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Opinión | Tribuna

El privilegio de la cercanía: más allá de la cuota y el barniz

Las camareras de las cofradías, con su labor de custodia, establecen una conexión espiritual única con las imágenes, superando cualquier otro cargo en la hermandad

Antiguas camareras de la Virgen de la Soledad.

Antiguas camareras de la Virgen de la Soledad. / Javier Albiñana

No existe en nuestras hermandades mayor privilegio que el de ser camarera. En aquellos tiempos en los que la mujer no podía vestir el hábito de nazareno, ni llevar un trono, ni mucho menos soñar con un sitio en la mesa de una Junta de Gobierno, ser camarera era el único camino. ¡Pero qué camino más bonito! Lo recordaba hace poco Ana María Flores en un acto de mi hermandad, a quien siempre he admirado con sumo aprecio.

Las camareras no solo cuidan el encaje, el terciopelo y el joyero… Las camareras, por encima de todo, velan por las imágenes. Esa labor de custodia las sitúa en una frontera privilegiada con lo trascendental. Tocar lo que otros solo alcanzan con la mirada, preparar el ajuar que vestirá la divinidad, las dota de una cercanía espiritual que ningún otro cargo puede igualar. Hoy, gracias al cielo, ser mujer ya no es un hándicap en nuestras cofradías: son nazarenas, mujeres de trono, acólitas y oficialas. Pero el "ser camarera" sigue conservando ese misticismo del servicio puro.

Ya nadie duda de la integración real de la mujer en las cofradías. Pero OJO: En este mundo actual que busca la igualdad a golpe de decreto, muchas hermandades caen en el craso error de forzar juntas paritarias solo por el "bien queda" social. Es una trampa. Las personas somos trabajadoras y responsables sin distinción de sexo. Utilizar a la mujer como un mero adorno estadístico es una absoluta falta de respeto a su capacidad y a la propia institución.

Ser miembro de una Junta de Gobierno es un honor, sí, pero es, ante todo, un reclamo de trabajo. No sirve de nada —y aquí meto en el mismo saco a hombres y mujeres— jurar el cargo para la foto y desaparecer al día siguiente. La lealtad se demuestra con el brazo extendido para ayudar, consolar si es necesario, al hermano, no con la medalla guardada en el cajón. La fidelidad es poner el nombre de la Hermandad por encima de todo y comprender que las cofradías son un camino para llegar al cielo todos y todas de la mano tras la cruz guía.

Nuestras cofradías deben volver a ser esa familia donde la excusa para acudir sea, además del amor a Dios, el cariño sincero al que tenemos al lado. Si falta lo uno o lo otro, es mejor no dar el paso del compromiso. En la casa de hermandad todos debemos ser bienvenidos para asumir lo que la Junta que elegimos necesite de nosotros, pero también debemos ser responsables de nuestras obligaciones y respetuosos con el que de verdad trabaja, seamos hombres o mujeres.

En este mundo tan empeñado en igualarlo todo por fuera, para que quede perfecto en redes sociales y no ser decapitados en un desafortunado meme, me quedo con una lección que me dio mi madre. Ella nunca quiso salir de nazarena, salvo aquella vez por una promesa a los Dolores de San Juan; prefería el silencio del trabajo callado. Su frase debería ser el norte de cualquier cofrade: "Quien no quiera trabajar por la Hermandad, este inmenso privilegio, él o ella se lo pierde".

Porque al final, el cargo pasa, pero el orgullo de haber servido a lo que amamos es lo único que nos llevamos.

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