Opinión | Viento fresco

Redactor jefe y articulista
Malagueños temporales
Miles de habitantes en pisos turísticos. Que tienen como vecinos a otros pisos turísticos

Turistas / álex zea
A veces cuando voy por el centro de la ciudad observo a la gente y pienso dónde dormirán, tal y como está la vivienda. Un hombre, una mujer, un grupo de amigos, el que parece un oficinista, el que parece un turista de interior, la chica que pudiera ser enfermera, un cartero, dos mujeres de mediana edad que portan sendos cafés para llevar. Me pregunto si tendrán piso propio cada uno de los que, ellos y ellas, que caen en mi mirada. Si lo habrán heredado. Si estarán hipotecados. Si dormirán debajo de un puente, en un hotel o si serán de otra ciudad. Tal vez tengan casa en un barrio. O en el extrarradio o en un municipio cercano. A lo mejor se han bajado de un crucero.
Pero seguramente habitarán, por unos días, un piso turístico. Dos de cada tres pisos turísticos, que en Málaga son miles, se concentran en el Centro. Son malagueños temporales. Malagueños por unos días. Malagueños de pasajera identidad que por unas jornadas, pero ya tal vez nunca más, pronunciarán de buena mañana la frase: «Voy a Aranda a por churros». o «Podemos comer en el Muelle Uno». O «Hay que ver la de gente que hay en calle Nueva». Tal vez digan: qué desastre de plaza es Camas o en la Alameda hay cada vez más hamburgueserías. Pronto, todo eso serán recuerdos, fotos en el móvil, conversaciones nostálgicas de futuro, te acuerdas de aquellos días en Málaga. Los turistas no son una plaga, salvo que sean muchos y entonces son un incordio. Un bendito maná, una alegría, un desborde también. Habrá una legión de gente portando sábanas nuevas cada mañana para esos pisos, un montón de gente llegando al Centro para limpiar todos esos pisos, un contingente de mensajeros llevando a esos pisos pizzas, condones, gazpachuelos o tiritas. Miles de vidas incrustadas de pronto en la ciudad. Vidas por turnos. Unos vienen, otros se van; unos no dejan huellas, otros dejan un grifo roto. Hay familias tranquilas y grupos que forman bulla y dan la turra a todo el vecindario, vecindario que en realidad no existe. En realidad el ruidoso de un apartamento turístico no deja dormir... al inquilino de otro apartamento turístico. Luego amanece y se van todos a desayunar. Ocho euros.
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