Opinión | 360 grados
La locura del rey Donald
Ante las acciones de Trump y sus consecuencias, el cofundador de 'The American Conservative' atribuye a los erróneos consejos del Mosad la actual situación en Oriente Medio

El presidente de EEUU, Donald Trump. / GRAEME SLOAN (EFE)
¿Está realmente Donald Trump en sus cabales? ¿Está en su sano juicio quien se va tranquilamente a jugar al golf a su residencia de Mar-a- Lago mientras arde por su culpa y la de su cómplice, el genocida Benjamín Netanyahu, Oriente Medio?
¿Lo está quien afirma tranquilamente que ha «diezmado enteramente» al Irán de los ayatolas para afirmar acto seguido que enviará al Golfo Pérsico desde la otra punta del globo a la más poderosa fuerza expedicionaria para acabar con el régimen con el que acaba de decir que ya ha acabado?
¿Pueden los periodistas que cubren la Casa Blanca escuchar sus más criminales sandeces y sus continuas contradicciones y mentiras para contarlas luego al mundo sin volverse a su vez locos?
¿A qué espera el Congreso de ese país que sigue llamándose república para destituir a tan demente tirano? ¿No establecieron los padres de su Constitución un procedimiento de destitución para casos incluso menos graves que ése? ¿Es que nadie se atreve a ponerle el cascabel al gato?
Uno que al menos lo ha intentado es el periodista estadounidense Scott McConnell, cofundador junto a otros dos conocidos comentaristas de su misma ideología- Pat Buchanan y Taki Theodoracopulos- de la revista ‘The American Conservative’.
McConnell aconseja al vicepresidente J. D. Vance anunciar que apoya la vigésimo quinta enmienda de la Constitución de EEUU, es decir la que establece los procedimientos para la sucesión presidencial en el caso de muerte, renuncia o incapacidad del jefe del Estado.
Y que permite que el vicepresidente y la mayoría del Ejecutivo declaren llegado el caso su inhabilitación, con lo cual su segundo se convierte automáticamente en presidente y comandante supremo de las Fuerzas Armadas.
Para evitar que tal gesto se interpretase como fruto de una ambición personal de poder, JD Vance, escribe McConnell, debería anunciar al mismo tiempo que no sería candidato en las siguientes elecciones y nombrar a su vez a un vicepresidente.
El cofundador de ese periódico conservador, que defiende valores tradicionales como la familia y la religión, al tiempo que rechaza las que tacha de «fantasías» como los intentos de «hegemonía global» o la «economía hiperglobalizada», atribuye la operación militar contra Irán a los erróneos consejos del Mosad.
Trump se fio, según McConnell, de los servicios secretos israelíes y del primer ministro de ese país, Benjamín Netanyahu, e hizo caso omiso de lo que le decían sus propios servicios de inteligencia, pero al final las cosas no salieron como él quería, y «está ahora cometiendo un genocidio en nuestro nombre».
No tardaron, sin embargo, las voces sionistas que están en todos los medios, en atacar a McConnell por su atrevimiento, y así una de las más fanáticas, la activista de extrema derecha Laura Loomer, le acusó de intentar como otros comentaristas, entre ellos Tucker Carlson, un golpe de Estado contra Trump, atribuyéndole una supuesta demencia.
Pero ¿no es demencia de la peor clase creerse omnipotente, jugar con la vida de sus propios militares como si la guerra fuera un juego, amenazar lo mismo a amigos que a enemigos, insultar a quienes le contradicen, y llevar al mundo en plena era nuclear al borde del abismo?
Como dice el conocido político y comentarista británico George Galloway, todos están al corriente de «la crisis nerviosa» de Trump: «Lo sabe J.D.Vance, lo saben los militares, lo sabe todo el Gobierno, lo saben los medios». Y añade, imperativo: «!Destituidle, imbéciles!» ¿Le harán caso?
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