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Opinión | Tribuna

Señora, complete la derrapada

Ante las recientes consignas lanzadas estas últimas semanas por parte de altos representantes europeos, ya solamente cabe pedirle a la señora Von der Botifleren… que vuelva a su castillo

Úrsula Von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea

Úrsula Von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea / efe

Cuando los papis no están nunca en casa o la casa es demasiado grande para encontrarse. Estamos jodidos, a estos los ha criado la chacha y no sus progenitores. Sí, los Von der Leyen, esos pollos-peras que diría mi abuela, «ya han vuelto otra vez», y con razón. No hay nada de nuevo y es muy conveniente echar un poco la mirada hacia atrás. Dejen los teclados y vayamos a las hemerotecas a comprobar si merecen ese sueldo. Gracias.

El 21 de noviembre de 1990, en París, se celebró la cumbre de Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE) participando en ella los jefes de estado y gobierno de unos 34 países; en ese momento, pagaban sus padres y sus abuelos o bisabuelos, también los míos, seguimos. Se pretendía reafirmar el fin de la división europea acontecida a raíz del final de la Segunda Guerra Mundial o al final de la Guerra Civil europea (1914-1945) como quieran. Se entendía que eso era el epílogo de la confrontación de bloques, más o menos. Antes, se firmó un documento entre la OTAN y el Pacto de Varsovia: Tratado sobre fuerzas armadas convencionales en Europa. Era la primera vez que ambos rivales adoptaban medidas respecto al desarme europeo y en ambas partes se renunciaba a la violencia, a la ley del más fuerte sobre los vecinos. Manifestaban el propósito de «darse la mano» y convocar reuniones periódicas para limar asperezas. Incluso en el terreno armamentístico, queriendo fortalecer la confianza, incluso intercambiarían datos. El presidente francés, F. Mitterrand, declaraba que todo eso iniciaba «una nueva era» en seguridad y lo que pretendía esa clase política era dificultar, absolutamente y con garantías, la llamada «guerra de agresión». Esa Carta de París contenía objetivos políticos (y también económicos) para el conjunto de los estados europeos guiñando el ojo a la futura Federación Rusa. La libertad económica y el respeto a los derechos humanos. Los participantes concluyeron con el compromiso de celebrar encuentros anuales entre los ministros de Exteriores que hoy han derivado en esas yermas merendolas con final en subidón de proclamas que traicionan los postulados fundacionales.

«Contribución significativa a un orden de paz duradero y justo para una Europa unida» así lo concretaron. Alemania, a través de H. Khol, renunciaba con «validez definitiva» al uso de armas atómicas, biológicas y químicas (hoy nutre una nueva carrera armamentística). Pronto todo contrastaba con la manifiesta preocupación de otros participantes de esa cumbre. Europa Oriental vivía una emergencia económica y social considerable. La división económica del continente era una auténtica amenaza de futuro. El presidente polaco T. Mazowiecki declaraba que «si no somos capaces de controlar la división entre una Europa rica y una pobre. Una de clase A y una de clase B…volverán a aparecer las nubes sombrías». Su homólogo húngaro, J. Antall, a su vez, manifestaba que «solo de elecciones libres no podemos vivir», idea que en ese hermoso país ha acabado cuajando.

Hoy, ante la inquietante política económica y social europea, ante las recientes consignas lanzadas estas últimas semanas por parte de altos representantes europeos y, en concreto, por la presidenta de la Comisión Europea, ya solamente cabe pedirle a la señora Von der Botifleren… que vuelva a su castillo, que el sueldo que cobra no fue creado precisamente para eso a no ser que ahora trabaje para aquellos que lo que buscan es que se disuelva la Unión.

Atentamente:

Un ciudadano europeo de clase B.

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