Opinión | El trasluz
Un universo entero

Flexo sobre un escritorio. / Shutterstock
Dispongo en mi mesa de trabajo de un flexo en torno a cuya luz se manifiesta una nube formada por el humo del cigarrillo que me fumo entre párrafo y párrafo. No importa hacia donde lo expulse, el humo se reúne en ese punto dando lugar a una especie de pequeño planeta multiforme, pues cambia de aspecto hasta que se disuelve. Lo observo con la concentración que se reserva a los fenómenos mentales. Al quedar atrapado en el cono de luz, el humo adquiere una coherencia inesperada: se curva, se pliega, traza relieves que duran apenas un instante. Cada segundo inaugura un paisaje y lo cancela. Se me ocurre entonces que ese planeta está compuesto por una materia íntima y heterogénea, una mezcla casi biográfica. En esa nube flotan microgotas de mi saliva arrastradas por la exhalación, flotan bacterias procedentes de mi boca, partículas de nicotina y alquitrán, cenizas microscópicas del tabaco consumido, compuestos volátiles que se desprenden al arder el papel, polvo suspendido en la habitación, capturado por la corriente cálida de la bombilla.
Ese mundo efímero es, en parte, mi propio inventario celular. Algo de mí viaja en él. No es una nube ajena, sino una proyección material de mi interior, convertida en esfera cambiante por la gravedad doméstica de la lámpara. La luz organiza el humo, lo estructura. Lo obliga a reunirse en torno a un centro. Y durante unos segundos, esa congregación parece obedecer a leyes propias: corrientes internas, choques diminutos, nacimientos y extinciones ínfimas. Si hubiera habitantes en ese planeta, vivirían en una escala donde una corriente de aire sería una catástrofe cósmica y el apagarse del flexo, un apocalipsis súbito.
Mientras tanto, yo permanezco en mi silla, creyéndome exterior a la escena. Sin embargo, el planeta depende de mi respiración. Sin mi gesto -aspirar, retener, expulsar- no existiría. Su atmósfera es mi aliento transformado; su duración, la medida de mi pasatiempo. El humo se adelgaza. Las partículas se dispersan. Lo que parecía un mundo compacto vuelve a ser mezcla informe. Solo queda la luz fija sobre la mesa. Pero durante un breve intervalo, algo mío orbitó en torno a ese pequeño sol artificial, y fue suficiente para que mi cuarto de trabajo albergara, sin ruido, un universo entero.
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