Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Tribuna

Os mirlos cantan en galego

Lo que está claro es que el arte no solo tiene que ver con la belleza, al menos desde la obra de Kant, y que asimismo parte de sus manifestaciones más granadas se decantan por el regreso a las normas

La ronda de noche, por Rembrandt van Rijn

La ronda de noche, por Rembrandt van Rijn

Como he hecho en escritos anteriores, les propongo usar, provisionalmente, un guion muy sencillo para establecer un diálogo fructífero sobre obras artísticas contemporáneas, usando los criterios que Kant reservaba en el siglo XVIII para la experiencia estética desde la perspectiva del observador: ¿la obra que contemplamos nos proporciona conocimiento? ¿de qué nos da información?; ¿nos proporciona placer –intenso, inmediato, desinteresado-?; ¿les gusta? ¿por qué? ¿se puede universalizar su juicio, es decir, hacer extensivo a cualquier ser humano –al menos, al que comparte nuestro horizonte cultural? Conviene, no obstante, recordar que este esquema quedó superado, ya a fines del siglo anterior, en cumplimiento de los dictados de los múltiples movimientos artísticos de vanguardia. Lo usaremos como una especie de muleta.

Os mirlos cantan en galego

Os mirlos cantan en galego

«El arte ha muerto. Sus movimientos actuales no reflejan la menor vitalidad; ni siquiera muestran las agónicas convulsiones que preceden a la muerte; o son más que las mecánicas acciones reflejas de un cadáver sometido a una fuerza galvánica». Este es el sombrío diagnóstico del filósofo y crítico de arte norteamericano Arthur Danto, quien resucitara la vieja tesis hegeliana del fin del arte, que pronosticaba el agotamiento y la muerte del arte, y su disolución en la filosofía. El arte dejará de ser el reino de las emociones para convertirse en ciencia (de la experiencia de la conciencia, para ser más exactos). El arte y su mundo, en definitiva, y como han podido comprobar los visitantes de ARCO (Madrid, del 4 al 8 de marzo de 2026), está en tela de juicio y parece engullido por el concepto y el mercado. No parece respetar los criterios kantianos anteriores.

Una vez más, G.W.F. Hegel se muestra aquí como un visionario. Pues el arte de nuestro tiempo y de nuestro pasado reciente, dependen cada vez más de una teoría para existir como tal y no pocas de sus manifestaciones se nos antojan una «tomadura de pelo» o un mero objeto de consumo. De otro lado, pienso que es innegable que el ser humano tiene una «dimensión estética» y podemos pensar, con Herbert Marcuse, que el arte posee, a un tiempo, un elemento afirmativo, reconciliador con la realidad establecida, así como una función crítica o negativa, que nos invita a la rebeldía y a la emancipación de la sensibilidad, la imaginación y la razón. Les recuerdo que esta dimensión, por el momento, es la que nos diferencia de las máquinas pensantes y de los frutos de la IA, capaces de ofrecer certeras predicciones científicas, pero ignorando el porqué, la explicación de su proceder. La máquina puede hacer magníficas imitaciones del arte de Rembrandt van Rijn y en un tiempo de vértigo, pero en este caso, la ficción no llega a superar a la realidad, a encarnar la destreza creativa del autor de ‘La ronda de noche’ (1642). ¿En qué quedamos?

El pasado lunes, 9 de marzo, los asistentes al Diálogo Filosófico en la Sala Muñoz Degrain del Ateneo de Málaga no pudimos completar, por problemas de tiempo, el desafío conceptual del ponente principal, Miguel Vázquez Freire (’Doce momentos del siglo XX que cambiaron el arte contemporáneo… ¿o quizás lo mataron?’), quien nos animó a hacer un diagnóstico del estado de salud del arte actual a partir de doce ejemplos. Es éste un empeño que acompaña al profesor Vázquez Freire durante más de cuarenta años, espoleado por una conversación inicial con Macías, un músico amigo, sobre la escasa presencia del arte contemporáneo en nuestras vidas (a diferencia de lo que sucedía en otros tiempos). ¿Será la vuelta al realismo y a las formas modernas de representación, aunque sea de forma «enmascarada», el sino del arte actual, como sucede, por ejemplo, en las obras de Lucien Freud, en aras del conocimiento, el placer y el juicio del gusto de los ilustrados?

Son muchas las cosas que comparto con Miguel Vázquez Freire (Corcubión, 1951) y lo hago desafiando a Cronos. En el presente, gracias a una provechosa comunidad informal de investigación y el desarrollo de la filosofía de las instituciones, lo que hace pensar en un futuro de tintes casi tan épicos con las operaciones militares imperialistas del presente, a pesar de que ambos estamos ya en la edad provecta. En el pasado, resulta que hemos compartido, sin saberlo entonces, aficiones y compromisos políticos en la distancia. Lo supimos cuando el tiempo facilitó nuestro encuentro en Málaga hace tres años: Miguel, representando entonces a los filósofos gallegos más entusiastas del Grupo Nexos; yo, haciendo lo propio en Andalucía, como Presidente de la AAFi. Las piezas clave de este ajedrez emotivo-cognitivo son: la enseñanza a adolecentes (a la que hemos consagrado nuestra vida profesional), los placeres de leer y escribir, la vida en el teatro y la gestión de eventos, entre otras.

