Opinión | Málaga en mi memoria
Soy atea, gracias a Dios
Atea confesa, me siento conmovida cada Lunes Santo ante la imagen del Cautivo

Traslado del Cautivo / álex Zea
Cuenta el psiquiatra Irvin Yalom que un paciente suyo, ateo declarado, le regaló al terminar la terapia una estampita de un santo. ¿Pero tú no eras ateo?, le preguntó. El hombre le respondió que, durante la guerra de Vietnam, en una trinchera, bajo el estruendo de un bombardeo, un compañero soldado le había dado esa misma estampita para que le abrigase en los momentos más aterradores. Se la guardó. Sobrevivieron. Por detrás llevaba escrito: «No hay ateos en las trincheras».
Dicen que la imagen no fue concebida para ser vestida, sino desnuda. Sin embargo, desde finales de los años treinta, el obispado ordenó cubrirla con una tela cruda, sin tintar, que con el tiempo se volvió blanca. Y esa blancura, casi obstinada, se convirtió en identidad. Pero yo siempre lo vi desnudo, preso tras la reja cuando lo miraba quieto en la cofradía. Cada Lunes Santo se repetía el mismo silencio, para mí la Semana Santa no trataba de religión, sino de emoción. Y aunque el silencio de El Cautivo en procesión sea atronador, no recuerdo experiencia más abrumadora siendo niña que la observación de la multitud emocionada y al borde del retumbar de la gente callada. Al Cautivo a mí me llevaban para desafiar mi fe, ya de tan chica, creyendo hacer todo lo contrario. El aire contenido en el Puente de la Aurora. Sin doctrina. Todos desnudos ante los ojos de los demás. Cuando lo veo venir, entiendo algo que no sé explicar sin verme en contradicción: ni todos los creyentes tienen fe ni todos los ateos están a salvo de ella. Yo no creo en Dios, pero hay algo en mí que se arrodilla.
El corazón suena lleno de miedo, retumbando el repicar de los tambores. Quizá la fe tenga más que ver con sostener el temblor sin apartar los ojos que con la huida. Mis ojos de niña lo veían aparecer desde lejos, flotando entre las cabezas aglomeradas, avanzando despacio sin tocar el suelo. Era un auténtico misterio. No sabía por qué me llevaban allí, ni qué se esperaba de mí. Pero sí venía la certeza de quedarme a observar. Las manos cruzadas una sobre la otra, la figura espigada, las flores blancas rodeándolo todo. Y ese silencio tan alto, otra forma de estruendo. Y sigue siendo la misma pregunta la que me acompaña cada Lunes Santo. Quién fue ese hombre al que hicieron cautivo por decir lo indecible, por ponerse del lado del más débil, por salvar a otros. El miedo te quita todos los argumentos y coquetea con la incertidumbre, pero deja una verdad imbatible: queda una pulsión de supervivencia cuando ya no quedan argumentos.
El miedo siempre me ha hecho más fuerte y hoy comprendo que es la antesala de lo sagrado. Algo más primario: el temblor no me alejaba del Cautivo. Me obligaba a sostener esa mezcla de fascinación y miedo sin entenderla del todo. Como si en ese desconcierto hubiese una forma de reconocimiento. Una necesidad de trascender ya desde niña. Lo que anhelo es sentido vital. Como si la emoción supiera de un camino que la razón no puede recorrer. Por eso sigo volviendo cada Lunes Santo a la misma pregunta. No tanto a quién fue ese hombre, sino qué es eso que despierta en mí. Qué parte de lo humano se activa cuando me atrevo a mirar el dolor de frente y no retiro la mirada. Y yo, que soy atea en mi parte más racional, ya que así lo exigen mis conocimientos sobre el mundo, en absoluto lo soy en lo simbólico, donde mi cuerpo y mi emoción reconocen siempre el camino hacia la fe.
Se me arremolina el llanto, no se puede contener adentro. El olor a incienso, el sonido de los pies de la gente, pero más fuerte aún, el de los pasos de los penitentes, el vaivén del trono. Digo que voy a ir a verlos pasar, pero en realidad voy a sentir mi llanto. Mi abuelo cogiéndome de la mano, su manera de respetar a los muertos, mi madre negando la existencia de un dios y yo en comunión a escondidas sin saber el motivo exacto. Las trompetas y los golpes de tambor, la mirada clavada en el agujero oscuro de un capirote, la vela derretida quemándome el dorso de la mano. Me quedo quieta cuando pasa por delante, no quiero que nadie me hable. Que me dejen sola, por lo que más quieran, que estoy delante del símbolo más potente de la humanidad entera: una atea en conversación con Dios.
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