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Opinión | Tribuna

En ocasiones, veo muertos

La religión ha aspirado históricamente a ofrecer una fundamentación para la vida moral y la política y ha diseñado, con este fin, representaciones simbólicas y una elaborada liturgia

Donald Trump orando junto a líderes religiosos en el Despacho Oval

Donald Trump orando junto a líderes religiosos en el Despacho Oval / pi studio

En ocasiones, las palabras pueden tener una precisión quirúrgica. Incluso cuando, como se suele decir, una imagen vale más que mil palabras. Imágenes y palabras, como vehículos del pensamiento. La foto fuertemente teatral del rezo de Donald Trump en el despacho oval con un grupo de personas vinculadas presuntamente con el mundo de la espiritualidad religiosa es una imagen que habla por sí sola. Pero esto sucede también con las palabras que le dedica el catedrático malagueño Antonio Diéguez en las redes sociales: «… será una de las fotos más representativas de nuestra época. Una foto que sustituye la imagen de un presidente de una república democrática por la de un iluminado arropado por fanáticos que acaba de meter a su país en una guerra y espera que Dios le ayude (…) Es la imagen perfecta de la nueva época en la que entramos. La vuelta de los peores grandes relatos legitimadores: la religión y el nacionalismo». Esta nueva época, que apaga la vela de la Ilustración y en la que no hay reglas, ya no es privativa de la tierra de los persas bajo el régimen teocrático de los ayatolás.

Además de hacerse acreedor del Nobel de la Paz, quiere el emperador Trump ser santo. Adaptando la letra de la canción del grupo Parálisis Permanente (Quiero ser santa, 1982), ¿quiere ser canonizado, azotado y flagelado, levitar por las mañanas y en el cuerpo tener llagas? ¿quiere estar acongojado, alucinado y extasiado, tener estigmas en las manos, en los pies y en el costado? ¿quiere que su cuerpo se quede incorrupto y que todos los que lo vean queden muertos del susto?

La pregunta tradicional sobre el sentido de la vida que ha ocupado a filósofos y teólogos y que ha generado multitud de doctrinas de salvación frente a lo irreversible de la muerte y el deseo de una existencia auténtica –bien sea a través de seres trascendentes o con la única ayuda de la diosa Razón, según el caso- ha abandonado finalmente la esfera pública en el pensamiento contemporáneo y se ha convertido, por lo general, en una cuestión privada y se ha refugiado en un espacio íntimo, a prueba de drones y agentes del Mosad. Según el pensador y político francés Luc Ferry (El hombre-Dios o el sentido de la vida, 1997), conviene tener en cuenta que, desde finales del siglo pasado conviven dos tendencias para abordar el viejo problema del sentido de la vida. Por una parte, la tendencia a «humanizar lo divino» a través de un proceso de «laicización» de la religión. Este es el espíritu del laicismo europeo desde el siglo XVIII, frente al dogmatismo impuesto por la jerarquía eclesiástica. Pero también se ha producido un proceso de secularización de la ética que ha alentado el advenimiento de la figura o ideal del «hombre-Dios» de manos de los estudios de Bioética y del nuevo humanitarismo y de los excesos transhumanistas.

La Razón ilustrada del siglo XVIII emprendió una auténtica cruzada frente a la religión. Recordemos la divisa de Voltaire: «Écrasez l’infâme» («aplastad al infame»), en referencia al cristianismo, a la superstición que propaga, a su intolerancia, que se traduce en abusos hacia el pueblo por parte de los poderosos. La religión ha aspirado históricamente a ofrecer una fundamentación para la vida moral y la política y ha diseñado, con este fin, un conjunto de representaciones simbólicas y una elaborada liturgia. Los moralistas han sido sus principales ejecutores. Como proclamaba P.H. Dietrich, barón D’Holbach, enciclopedista franco-alemán, la religión es un engaño deliberado fruto de una conspiración calculada, urdida por los clérigos.

Para el barón D’Holbach los que ostentan la autoridad política están interesados en la difusión de prejuicios y errores con objeto de conservar el poder. La fuente principal de esta ‘falsa conciencia’ son las representaciones religiosas. Para su difusión, se afanan en crear hábitos en el entendimiento de sus súbditos, conscientes de que las costumbres nos atan a cosas inútiles y perjudiciales. Y para defenderse de la crítica no dudan en hacer uso de la violencia institucional que señalan los catecismos y dogmas de los libros sagrados. Con dichos hábitos logran corromper progresivamente al pueblo, sumido en un mar de vicios y, como consecuencia de ello, la gran mayoría de los seres humanos está irremisiblemente condenada al mal. Y la sociedad se convierte, como si no nos hubiéramos dado cuenta a estas alturas, en un campo de batalla. Por tanto, la ignorancia siempre ha sido la única base de la religión y la imaginación, su guía. Curiosamente, el Budismo repite de modo casi obsesivo que la ignorancia se encuentra en el origen de todos nuestros males. Conviene, pues, tratar de humanizar lo divino. Siguiendo el paso de los enciclopedistas, pero ya en el siglo XIX, Ludwig Feuerbach propuso considerar la idea de Dios como proyección de la naturaleza genérica del ser humano, como su ‘autoalienación’. A partir de las reflexiones de su maestro, Karl Marx proclamará posteriormente que la religión es «el opio del pueblo» y Dios «la realización fantástica del ser humano», una justificación ideológica ad hoc de la desigualdad y la opresión.