Miguel es autor teatral de gran talento –especialmente para el público infantil- y yo hice mis pinitos como actor en un Grupo de Teatro madrileño, ‘Laboratorio Experimental de Teatro Grumo de Peyote’ a finales de la adolescencia y en la primera juventud. Y ha podido dar fe de esta feliz serendipia gracias a algunos de las tribunas que he publicado en este diario, en mis críticas teatrales ligeras, asistiendo juntos a espectáculos del Teatro Cánovas de Málaga y en mi celebración de la memoria de un espectáculo de Lindsay Kemp, ‘Flowers’, que pudimos disfrutar ambos a principios de los ochenta. Y también nos encontramos en la categorización del fenómeno estético, en general, y de la pintura en particular. Así, tras la publicación en la prensa de mi panegírico sobre el pintor, grabador, escenógrafo y figurinista autodidacta José Hernández Muñoz (Tánger, 1944 – Málaga, 2013), hijo adoptivo de la provincia de Málaga y residente en Villanueva del Rosario. (’El alma de las cosas’, 20 de junio de 2025), Miguel me comentó lo siguiente: «También yo me encontré, sin buscarla, con la epifanía de una extraordinaria exposición de José Hernández. Debió ser en el año 1971, en la desaparecida Galería Biosca de Madrid. La exposición presentaba una serie de retratos que a mí se me antojaban extraordinariamente realistas, de figuras de prebostes, en las que era fácil distinguir a un militar, una jerarquía eclesiástica o un mandamás del régimen de Franco. La particularidad era que una mirada especialmente escrutadora descubría que los uniformes, las vestimentas sacramentales, los trajes funcionariales, aparecían rompiéndose en andrajos. Y a través de esos andrajos se alcanzaba a ver los cuerpos en descomposición, vísceras evisceradas, carnes abiertas con huesos y músculos colgando, e incluso alguna rata que comenzaba a roer un pie. Me pareció hermosa (hermosa, ¡sí!) metáfora de la decrepitud del régimen y me pregunté cómo habían autorizado la exposición. Desde entonces, fui un fiel admirador de la obra de José Hernández». Lo que está claro es que el arte no solo tiene que ver con la belleza, al menos desde la obra de Kant, y que asimismo parte de sus manifestaciones más granadas se decantan por el regreso a las normas, en el lado del tan denostado «realismo» (aunque éste adquiera tintes mágicos o viscerales) y nos pongan en contacto con la hermosa fealdad.

Lo feo no es solo la negación de la belleza, como subraya el filósofo alemán Karl Rosenkranz en su ‘Estética de lo feo’ (1853). Según Umberto Eco (‘Historia de la fealdad’, 2007): «Rosenkranz analiza minuciosamente la fealdad natural, la fealdad espiritual, la fealdad en el arte (y las distintas formas de imperfección artística), la ausencia de forma, la asimetría, la falta de armonía, la desfiguración y la deformación (lo mezquino, lo débil, lo vil, lo banal, lo casual y lo arbitrario, lo tosco), y las distintas formas de lo repugnante (lo grosero, lo muerto y lo vacío, lo horrendo, lo insulso, lo nauseabundo, lo criminal, lo espectral, lo demoníaco, lo hechicero y lo satánico)». Curiosamente, la falta de orden puede llevarnos a su recuperación como tabla de salvación.

En el caso del arte, las obras sobre las que dialogamos con el profesor Vázquez Freire: ‘La Fontaine’(1917) de Duchamp (o Elsa von Feytrag), la arquitectura, diseño y artesanía de la Bauhaus, el expresionismo abstracto de Jackson Pollock, la pieza para piano de John Cage titulada ‘4’33’, las noventa latas de ‘Merda d’artista’ de Piero Manzoni (1961), las ‘Brillo‘s Box’ de Andy Wharhol (1964), la performance de Joseph Beuys ‘I like America and America likes me (Coyote)’ de 1974, la performance de Carolee Schneemann bautizada como ‘Interior Scroll’, el arte desmaterializado de Walter de Maria en ‘Der vertikale Erdkilometer’(1977), la creación artística colectiva de las Guerrilla Girls ‘Do Women have to be naked to get into the Metropolitan Museum’ (1989), la fotografía ‘Untitled #96’ de Cindy Sherman o la instalación que el artista chino Ai Wewei: ‘S.A.C.R.E.D’, presentó a la Bienal de Venecia (2013), ¿nos proporcionan conocimiento? ¿de qué nos dan información?; ¿nos hacen sentir placer –intenso, inmediato, desinteresado-?; ¿nos gustan? ¿por qué? ¿se puede universalizar, en este caso, nuestro juicio, es decir, hacer extensivo a cualquier ser humano –al menos, al que comparte nuestro horizonte cultural? Menuda encrucijada (aunque permanezcamos emboscados para evitar el compromiso con una respuesta fácil).

Gracias a la amistad que me brinda Miguel Vázquez Freire, estoy convencido de que los mirlos que frecuentan mi casa malagueña, ofreciendo una línea melódica parecida al recitativo de una ópera barroca de Jean-Philippe Rameau, cantan en gallego. Y ya saben que, «sin música, la vida sería un error», como afirmaba Nietzsche, el filósofo intempestivo que creía ser dinamita. A pesar de ello, alguien escribió en un cartel que se exhibía en un bar madrileño y que tuvo el honor de ver mi padre a finales de los sesenta: «prohibido cantar, ni bien ni mal». Que ustedes lo canten bien.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents