Opinión | La Pasión mágica

Redactor de política municipal
Ecce Homo: el balcón del agua y de la sangre
La escena del Pretorio, evocada como el Compás de la Victoria, se convierte en un drama de poder, miedo, culpa y conciencia: el pueblo absuelve a Barrabás y condena al Justo, mientras Pilato y Prócula quedan atrapados para siempre en la sombra de aquella decisión

Cristo, presentado al Pueblo, el Domingo de Ramos de 2025. / Eduardo Nieto
Dicen los mayores que hay ciudades que no están hechas de piedra, sino de memoria. Y por eso pueden mudar de siglo sin moverse de sitio. Jerusalén es una de ellas. Málaga, en ciertas madrugadas, también. De modo que nadie se extrañe si aquella mañana del juicio, el Pretorio amaneció con olor a cal húmeda, a salitre de puerto y a naranjos, y si el balcón desde el que iba a mostrarse al reo parecía ya el Compás de la Victoria, asomado, no a una plaza, sino al temblor entero del pueblo.
Poncio Pilato no había dormido. Había pasado la noche oyendo el rumor de una fuente interior que no existía en el palacio y que, sin embargo, corría por los pasillos como una conciencia. Hombre de Roma, educado en la disciplina del Imperio, desconfiaba de los dioses orientales, de las profecías, de los sueños de las mujeres y del fervor de las turbas; pero aquella víspera todas esas cosas se le habían metido en la cabeza con la terquedad del polvo. Sabía reconocer el rostro de un culpable y el de un inocente. El primero rehúye la mirada; el segundo la sostiene hasta que el juez se siente juzgado. Y aquel galileo, con el cuerpo abierto por los azotes y la dignidad intacta, lo estaba mirando de una manera que no correspondía a los condenados, sino a los médicos que palpan una herida ajena.
El sueño de Claudia Prócula
En la estancia contigua, Claudia Prócula tampoco había conciliado el sueño. Había soñado, como cuentan los antiguos, con un justo perseguido. Pero en su sueño no había solo un hombre: había un campo de lirios creciendo entre lanzas, un gallo negro cantando dentro del pecho de los soldados y una luna roja detenida sobre los tejados. Vio a su marido con las manos limpias y ensangrentadas a la vez, como si el agua fuese incapaz de borrar lo que el alma escribe. Y vio al reo caminar sin moverse, ya coronado por una espina que parecía un pequeño bosque seco. Al despertar, llamó a un criado y le mandó decir a Pilato, con la urgencia de quien manda una jarra de agua a un incendiado: “No tengas nada que ver con ese justo”.
Cuando Pilato recibió el recado, no se burló, como habría hecho en otros tiempos. Lo dobló en silencio. Le tembló apenas un dedo. Los hombres que se creen dueños del mundo suelen temblar por partes.
Fuera rugía la multitud, pidiendo una sentencia. Daba igual la verdad. El gobernador conocía aquel idioma: no era el de la justicia, sino el del miedo cuando aprende a hablar en coro. Habían traído a Barrabás, hombre de motín y de sangre, con la esperanza de que la comparación salvase al Nazareno. Pero hay días en que los pueblos no eligen entre el bien y el mal, sino entre dos formas de parecerse a sí mismos. Y aquella mañana el gentío prefirió al ladrón visible antes que al inocente insoportable. Barrabás, al menos, les devolvía una imagen conocida del mundo: violencia por violencia, golpe por golpe. Cristo, en cambio, era un espejo del que nadie salía ileso.
"He aquí el hombre"
Fue entonces cuando los soldados, fatigados de obedecer, se entretuvieron en la burla. Le pusieron a Jesús una clámide púrpura sobre los hombros llagados, le encajaron la corona de espinas, le metieron una caña entre los dedos como si fuera cetro, y comenzaron a doblar la rodilla con ese teatro vil con que la crueldad se ríe de aquello que en secreto teme. Le llamaron rey. Le escupieron. Le pegaron en la cabeza para que la corona penetrara un poco más, buscando la hondura exacta del dolor.
Y, sin embargo, quienes lo vieron dicen que había en aquel hombre humillado una majestad más antigua que Roma. Obra póstuma. Parecía un rey deshecho por sus súbditos, sí, pero también una piedra viva contra la que el odio se mellaba. La púrpura de la burla empezó a parecer un manto verdadero; la caña, un signo incomprensible de autoridad; las espinas, un nimbo cruel que ningún artesano habría sabido forjar.
Pilato lo condujo al balcón. Abajo, el pueblo era una sola garganta. Arriba, el aire estaba quieto como si aguardara una palabra capaz de partir la historia en dos. El gobernador puso una mano en la baranda. Sintió la piedra caliente, casi humana. Y al presentar al reo, no supo si hablaba a la muchedumbre o a sí mismo, si entregaba a un hombre o si lo devolvía al misterio del que venía.
—"He aquí el hombre".
La frase sonó sobre la plaza con la brillantez de una campana. En el Compás de la Victoria imaginario de aquella mañana, algunas mujeres se llevaron la mano al pecho; un mendigo creyó ver que las heridas del reo daban luz; un niño juró, muchos años después, que la caña floreció un instante como un tallo de azucena. Nadie lo creyó, pero en esa ciudad las verdades más hondas siempre han entrado disfrazadas de exageración.
Los sacerdotes gritaron. La multitud respondió: "¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!"
Pilato quiso resistirse con el cansancio del funcionario que ya no cree en la ley, pero aún cree en el procedimiento. Preguntó, insistió, aplazó. Volvió a hallar en aquel rostro magullado la misma imposibilidad de condenarlo. No encontraba en él rastro de crimen, sino una serena aceptación que lo irritaba más que cualquier rebeldía. Porque los poderosos saben tratar con el odio, con la conspiración y con la fuerza; lo que no soportan es esa extraña soberanía de quien, pudiendo mendigar, calla.
El pueblo eligió a Barrabás; pero la herida verdadera quedó para siempre en la conciencia de Pilato
Barrabás o Cristo
Entonces ofreció al pueblo la elección ritual: Barrabás o Jesús. Y el pueblo, como si de pronto hubiera sido poseído por una sola sombra, pidió la libertad del culpable y la muerte del inocente.
A Barrabás le quitaron las ligaduras y por un instante no supo qué hacer con las manos libres. Había entrado al patio oliendo a cárcel y salió oliendo a destino ajeno. Se volvió una vez hacia el Cristo, no con gratitud, sino con el espanto animal de quien comprende que alguien ha ocupado el lugar que le correspondía. Después se perdió entre la multitud como se pierden las malas noticias: de prisa y sin mirar atrás.
Pilato pidió agua. Le trajeron una jofaina de plata. Metió en ella las manos delante de todos, con aquella solemnidad inútil de los hombres que creen que un gesto visible puede corregir una decisión torcida. Se lavó las manos, sí, pero el agua, dicen algunos, se enturbió al instante como si hubiera descendido por cañerías invisibles desde todos los ríos del mundo. Otros aseguraron que, cuando el esclavo fue a vaciar la vasija, cayó de ella arena roja en vez de agua. Nadie se puso de acuerdo, salvo en una cosa: Pilato no volvió a mirar sus dedos del mismo modo. Luego pronunció la sentencia.
Y así fue como Cristo, como un Rey de escarnio, fue entregado para la cruz. Inocente y condenado. Rey y mofa. Hombre y sacrificio. El patio entero pareció inclinarse un poco, como si el mundo hubiese aceptado cargar durante un momento con el peso de aquella injusticia.
Cuando se lo llevaron para imponerle el madero, Claudia Prócula vio pasar la comitiva desde una galería interior. No gritó. No era mujer de gritos, sino de silencios largos. Se apretó las muñecas con las manos para no temblar. Pensó que hay condenas que recaen sobre un solo hombre y se cumplen, sin embargo, dentro de todos los que consienten. Y al ver a Jesús salir hacia el camino del suplicio comprendió que la sentencia no terminaba en él: empezaba.

