Opinión | tierra de nadie
juan josé millás
La suerte de Kant
La sinrazón introduce una grieta saludable. Por esa grieta entran el aire y la humedad. La duda funciona como una ventana entreabierta
La ventaja de no tener razón es que no te la pueden quitar. Ayer, en la radio, dos analistas políticos defendían sus posiciones con la furia de quien protege una propiedad inmobiliaria. Tener razón se parece cada vez más a poseer un piso en el centro: hay que escriturarla, blindarla, pagar comunidad y, sobre todo, defenderla de los okupas argumentales. El que tiene razón vive en un estado de alarma permanente. El que no la tiene pasea ligero. No necesita demostrar nada. No está obligado a citar fuentes ni a levantar acta de cada frase. Puede permitirse el lujo de cambiar de idea sin que nadie lo acuse de incoherencia, porque la coherencia no cotiza. Hay en esa posición la libertad sospechosa del que viaja sin equipaje, pero mejor eso que defender las ideas supuestamente propias como el que defiende una de esas herencias que hacen saltar en pedazos a las familias más sólidas. La sinrazón introduce una grieta saludable. Por esa grieta entran el aire y la humedad. La duda funciona como una ventana entreabierta. Es incómoda, vale, pero ventila los recovecos de la bóveda craneal, que huele a cerrada. Quizá por eso las personas más insoportables no son las malvadas, sino las convencidas. Florence Gaub, directora de la División de Investigación del Colegio de Defensa de la OTAN (sea lo que sea eso), ha declarado en una reciente entrevista: «con los años he aprendido a no casarme con mis ideas. Hay que soltarlas cuando ya no sirven». Incluso antes, añado yo, porque eso de ‘mis ideas’ resulta excesivo. De algún lado las habrá obtenido, digo yo. Las ideas vuelan como los pájaros y a veces se posan en unas cabezas y a veces en otras. En eso, Kant tuvo mucha suerte.

La suerte de Kant
A veces sospecho que la razón no es un hallazgo, sino un accidente. Uno tropieza con ella como tropieza con una moneda de dos euros en la acera. La recoge, la guarda en el bolsillo y empieza a creer que le pertenece. Hasta que llega otro con un argumento más afilado y se la arrebata. Entonces sobreviene el drama. De modo que tal vez convenga no tener razón, no del todo al menos. Tenerla a medias. Así nadie se morirá por quitárnosla, porque a la gente le gustan las cosas enteras. Mientras tanto, podremos seguir hablando, sin llegar a las manos, de esto o de lo otro.
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