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Opinión | Tribuna

Trump quitaría a Sánchez para poner a Puente

La descalificación de «perdedores», la más grave en el arsenal trumpista, obliga a España a ganar el Mundial de Estados Unidos para tomarse cumplida revancha del insulto

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez saluda al presidente de Estados Unidos, Donald Trump

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez saluda al presidente de Estados Unidos, Donald Trump / Borja Puig de la Bellacasa

Donald Trump va a someterse a una sesión fotográfica para Vanity Fair. A principios de los noventa, todavía no es presidente de nada, pero sí uno de los forjadores de la leyenda de Nueva York. Posará en su inseparable Palm Beach junto a su separable segunda esposa, Marla Maples. El magnate viste un impresionante jersey de Loro Piana, a medir en miles de euros. A la directora de estilismo de la revista en su apogeo le desagrada el efecto cromático, decide cambiar de vestimenta y le solicita al empresario que se quite la prenda de cachemir. El protagonista del reportaje se niega. La profesional insiste. Trump persiste, en ningún caso permitirá que peligre su peinado. Un ayudante se ve obligado a coger unas tijeras y a cortar el jersei de arriba abajo para no dañar el lacado capilar.

Este relato, refrescado por Graydon Carter en sus memorias como director de Vanity Fair, no supone una anécdota. Atrapa la esencia de Trump; nadie entenderá al personaje sin aceptarlo. La prensa española ha economizado esta semana la verdad sobre los 37 minutos en el Despacho Oval Amarillo contra Pedro Sánchez. Sin mediar una pregunta al respecto, el presidente de Estados Unidos cargó contra el líder socialista nada más iniciada su comparecencia del pasado martes. Fue la primera de las tres dentelladas espaciadas durante el acto. Casi insultó más a España que a Irán.

También se ha difundido erróneamente que el canciller alemán Friedrich Merz, el cual apenas si intervino en dos de los 37 minutos citados, no defendió a Sánchez. La realidad empeora esta ficción, porque el democratacristiano arremetió asimismo contra España por avarienta, los líderes de los dos países mas poderosos de Occidente apaleando al alimón a un tercero ausente. La matanza recordaba por fuerza una de las réplicas magistrales de Fernando Ónega, cuando su rival dialéctico pensaba que iba a aporrear a la izquierda:

-Siempre estaré del lado de mi presidente del Gobierno, cuando lo atacan desde el extranjero.

Una gran lección para Núñez Feijóo, sobre quien Trump ni siquiera dispone de una opinión formada. De hecho, y siguiendo la sorprendente aplicación en Venezuela con Delcy Rodríguez de la ‘doctrina Donroe’ (fusión de Donald y Monroe, nada obliga a ser incesantemente creativo), Trump eliminaría a Sánchez de la Moncloa para colocar en su lugar a Óscar Puente. O a María Jesús Montero, en una hipótesis todavía más dramática.

Para recuperar la esencia del personaje, hay que volver a un ejercicio de periodismo práctico que también puso en práctica Graydon Carter, antes de dirigir Vanity Fair. A finales de los ochenta, remitía cheques por cantidades ridículas a los multimillonarios de Nueva York, para saber hasta dónde llegaba su avaricia si los ingresaban en el banco. Empezó por cantidades equivalentes un euro y, cuando llegó a los diez céntimos, solos dos oligarcas se molestaron en dirigirse a la ventanilla bancaria. Uno de ellos se llamaba Donald Trump. No es un dato irrelevante, es un rasgo de carácter.

El bombardeo de Trump a Sánchez no se detuvo en la rueda de prensa, mientras Merz también callaba cobarde cuando el presidente estadounidense enumeraba los errores de su correligionaria y predecesora ‘Anguela’ Merkel. El jueves llegaba una segunda oleada de proyectiles, ahora mediante una llamada del presidente de Estados Unidos, que así interacciona con los medios, al diario sensacionalista The New York Post, perteneciente a la misma escudería del Wall Street Journal querellado desde la Casa Blanca por millones de euros. Y el magnate formula allí en relación a España su imperdonable «losers» o «perdedores», la descalificación más grave de su arsenal.

Hasta ahí podíamos llegar, y solo existe un método para tomarse cumplida revancha. España tiene que ganar el Mundial de fútbol de Estados Unidos del próximo verano, para recibir de las «manos pequeñas» de Trump, la calificación de Marco Rubio que el destinatario considera el máximo agravio contra su persona, el trofeo a los «winners». Junto a un sonriente Sánchez, si sobrevive hasta esa fecha en La Moncloa. No será sencillo, la Casa Blanca puede ordenar la detención del árbitro de un partido que no acabe con el resultado deseado por el presidente.

Se culpa a Trump de todo lo malo pero, en ocasiones, se ve empeorado por sus adversarios. Por ejemplo, la masacre a España ocurrió en una rueda de prensa a cara descubierta, en tanto que Sánchez replicó el miércoles con una declaración institucional congelada, sin opción a preguntas. Y Trump se ha mostrado implacable con Kristi Noem, látigo de inmigrantes, triturada en el Congreso, en tanto que el socialista procrastinaba con sus altos cargos corruptos. El trumpismo no es el único vicio endémico.

Trump atacó en una ocasión a Graydon Carter con la misma fiereza mostrada contra Sánchez. La respuesta fue literalmente memorable, porque el periodista acudió a las tablas oficiales de esperanza de vida, correspondientes a la edad del magnate de quien Rubio añadió que «las manos pequeñas indican otras menudencias anatómicas». Una vez fijados los datos, la revista agraviada publicaba a cada número el tiempo que le quedaba al actual presidente de Estados Unidos antes de morir. Es la única respuesta ponderada al personaje.

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