Opinión | Análisis

Jefe de Cultura
Balance del Festival de Málaga: los 30 años del certamen deberían venir con la búsqueda de nuevos techos
El Festival tiene una marca registrada (y un presupuesto) que quizás ya esté marcando sus propios topes y limitaciones

Un operario, trabajando en la instalación de una carpa del Festival de Málaga / Álex Zea
Competición mediana
Un festival de cine no es sólo su Sección Oficial pero la potencia de ésta define determina en gran medida su nivel. Y ahí, lamentablemente, tenemos que darnos cuenta de algo (por si ya no lo hemos hecho): Málaga ocupa un nicho de mercado quizás demasiado concreto; está bien ser lanzadera de debutantes (al fin y al cabo, aquí estrenaron primero nombres hoy consolidadísimos como Alauda Ruiz de Azúa o Carla Simón) pero tampoco deberíamos conformarnos con eso. Y otro asunto: todos los años resulta muy fácil anticipar el título que ganará, pero no porque los jurados sean predecibles sino porque el nivel medio de la competición se ha instalado en una corrección y mediocridad festivalera que hace que cuatro largometrajes sobresalgan con muchas cabezas de diferencia sobre los más de quince restantes.
¿Programa demasiadas películas el Festival?
A mí ya me han convencido: el público y los medios no lo pueden abarcar todo, deben elegir. El problema es que el crecimiento se produce fundamentalmente en una misma parcela (la Sección Oficial), porque, claro, los recursos del Festival son limitados.
Algo de atrevimiento
Me sigue pareciendo que apuestas históricas del Festival que han traído notables alegrías, como ZonaZine, han quedado un poco ahogadas en esa parrilla pantagruélica con una Sección Oficial (a Concurso y Fuera de Concurso: 43 películas) gigantesca. Ese reducto para las propuestas más atrevidas, donde estrenaron antes que nadie nombres potentes hoy como los de Elena Martín Gimeno, son muchas veces el verdadero sentido de un festival. El nuestro, que se ha arrogado su objetivo de utilidad para el audiovisual español, debe buscar el equilibrio entre ejercer de agente promocionador de títulos de vocación comercial clarísima (y dudoso acomodo en un festival) y ser pantalla de un cierto underground con cosas que decir.
Urge una reformulación
Si el Festival de Málaga aprovechó una cifra redonda, su vigésima edición, para reformularse, ampliando su área industrial y, sobre todo, elevando a otro nivel su interés por el cine iberoamericano, el certamen debería emplear su próxima convocatoria, la número 30, para airear un poco su filosofía. Es muy positivo que la cita con el cine en español haya desarrollado una marca registrada propia pero, a veces, las personalidades devienen en limitaciones. Es momento de que el Festival se zafe de algunos de sus lugares comunes y se abra a las sorpresas. La vía que insinúa Juan Antonio Vigar, el capitán del certamen, es interesante: enseñar y debatir aquí cómo la tecnología va a cambiar (lo está haciendo) los modos de producción, los formatos y las historias del cine. Ojalá haga que esta línea se imbrique también en áreas vistosas del Festival y que Málaga lidere esta conversación en nuestro país.
Lo de los influencers
Quizás pueda parecer una boutade pero, al final, que lo que haya quedado del certamen, a nivel de conversación popular, haya sido lo de la pertenencia de los influencers en las alfombras rojas de un festival de cine me parece que ha terminado resultando hasta positivo. Independientemente de la posición de cada uno en este asunto, que desde Málaga se haya generado debate, diálogo y puntos de vista, beneficia al Festival, le sitúa donde debe estar: proponiendo conversaciones, examinando nuestra industria y sus alrededores y ensayando ideas más allá de los límites ya trillados. Ahí es donde está ese futuro que debe ganarse el certamen malagueño, que, por otra parte, siempre ha demostrado su apertura a formatos (por ejemplo, el televisivo) vetados en este tipo de citas.
Un aperitivo a remodelar
Málaga de Festival, como concepto, es interesante y debería crecer: un aperitivo que nos vaya entonando cara al certamen propiamente dicho. Que luego la cosa se traduzca en presentaciones de libros de ensayistas y filósofos, sin ninguna coartada cinematográfica, es otro asunto.
La apuesta latina y el equilibrio
Qué bien que este año, a diferencia de los anteriores, el cine latinoamericano haya estado mejor representado, con largometrajes valiosos, de mérito incuestionable. Aunque, eso sí, algunos hayan cuestionado de que el jurado haya tirado mucho por ellos, en detrimento del audiovisual español: en el palmarés sólo aparecen dos largometrajes patrios ('Yo no moriré de amor' e 'Iván & Hadoum'). Es cierto que el jurado es soberano y que no responde necesariamente a los criterios del certamen (sólo faltaría) pero también que la escasa presencia ibérica en las Biznagas, que para muchos es lo más visible, lo que cuenta al fin y al cabo, es llamativa.
Toca crecer
El Festival de Málaga tocó techo hace unos años, fundamentalmente por un presupuesto que se mantiene más o menos estable. Es momento de que las instituciones y los patrocinadores pongan más de su parte para que la cita con el cine en español pueda redoblar su ambición. Es momento de buscar nuevos techos sino queremos que esta maravillosa idea no crezca.
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