algo de ritual colectivo. Año tras año convierte la ciudad en punto de encuentro del cine español y latinoamericano, en un escaparate donde conviven expectativas, descubrimientos y el también inevitable ruido promocional. Porque entre alfombras rojas, photocalls y titulares apresurados coexisten dos realidades paralelas: la del foco mediático y la de las películas que crecen en silencio.
Durante más de ocho ediciones tuve la suerte de cubrir secciones que entonces vivían lejos del escaparate principal —Zonazine, Documentales y Territorio Latinoamericano, cuando aún no formaba parte de la sección oficial— y fue precisamente allí, sin demasiados flashes ni grandes campañas, donde aparecieron algunas de las experiencias cinematográficas más memorables que recuerdo. Salas a medio llenar, conversaciones largas a la salida, cercanía con los directores y el equipo y esa sensación rara de haber encontrado algo valioso antes de que el resto del mundo lo descubra.
Quizá por eso cada edición espero el festival, ya solo como espectadora, con el mismo deseo: que entre tanto estreno anunciado a bombo y platillo aparezca alguna historia capaz de quedarse a vivir dentro de uno. Porque hay películas cuya vida no termina cuando se encienden las luces de la sala. Algunas siguen creciendo fuera, transformándose con el tiempo en algo distinto a lo que sus propios creadores imaginaron.
Hay películas cuya vida no termina cuando se encienden las luces de la sala. Algunas siguen creciendo fuera, transformándose con el tiempo en algo distinto a lo que sus propios creadores imaginaron
Y hablando de historias que permanecen, hay pocas que hayan tenido una segunda vida tan peculiar como 'Matrix'. A muchos —la que escribe incluida— nos atrapó primero por la acción y la estética, por aquella sensación de estar viendo algo completamente nuevo dentro del cine de finales de los noventa. Después llegó el discurso, la pregunta incómoda que flotaba al salir del cine: ¿y si la realidad no fuera exactamente lo que creemos?
¿Quién no se ha 'emparanoiado' alguna vez con la idea de una realidad falsa? Esa inquietud no nació con las redes sociales ni con internet. Lleva siglos acompañándonos, desde la alegoría de la caverna de Platón hasta las reflexiones filosóficas y psicológicas sobre percepción e identidad. Matrix simplemente convirtió esa duda antigua en un fenómeno cultural global, accesible y visualmente irresistible.
Lo verdaderamente interesante ocurrió después. Con el paso del tiempo, la película dejó de ser solo una obra de ciencia ficción para convertirse en algo más difuso: un lenguaje compartido, una metáfora reutilizada hasta el infinito y, en algunos casos, una explicación literal del mundo. La idea de salir de la Matrix comenzó a circular fuera del cine, transformándose en consigna digital, en teoría improvisada y en una especie de filosofía exprés adaptada a la velocidad de las redes sociales.
Tal vez ahí reside la paradoja más fascinante: una película que jugaba con la idea de cuestionar la realidad terminó convertida ella misma en una nueva forma de interpretarla. El cine imaginó una metáfora y la cultura digital decidió adoptarla como si fuera un manual de instrucciones.
Festivales
Algo parecido sucede, salvando todas las distancias, durante los festivales. Durante unos días habitamos una realidad ligeramente distinta donde todo parece urgente, trascendente y necesario. Luego las alfombras desaparecen, las conversaciones vuelven a su cauce habitual y la ciudad recupera su ritmo normal, como si despertara de un pequeño sueño colectivo.
Quizá por eso seguimos acudiendo al cine y a sus celebraciones: no para escapar de la realidad, sino para mirarla desde otro ángulo, aunque solo sea durante unos días. Ojalá esta nueva edición del Festival de Málaga vuelva a regalarnos alguna de esas películas que no necesitan hacer demasiado ruido para quedarse con nosotros mucho después de que termine esta pequeña primavera cinematográfica.
Quizá por eso seguimos acudiendo al cine y a sus celebraciones: no para escapar de la realidad, sino para mirarla desde otro ángulo, aunque solo sea durante unos días
Y quizá por eso Málaga vive el año a saltos entre pequeñas realidades paralelas. Hace unos días, mi marido me enviaba la foto de una pared recién pintarrajeada en una calle del centro donde alguien había escrito con rotulador rojo: “Aquí esperando las procesiones”. El Festival aún no comienza y la ciudad ya parece prepararse para su siguiente transformación.
Porque apenas se apagen los focos del cine, llegaran los pasos, las bandas y las sillas ocupando las aceras. Cambia el decorado, cambia la banda sonora y volvemos a entrar, casi sin transición, en otra versión de Málaga igualmente intensa y colectiva. Otra simulación compartida, si se quiere llamar así, en la que durante unos días todo vuelve a importar un poco más.
Tal vez esa sea la verdadera magia de la ciudad: no dejar nunca de interpretarse a sí misma.
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