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Opinión | Málaga en mi memoria

Justicia retributiva

Una niña observaba desde su balcón los rituales de afeitado de un hombre en un parque, una imagen que, con el tiempo, le reveló la idea del límite y la importancia de no quererlo todo

Shakespeare

Shakespeare / l.o.

Desde el tercero tenía la imagen completa, aunque no dejaba de rezumar misterio. Todos los ficus bordeando mi lado del parque con sus raíces aéreas. Y la palmera delgada y esbelta presidiendo el banco circular de escayola al final de la plaza. Lo veía por las mañanas y por las noches, pero cuando bajábamos a jugar muy pocas veces estaba. Se afeitaba al levantarse. Apartaba los periódicos con los que se había protegido y doblaba ceremoniosamente un saco de dormir y otros rebozos. 1987, quizás 88. No podía tener más de ocho años, pero los rituales han formado parte de mi vida desde que me acuerdo. La palangana rosa, el espejo de mano rectangular y la brocha junto a la espuma de afeitar y la navaja. Le observaba con el interés de quien mira a escondidas, salvo que me quedaba a plena vista tras la ventana de mi balcón. Toda la cara enjabonada, deslizaba las manos por la ropa hasta que la tela volvía a obedecer. La brocha, gorda de espuma, cambiándose de mano y, la otra, ocupándose con la cuchilla. A mí me parecía que con cada pasada tronaba la piel rasurada, que todos podían oír ese raspado paciente de las mañanas, que un día me descubriría.

Y, como eran otros tiempos, me bajé al parque a esconderme con otros niños y a llenarme los bolsillos de chorlitos. Porque la guerra de por la tarde era sagrada, cual ritual de afeitado. No vi nada en los bajos del banco ni tampoco estaban los periódicos ni las colchas ni la palangana rosa. Lo pensé un momento, aunque tampoco mucho. Así como si de una espía rusa se tratase, me acerqué al tronco eterno de la palmera y busqué. Palpé el tronco acorchado con las dos manos mirando hacia arriba y sé que pensé «te pillé»: una alcayata sobresalía en un punto bastante más alto que mi cabeza y, luego, otro más arriba que ya no alcancé a tocar. Misterio del parque de la plaza del Hospital Civil: resuelto.

Mi madre es rara. Trabajaba entonces en el manicomio. Le mueve todo aquello que esté aparte, no era distinto cuando yo era niña. Bajó a preguntarle si estaba bien, si quería que le ayudase a dormir bajo techo, porque la ceremonia de las maneras del hombre contrastaba con su estilo de vida. Era pacífico y elocuente, aunque no vivía en la misma realidad que nosotras. Dijo que se encontraba cómodo y que, cuando venían los niños al parque, sentía que se convertía en el lugar de ellos, aunque la palmera fuese su casa; que volvía por las noches porque desde allí escuchaba mejor y que conocía el número ganador de la Bonoloto. Pero, entonces, ¿por qué no compras lotería? Porque no quiero tenerlo todo, le dijo a mi madre alzando una mano al aire. Y esa frase me ha acompañado todos estos años, más la imagen del hombre con su jofaina y aguamanil portátil. Quizás sea un grito de guerra oculto que manda mi corazón en la dirección adecuada y no me ha hecho falta desempolvarlo hasta hoy.

La figura del «loco sabio» aparece constantemente en la historia de la literatura desde Diógenes, que rechazaba la lógica del exceso, hasta Shakespeare con la figura del bufón (el único capaz de decirle la verdad al rey) y cumple una función muy concreta: decir lo verdadero desde fuera del orden social. En otras culturas se habla del «loco santo», viviendo como mendigos o excéntricos y considerados portadores de una sabiduría espiritual. El loco siempre propone esa inversión moral cuando algo parece desordenado, pero resulta tener claridad, y donde lo normal es al final lo erróneo. Desde el balcón de mi casa en el piso tercero, la niña que yo era observaba algo extraño. La adulta hoy entiende algo abisal, la idea del límite, no quererlo todo como antídoto contra la desmesura actual.

He avanzado por la calle del Dr. Fleming, esperado el semáforo que cruzaba sola en los años 80 y caminado hasta el parque. Antes había rosales a los lados. No sabía si seguiría la palmera allí, pero admito haber deseado que la alcayata permaneciera en el mismo punto, impertérrita ante el paso del tiempo. El mundo tiene su propia forma de ajustar las cosas, como si existiera una contabilidad secreta entre lo que se pierde y lo que se comprende demasiado tarde, como si existiera una justicia silenciosa que tardase años en hacerse visible. Porque no quiero tenerlo todo, rechazo la desmesura. Tomo la escena doméstica de las rutinas más mundanas para que acaben en esa idea moral profunda. O quizás sea que quienes parecen vivir al margen del mundo son los únicos que han entendido el límite que lo sostiene.

Solo digo que no todos los locos viven sin techo y no todos los cuerdos son buenos.

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