No obstante, aunque la mentira cumpla muchas veces una función ideológica, dando fuerza a las legitimaciones de un individuo o grupo social frente a los demás, como podemos observar en la propaganda de los conflictos bélicos presentes, no es propiamente una ideología. Haciendo uso de la teoría que expusieron los sociólogos Peter L. Berger y Theodor Luckmann en 1966 (La construcción social de la realidad), el engaño de los ministros de las religiones monoteístas y de los poderosos se convierte entonces en ideología cuando deja de ser un engaño consciente y deliberado y deviene ‘autoengaño’. Y es que la fuerza de la ideología deriva de su carácter inconsciente: se lleva a cabo por medio de una suerte de competencia inconsciente. Como apuntaba ya el barón D’Holbach en su análisis de la función de las representaciones religiosas, los señores ofrecen una serie de legitimaciones y racionalizaciones que penetran profundamente en el pueblo y justifican el dominio de los poderosos en la vida social. Posteriormente, se produce la ‘objetivación’ de la mentira: la antigua mentira deliberada se objetiva y exterioriza, se transforma en algo que sobrepasa los confines de la conciencia individual, de tal modo que la legitimación se hace exterior a la clase o grupo social que la creara. Finalmente, se produce la ‘internalización’ o interiorización de la mentira no solo por parte del grupo oprimido, sino también por los propios autores de la misma. La mentira consciente se transforma en inconsciente y exhibe así las mieles y reflejos dorados de su poder.

Seguramente, por eso cantaban los ‘Siniestro Total’ el estribillo: «Ayatolah, no me toques la pirola» (1992). Un tocamiento que se ha vuelto inconsciente, fruto de la internalización de la mentira. De este modo, podríamos atrevernos a decir al nuevo líder supremo de la República Islámica de Irán: «puedes colgarme de los pies y fusilarme también, cortarme las manos sin piedad y llevarte a mi chica ye-yé; sabes que no soy el Sha, pero en el nombre de Alá –te lo pido una vez más-, no me toques la pirola jamás». ¿La religión es, en definitiva, un engaño deliberado, una flagrante mentira que sirve de plataforma para provocar la lluvia de misiles?

El filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein, quien afirmara que orar es pensar en el sentido de la vida, nos puso en la pista de lo que nos interesa realmente a los humanos. De la tecnociencia podemos hablar con sentido y con ella intentamos perfilar el significado de la totalidad de los hechos y procesos que acontecen en el mundo. Pero la ciencia no puede resolver nuestros problemas vitales más profundos y acuciantes. Por eso reclama de nosotros el silencio, un silencio activo y comprometido. En sus comentarios a La Rama Dorada del antropólogo Frazer escribe Wittgenstein: «…la manifestación de la muerte, del nacimiento y del sexo, es decir, todo lo que es el hombre, a lo largo de los años, percibe sobre sí….es evidente….es aquello que realmente sabemos y nos interesa» (Tecnos, 1992). En el ‘Tractatus’, el silencio nos pone en contacto con «lo místico», una sensación, una emoción, una experiencia afectiva particular e inefable que se sitúa en la encrucijada de lo ético, lo estético y lo existencial. Lo místico es el concepto que sirve para designar ‘qué’ es el mundo, no ‘cómo’ es. Algunos llaman a esto ‘magia’ (como mi amigo Javier Sádaba) otros ‘éxtasis’ o tener la visión desinteresada de la realidad desde la perspectiva de la eternidad, siguiendo a Spinoza o a Schopenhauer. Esa visión privilegiada del universo y de aquellos que intentamos conceptualizarlo, desde una singular base espacial (a prueba de misiles balísticos, bombas de racimo y digestiones pesadas) sobrepasa los límites del pensamiento tecnocientífico y subraya con ello nuestra insignificancia y nuestra existencia estupefaciente. Me temo que no nos proporcione la tan ansiada paz y que nos convierta en seres inadaptados, súbditos de dioses de nuevo o viejo cuño. Por cierto, los dioses suelen ser muy caprichosos, especialmente en materia amorosa.

«En ocasiones, veo muertos», le decía Cole, el niño de ocho años que protagoniza la célebre película ‘El sexto sentido’, al psicólogo infantil que encarna Bruce Willis (1999). Ninguno de estos personajes desea sufrir, se venerado o canonizado, ni tampoco que le toquen la pirola, con perdón. Es el secreto de Cole y necesita comunicarlo para lograr su salvación, su liberación de la carga más pesada, como si fuera la enorme piedra de Sísifo. Quiere compartir su secreto, aunque sea con los propios muertos, bien con palabras, bien con imágenes.

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