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Opinión | Málaga en mi memoria

Málaga

La tristeza femenina

Mural con la imagen de Pablo Ráez en Lagunillas

Mural con la imagen de Pablo Ráez en Lagunillas / L.O.

Todo ralentizado, la frecuencia del latido más suave. Los ojos ligeramente hinchados. Crees, primero, que es porque te acabas de levantar, pero no. El cuerpo pesa más, no encuentro las zapatillas en seguida. Ayer lo volví a ver, al principio ni siquiera siento que es él; luego, me golpea la certeza del brazo levantado clamando el ‘Siempre Fuerte’. La pena sorpresa de Lagunillas, que nunca me avisa.

No llega como un recuerdo ni como una idea, sino como algo físico que se instala sin pedir permiso. Una presión leve al principio, casi imperceptible, que empieza en algún lugar del pecho y se va extendiendo, como si alguien hubiese abierto una grieta muy fina por dentro. A veces ya no hay motivo inmediato, aunque ahora sea un grafiti. Deja de haber una escena clara a la que agarrarme. Solo el cuerpo, que sabe antes que yo. Basta con dar un paseo. Salir a caminar por el centro de Málaga, mezclarse con el ruido, con la gente, con las tiendas abiertas como si todo estuviera en su sitio. Y entonces girar una esquina, bajar hacia Lagunillas, y que ocurra. Que aparezca de frente. No él, claro. Pero sí. Ese mural lo devuelve con una presencia tan nítida que no admite negociación.

Entonces pienso en Ofelia. En esa joven que atraviesa Hamlet deshaciéndose hasta desaparecer. Bella, silenciosa, triste. Siempre triste. Ofelia no irrumpe: se hunde. Y ese hundimiento ha sido durante siglos una de las imágenes más persistentes de lo femenino. No inquieta solo su destino, sino su permanencia: la mujer joven, hermosa y atravesada por la tristeza, repetida, pintada, deseada. Pienso en la Ofelia de John Everett Millais, flotando en el agua con una serenidad que no le pertenece, encarnada por Elizabeth Siddal, cuya vida quedó marcada tras posar para ese cuadro. Pienso en la obsesión de una época dominada por la estetización de la fragilidad, por confundir la enfermedad con la belleza, por convertir la tristeza en algo contemplable. Me afecta. Ofelia ha sido muchas veces mirada, pero pocas veces escuchada. Y ahí empieza a tomar forma eso que llamo tristeza femenina. No es una esencia, es una construcción: la tristeza que se tolera cuando no molesta, silenciosa, contenida, inofensiva.

Y pienso en Sylvia Plath, en Alejandra Pizarnik, en Idea Vilariño, en esa corriente que hoy se nombra como sad girl literature (literatura de chica triste). Y así sucede el viraje. Ya no es sobre Ofelia y su languidez mortecina; ahora es para que la tristeza deje de ser objeto y se convierta en voz. Ya no se trata de gustar, sino de ser. De escribir lo que duele sin pedir permiso, sin embellecerlo, sin traducirlo para que encaje en la mirada de nadie. La tristeza femenina no es la tristeza de las mujeres, sino la historia de cómo se nos ha permitido (o no) expresarla; y de cómo hemos dependido de esa mirada. Ofelia no necesitaba ser admirada flotando en el agua. Necesitaba ser escuchada antes de llegar al río, muriendo por disolución.

No represento a Ofelia, joven, bella y profundamente triste. No me reconozco en ese cuerpo flotando, en esa belleza detenida que no incomoda a nadie. La mujer que yo soy está hecha de otros materiales. Un estereotipo menos celebrado, menos pintado, menos deseado. Uno más peligroso: el de esa mujer que decide nombrar lo que le duele sin suavizarle aristas. No habrá ya juventud ni albayalde ni estética de lo enfermo, pero sí toda la belleza. La misma que hay en ese grafiti. La misma que hay en una acera que cambia y sigue siendo la misma calle. Y si un día me levanto con los ojos menos hinchados y encuentro las zapatillas a la primera, que sea porque la sangre me fluye por todo el cuerpo y no por fuera de él, con todo lo que se derrama cada vez que me callo el dolor.

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