Opinión | Parece una tontería
En contra de lo deseado
La realidad viene hacia uno de tal forma que no le queda más salida que adaptarse a ella

En contra de lo deseado
Hace bastantes años escribí el perfil de una grabadora. Lo escribí sin que fuese mi intención, pero muchas veces las cosas se hacen así, en contra de los elementos. Aquel día debía entrevistar a un gestor cultural, afincado en Madrid, de paso por Santiago. Habíamos quedado en un hotel a las once de la mañana. Esa hora siempre me ha gustado: resulta tan prometedora. Fui muy puntual. Es más: esperé una hora por el entrevistado, que llegó diciendo que llegaba un poco tarde. Como llevaba un libro conmigo, se me hizo menos penosa la espera. Visto en perspectiva, ese fue el mejor momento de la entrevista: sin el entrevistado.
Cuando se sentó, la conversación aún tardó en empezar, ya que recibió una llamada apenas nos situamos frente a frente y conecté la grabadora. Pulsé stop y aguardé diez minutos. Se trataba de una grabadora digital, a la que había tardado un par de semanas en cogerle el truco. Me pareció que el entrevistado hablaba con una hermana, porque de vez en cuando se refería a un misterioso tío para decir «menudo es el tío», «joder con el tío», «el tío está gagá». Mientras, yo me fijaba en lo que había sobre la mesa, donde me llamó la atención una agenda. Las tapas eran duras y estaban rematadas en un metal dorado. En el centro se leía el nombre del dueño, grabado en una incrustación que imitaba al oro. «Es de oro», me dijo tapando el móvil con una mano. Concluí que me había leído la mente. «Qué bonita», mentí de pensamiento, a sabiendas de que seguramente me leería de nuevo las idas y advertiría que en realidad me parecía un horror. No añadió nada y siguió con el teléfono.
De repente levantó la cabeza y comentó, cubriendo de nuevo el móvil con la mano, que «por dentro es más bonita todavía». Asentí como si me importase un bledo, aunque me moría de ganas por abrirla y espiarla. Cuando al fin se despidió de su hermana y pude accionar la grabadora, a la segunda pregunta lo llamó de urgencia «el ministro». No precisó cuál. Apagué la grabadora, pulsando los botones siempre con delicadeza. Quería que fuese nueva el mayor tiempo posible: a poder ser, años. Por entonces la idea de que las cosas durasen mucho todavía tenía sentido.
Por suerte, el diálogo fue brevísimo, pues al ministro a su vez lo llamó «el presidente», y retomamos nuestra entrevista pendiente. Encendí la grabadora. La paz se interrumpió a los tres minutos porque llegó un camarero con unos cafés, lo que me obligó a apagar el dispositivo. La encendí, pero enseguida la desconecté para que el entrevistado pudiese ir al baño. A esas alturas la estrella de la entrevista era ya la grabadora. Cuando esta al fin empezaba a registrar algo parecido a una conversación entre ambos, pues llevábamos cuatro minutos de entrevista, el gestor recibió la llamada definitiva y tuvo que irse. Cuando llegué a casa, advertí que me había olvidado la grabadora en el hotel. No la recuperé, pero al menos pude contar su historia, ya que no hubo entrevista. Ya se sabe que la realidad viene hacia uno de tal forma que no le queda más salida que adaptarse a ella. Vivimos según viene el juego, vivimos como podemos.
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