Opinión | Tribuna

Escritora
El potaje de Rufián
El político es un valor indiscutible de la izquierda. Sus mensajes afilados rompen la coraza de la ultraderecha y llegan a los jóvenes

El portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián, durante un diálogo sobre el futuro de la izquierda alternativa, en la sala Galileo Galilei, a 18 de febrero de 2026, en Madrid (España). / Eduardo Parra - Europa Press
Es fácil coincidir con el diagnóstico de Gabriel Rufián sobre la situación de la izquierda. Aún es más fácil caer en la ensoñación de la unidad. Imaginar grandes movilizaciones, un mar de pancartas y mítines multitudinarios con discursos vibrantes y baile de victoria. Pero no estamos ahí. Ni el viento global sopla a favor de la izquierda ni cada uno de los partidos que la forman ha trabajado para hacer creíble esa unidad. La aritmética de los votos no basta.
Aunque el cortoplacismo y la vorágine informativa definen nuestro tiempo, aún quedan rescoldos de memoria. Basta imaginar a Rufián en un puesto de liderazgo para desenterrar algunos momentos gloriosos del procés. Porque la intolerancia empieza cuando un político como él afirma que los fascistas «auspiciaron, pactaron y tutelaron la Constitución» (Jordi Solé Tura se revolvió en su tumba) y sigue con aguerridos independentistas insultando a represaliados del franquismo ante la tumba de Machado en Cotlliure. Si esa unidad superara los escollos partidistas -mucho suponer-, cada incongruencia, cada herida del pasado sería hurgada por la ultraderecha para aguar el bálsamo de la alianza. Desde entonces, el debate político se ancló en el eje nacional, y ahí sigue. Ahondando en un conservadurismo cada vez más excluyente.
Pero las dificultades no invalidan ni la lectura ni la labor de Rufián. El político es un valor indiscutible de la izquierda. Sus mensajes afilados rompen la coraza de la ultraderecha y llegan a los jóvenes. En el aparador ideológico, se ha querido situar a la izquierda (o se ha situado ella sola) en la repisa de los potajes viejunos e indigestos. No se necesita una única marca, sino poner en valor el anaquel. Saber denunciar las mentiras ultras sin despreciar a sus votantes, reivindicar sin equivocarse de enemigo, demostrar que pactar no es chantajear y que la justicia social es un horizonte compartido. ¿Imposible? En tiempos de intemperie, nada reconforta más que un buen potaje. Tan solo hay que cocinarlo a fuego lento y ofrecerlo con generosidad.
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