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Opinión | Málaga de un vistazo

Samuel Beckett y el AVE Málaga-Madrid

El retraso en la conexión directa del AVE Málaga-Madrid, con fecha estimada a finales de abril según Adif, genera "ruina" y pérdidas millonarias para el sector turístico malagueño

Trabajos de recuperación de la línea de alta velocidad en Álora

Trabajos de recuperación de la línea de alta velocidad en Álora / Álex Zea

Existe una estación sin tren llamada Seiryu Miharashi ubicada en un espacio remoto de la prefectura de Yamaguchi, al sur de Japón. Fue inaugurada en 2019 con la singular finalidad de posibilitar a los visitantes un área de descanso: invita a la contemplación del horizonte, a la meditación y al encuentro con un paréntesis físico y espiritual en un contexto retirado y apacible. La Estación de Málaga-María Zambrano en estas últimas semanas parece emular a la terminal nipona, un lugar para reflexionar amargamente ante la debacle que supone el retraso en recobrar la conexión directa del AVE Málaga-Madrid, tras las declaraciones ofrecidas por el presidente de Adif quien nos conduce a la última semana de abril. La decepción y la indignación se han instalado como aciagas compañeras de un no viaje en este vagón inerte entre todos los colectivos institucionales y empresariales, quienes prevén la «ruina» por un impacto económico «incalculable» en Semana Santa: más de 1.300 millones de euros, según la Junta y el sector turístico. El Gobierno mantiene un mutismo que traspasa lo desconsiderado. Dramático para Málaga.

La percepción desoladora del ‘tren que no llega’ simboliza la espera alarmante, la impotencia ante la oportunidad perdida, la incertidumbre. Personifica a objetivos que se demoran, suscitando zozobra o impresión de quedar excluido de realidades significativas en nuestras vidas. Los malagueños aparentamos ser personajes inmersos en la obra del teatro del absurdo de Samuel Beckett ‘Esperando a Godot’, donde la espera se relaciona con la falta de control sobre nuestras existencias. La obra termina con la famosa línea de Estragón: «Vamos». Pero Vladimir responde: «No podemos». La cortina se cierra.

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