Opinión | Málaga solidaria
Ana Pisulla Velasco
La narrativa popular juvenil

Unas jóvenes en imagen de archivo / Redacción
El lunes 9 de febrero fue expulsado del Partido Democrático de Corea del Sur uno de sus alcaldes, tras sus afirmaciones sobre cómo “habría que importar jóvenes solteras de lugares como Sri Lanka o Vietnam” para que contraigan matrimonio con hombres de zonas rurales, como solución al declive demográfico.
No nacen suficientes bebés en Europa y la crisis demográfica se extiende a las potencias del mundo, algunas de estas optan por convertir a las mujeres en bienes de producción, Kim Hee-su, alcalde del condado de Jindo habla de “importar” mujeres jóvenes migrantes, parece que para ayudarnos a vivir la experiencia desde dentro a las mujeres que disfrutamos de El cuento de la criada de Margaret Atwood.
El feminismo lleva siglos luchando para separar a las mujeres de la idea extendida de que nuestro valor reside únicamente en el uso de nuestros cuerpos, el valor femenino entendido como el uso corporal por parte de otros, para el disfrute masculino, para publicitar y atraer o para parir y criar a la próxima generación de trabajadoras y trabajadores. Tanto hemos luchado que hemos conseguido, que en una buena parte del planeta, se nos considere seres de derecho, con derecho al trabajo, a la sanidad, la educación, el ocio y con derecho a consentir, siendo este último el que más tambalea en la cuerda floja política.
Todas pensamos que las predicciones y amenazas fatalistas son sólo ideaciones especulativas, intentamos creer que lo luchado no podrá ser revocado y que la sociedad al fin nos recompensará siglos de esclavitud y comercialización de nuestros cuerpos, confiamos en la esperanza de una sociedad justa para las mujeres y niñas, pero el transcurso político nos recuerda que, de momento, no dejará de ser una idea utópica. Las mujeres volveremos a ser tratadas como recurso explotable, por parte de los organismos de toma de decisiones, si la situación así lo requiere, nuestros derechos se seguirán manteniendo en la categoría de privilegio.
En el momento social en el que nos encontramos, donde la polarización política y el avance imponente de la ultraderecha nos instan a mantener silencio, para no ser tachados como radicales, las y los jóvenes parecen haber perdido la esperanza para alzar la voz en pro de los derechos sociales, y algunos de ellos recurren a ideas retrógradas que les generan confort, ideas y colectivos que ocupan espacios desatendidos, sólo hace falta estar cuando la persona vulnerable lo necesita, ser apoyo en la soledad. Así, sin darnos cuenta, nos encontramos formando parte del caldo de cultivo que resultará en la restricción de derechos, que al principio afectará a la minoría, pero al final será otra minoría la única no afectada.
¿Y qué podemos esperar de la participación juvenil? ¿Es importante para la democracia que los jóvenes expresen su opinión? Hablamos de la generación progresista, que iba a ser la encargada de destruir todas las barreras heredadas, la generación de la esperanza que se convirtió en el terror de las y los que defendemos la democracia, de la que formamos parte también muchas personas con miedo a las ideas de los que fueron nuestros compañeros y compañeras de clase, nuestras amigas y amigos, los primos con los que crecimos, nuestras hermanas…
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