Opinión | Parece una tontería
La vida acrobática
El artículo reflexiona sobre la capacidad humana para adaptarse y ocultar la insatisfacción, ejemplificada en la experiencia del autor con un sofá que nunca le gustó

Un sofá / Unsplash / Inside Weather
«La vida agarra a la gente y la fuerza a hacer increíbles acrobacias»: me acuerdo a menudo de esta frase de Scott Fitzgerald, que emplea el narrador de un cuento titulado ‘Cabezas y hombres’. Es tan certera. Hace poco, me vi pensando otra vez en ella, en esta ocasión para explicarme a mí mismo cómo pude convivir en silencio, durante cinco años, con un sofá que nunca me gustó. Me gustó, para ser precisos, los cuatro primeros días, hasta que se desplomó el entusiasmo que se supone que despierta la presencia en casa de un sofá recién comprado. En ese preciso momento, comenzaron las malditas acrobacias. Demasiado pronto quizá. Me agarró violentamente la vida, para la cual era evidente que el sofá era incómodo, y tuve que apañármelas para hacer como que sí me gustaba. Se nos van los días enmascarando parte de nuestros pensamientos. Vivir es disimular.
Al principio, sentía mareos solo pensar en que me había equivocado al comprarlo. Y ni siquiera había sido barato. Recién estrenado y lo aborrecía: no me sentía preparado para soportar semejante opinión. Pero lo miraba, y no dejaba de echar de menos el anterior, que no tuvimos más remedio que sustituir porque la perra le había pillado el gusto a subirse a él y, de cuando en vez, orinar encima. Por otro lado, había dado tanto la tabarra con lo mucho que iba a cambiar para bien la vida doméstica la llegada de sofá nuevo, que no podía no apuntarme a ese triunfo. Hasta escribí una columna sobre lo mucho que estaban tardando en entregárnoslo. Iba para tres meses, y seguíamos esperando, me quejaba. Eso sin contar los seis meses anteriores, que es lo que nos llevó buscar, discutir y decidirnos por uno. Nada nos convencía. Teníamos miedo a no encontrar el sofá perfecto. «No nos precipitemos», nos decíamos, «un sofá no es un jersey». Pero al fin tomamos una decisión. Cuando transcurrió un mes y medio, y el sofá no daba señales de vida, recuerdo que telefoneé a la tienda. «Es cuestión de días, seguramente», me dijeron. «Lo raro es que no llegara ya. Debe de estar en camino», respondieron a los dos meses. «¿Seguro que no llegó?», me preguntaron dos semanas después, cuando volví a telefonear. «Espere, que voy a mirar al salón», dije por si había venido sin avisar, e hice como que iba.
Para abreviar, al cuarto mes el sofá llegó. Y al quinto día, como digo, me vi pensando «ojalá no hubiese llegado nunca». Me cuidé, por supuesto, de enunciarlo en voz alta. Disimulé. Cuando me dejaba caer en él, de hecho, permitía que se me escapase un «esto es vida». Aquella patética hipocresía me duró poco, por suerte. Opté por el silencio. Una cosa sí me fascinaba: cómo la incomodidad de un sofá, de un colchón, de una almohada, de unos zapatos, no se advierte probándolos en la tienda, sino pagándolos, llevándotelos a casa y usándolos al menos durante una semana, cuando ya no puedes devolverlos. Solo entonces descubres horrorizado que son incomodísimos, y que has de prestarte a increíbles acrobacias; en mi caso, hasta hace una semana, que me compré al fin otro sofá. Es comodísimo.
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