Opinión | Tribuna
Inquisición digital
Ese mismo anonimato ha vuelto para convertirse en arma arrojadiza de las turbas de inquisidores que pululan por las (mal) llamadas redes sociales

Imagen de la manifestación del "no a la guerra" en Madrid. / Diego Radamés (EP)
«El miedo guarda la viña» es uno de los refranes más acertados para entender por qué se deja de hacer algo, lo que sea, por temor a las consecuencias. Esta renuncia puede tener efectos positivos, desde luego, porque el miedo funciona como señal de alarma y nos permite sortear los peligros. El miedo nos invita a alejarnos de un acantilado; o a no acercarnos a un río con cocodrilos; incluso a no cruzar con el semáforo en rojo. Ahí ejerce casi como sinónimo de prudencia, así que bienvenido sea.
Otra cosa distinta es cuando ese miedo nos impide expresarnos con libertad para airear nuestras ideas. Y la verdad es que la historia acumula épocas donde hablar es sinónimo de riesgo extremo; tal vez, la Inquisición sea uno de los ejemplos más rotundos, con sus miles de víctimas en Europa, incluido el pobre Giordano Bruno, al que asaron vivo por «hereje, impenitente y obstinado». Los Reyes Católicos fueron alumnos aventajados de lo que siglos antes había puesto en marcha Francia para preservar la ortodoxia católica; y su empuje inicial permitió mantener operativos durante trescientos cincuenta años aquellos funestos tribunales eclesiásticos que persiguieron, torturaron y asesinaron a centenares de personas. Para su tarea represora, la Inquisición contó con un instrumento fundamental: las denuncias anónimas.
Y ya es curioso que, tantos siglos después, ese mismo anonimato haya vuelto para convertirse en arma arrojadiza de las turbas de inquisidores que pululan por las (mal) llamadas redes sociales. Buscan piezas de caza mayor, claro, como Rosalía por un comentario equívoco sobre Picasso; o Javier Bardem, por plantarse en la gala de los Oscar con el «No a la guerra». Pero los ofendiditos vocacionales no le hacen ascos a nada ni a nadie. Por eso cada vez más gente, incluidos creadores artísticos e intelectuales, famosos o desconocidos, se lo piensan dos veces antes de expresar su opinión. Así que ya estamos tardando en convocar la primera edición del premio Torquemada, al mejor inquisidor digital. Una pena que, con la modernidad a cuestas, haya tanta gente enamorada de la Edad Media.
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