Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | El Bien Estar

Málaga

Las máscara del yo

¿Qué tan profunda es nuestra máscara social? El pequeño teatro cotidiano que todos interpretamos

Nosotros y como nos presentamos

Nosotros y como nos presentamos / Cottonbro Studio

Probablemente hoy ya has usado tu máscara social varias veces.

Quizá cuando saludaste al vecino. Quizá cuando respondiste “todo bien” aunque no lo estuviera tanto. Todos lo hacemos.

La pregunta interesante no es esa. La pregunta es cuánto se parece esa máscara a quien realmente somos.

Hay una pregunta incómoda que, por las prisas del día a día o por lo complicado que es enfrentarlo, muy pocas veces nos hacemos: ¿Cuánto de lo que muestro al mundo soy realmente yo?

No hablamos de mentir descaradamente. Hablamos de algo mucho más cotidiano. La versión de nosotros mismos que aparece: en el trabajo, cuando sonreímos para no parecer muermos; en reuniones familiares, para no dar preocupaciones o para que piensen que todo nos va de escándalo; en redes sociales, para que vean lo interesantes o guays que podemos ser; en ese autobús donde fingimos interés por la conversación más absurda jamás pronunciada.

Todos tenemos una. Una versión ligeramente —o no tan ligeramente— editada. Más correcta. Más amable. Más socialmente presentable. Lo curioso es que esto no es una patología moderna ni una conspiración de Instagram. Es simplemente la vida en sociedad.

Nuestro pacto implícito con los demás para no molestar demasiado, no dar problemas ni parecer el “fuera de tono”.

El pequeño teatro social

La psicología social lleva décadas estudiando cómo las personas gestionamos la imagen que proyectamos a los demás. A esto se le llama gestión de impresiones (self-presentation).

Dicho sin bata de laboratorio: adaptamos cómo nos comportamos según el contexto. No hablamos igual con nuestro jefe, nuestra madre, un amigo íntimo, en redes sociales, con la vecina cotilla, con la viejecilla amable de la parada del autobús o con el vecino con el que coincidimos en el portal todos los santos días y con el que intercambiamos siempre las mismas frases sin que, seamos sinceros, a ninguno de los dos nos importe demasiado lo que está diciendo el otro.

Nuestro cerebro lo hace automáticamente. Durante miles de años, pertenecer al grupo era cuestión de supervivencia. Si el grupo te expulsaba, no sobrevivías demasiado tiempo en la jungla. Así que nuestro cerebro aprendió una lección muy clara: encajar es buena idea.

El problema no es la máscara. Es la distancia. Las máscaras sociales no son malas. De hecho, hacen posible la convivencia. Si todos dijéramos exactamente lo que pensamos todo el tiempo, la vida social sería… interesante. Pero probablemente breve. O acabaríamos más solos que la una.

El problema aparece cuando el ¿quien somos? y ¿quien mostramos? se vuelve demasiado grande.

La psicología habla aquí de autenticidad: el grado en que nuestras acciones están alineadas con lo que realmente somos.

Un meta-análisis con más de 36.000 personas encontró una relación bastante clara: las personas que sienten que viven de forma más auténtica reportan mayor bienestar psicológico.

La traducción a lenguaje humano sería algo así: Cuanto menos tenemos que fingir para sobrevivir a nuestra propia vida social… mejor funciona nuestra cabeza.

El cansancio de actuar

Existe incluso un término científico para esto: trabajo emocional (emotional labor). Y creedme: se ha llegado a la conclusión de que puede ser más agotador que una clase de spinning al son de un bakalao noventero. Se refiere a cuando debemos mostrar emociones que en realidad no sentimos. Por ejemplo: sonreír cuando estamos agotados… o peor aún, tristes, mostrar entusiasmo cuando lo que sentimos es sueño, aparentar paciencia infinita mientras nuestro sistema nervioso empieza a considerar seriamente prenderle fuego a algo.

Los estudios muestran que sostener este tipo de actuación emocional durante largos periodos se relaciona con agotamiento mental, estrés, ansiedad, burnout (o, dicho sin rodeos, estar quemado)

Porque sí: actuar cansa. Y actuar todos los días cansa muchísimo.

Confesión moderadamente incómoda

Todos tenemos pequeñas situaciones donde nuestra máscara social se activa automáticamente.

En mi caso hay una especialmente clara. Yo misma me reconozco como una persona bastante intensa —incluso un poco pesada a veces—. Pero también vengo de una familia bastante tradicional, de esas donde la cordialidad es casi una disciplina olímpica. Saludar. Sonreír. Ser educados. Preguntar cómo está todo. Y claro, hay momentos en los que uno piensa, con toda honestidad interior: "Ahora mismo pasaría de ti que lo flipas." Pero aun así sonreímos. Saludamos. Preguntamos educadamente. No porque estemos mintiendo. Sino porque entendemos que la convivencia social tiene ciertas reglas básicas. Es una pequeña actuación cotidiana. Nada dramático. Un gesto civilizado que mantiene el mundo funcionando sin demasiados incendios sociales.

Cuando la máscara pesa demasiado

El problema no es este tipo de ajustes sociales. El problema aparece cuando la máscara se convierte en nuestro modo permanente de existir. Cuando sentimos que debemos ocultar constantemente: lo que pensamos, lo que sentimos, lo que nos gusta o incluso cómo somos realmente

En psicología existe un concepto llamado masking: ocultar rasgos propios para adaptarse a lo que el entorno espera. A corto plazo ayuda a encajar. Pero a largo plazo puede generar algo bastante incómodo: agotamiento psicológico e incluso sensación de pérdida de identidad. Porque llega un momento en el que el personaje empieza a ocupar demasiado espacio.

La paradoja social

Aquí aparece una paradoja curiosa. Cuando vivimos detrás de una máscara muy elaborada, los demás pueden apreciarnos, valorarnos e incluso admirarnos… Pero lo que están apreciando no es exactamente a nosotros. Es la versión editada de nosotros. Y eso puede producir una sensación extraña: estar rodeados de gente, tener conversaciones, recibir aprobación… y aun así sentir que nadie nos conoce realmente. No porque los demás no quieran, sino porque la persona real apenas aparece. Y eso, en el fondo, lo sabemos. Lo notamos. Y duele.

Entonces, ¿deberíamos quitarnos todas las máscaras? Probablemente no. Simplemente conviene no venirnos demasiado arriba con nuestro personaje social. Las máscaras cumplen una función. Evitan conflictos innecesarios.Facilitan la convivencia. Nos permiten movernos por el mundo sin convertir cada conversación en un debate filosófico a muerte.

Pero hay una diferencia enorme entre usar una máscara ocasionalmente y vivir permanentemente detrás de una. Cuando esa distancia es extrema, la mente nota el peso.

La pregunta incómoda

Todos tenemos alguna máscara social. Algunas son ligerillas. Otras son simples gestos de cortesía que nos hacen funcionar sin demasiados dramas. Pero otras se vuelven tan profundas que terminamos olvidando quién está debajo. Así que quizá la pregunta clave no sea si tenemos una máscara.

La pregunta es otra: ¿Qué tan lejos está esa máscara de quienes realmente somos? ¿Y durante cuánto tiempo podemos sostenerla sin que empiece a pasarnos factura?

Tracking Pixel Contents