Claudia Prócula trata de interceder en la sentencia injusta. / Eduardo Nieto
Después de la sentencia
Lo que ocurrió después no lo cuentan los evangelios, y los apócrifos apenas lo susurran, pero toda ciudad antigua guarda una versión de las cosas detrás de sus cortinas. Aquella tarde, cuando el palacio se quedó vacío del estruendo del juicio, Pilato regresó a sus habitaciones con el paso de quien ha envejecido en unas horas. Encontró a Prócula sentada junto a una lámpara que no conseguía vencer la sombra. Sobre la mesa había una copa intacta y un paño húmedo, como si ella hubiera esperado a un herido.
— "Lo has hecho", dijo ella.
No era una pregunta.
Pilato se quitó el broche del manto. Le costó desabrocharlo, como si el metal se hubiera convertido en un nudo. Durante un instante quiso responder con razones de gobierno, hablar de la paz, del César, del tumulto, de la necesidad de evitar una revuelta. Quiso decir que un gobernador no administra la verdad, sino el orden. Pero se oyó a sí mismo antes de pronunciarlo y comprendió que todas aquellas palabras sonaban a monedas falsas.
— "He condenado a un hombre para salvar una provincia", murmuró.
Claudia lo miró con una compasión severa: "No. Has condenado a un justo para salvarte un día".
La frase quedó suspendida en la estancia con la nitidez de un cuchillo. Fuera pasó el viento, y con él llegó un olor remoto, mezcla de tierra removida y tormenta, aunque el cielo seguía despejado. En alguna parte de la ciudad ladraron los perros a la nada.
Pilato se sentó. Se observó las manos. Las tenía limpias, pero las apartó de la luz.
— "Cuando lo he mostrado al pueblo —dijo al cabo—, he sentido que era yo quien estaba desnudo delante de todos".
Prócula cerró los ojos, porque ya había soñado esa frase sin palabras. Ella, que hasta entonces había vivido entre augurios discretos, supersticiones domésticas y sacrificios debidos a dioses de mármol, comprendió que desde esa mañana el mundo sería otro: los dioses antiguos seguirían ocupando sus nichos, sí, pero un hombre ajusticiado en la periferia del imperio iba a entrar, como una brasa cubierta, en la conciencia de los siglos.
— "Aún no ha terminado", susurró ella.
— "Para él, sí".
— "Para él, quizá. Para ti, empieza ahora".
Prócula quiso salvar al justo con un aviso; Pilato intentó salvarse a sí mismo con agua
Y era verdad. Desde esa noche, Pilato empezó a ser visitado por pequeñas imposibilidades. El agua de las abluciones le parecía siempre tibia y espesa. Oía pasos en corredores vacíos. Al asomarse a los espejos, tenía la impresión de ver detrás de sí un patio lleno de gente inmóvil. Soñaba con una caña verde que nadie lograba partir. Y en ciertos amaneceres creía escuchar, subiendo desde el patio, no los gritos de "Crucifícalo", sino aquella voz sin voz del reo, tan silenciosa que era peor que cualquier reproche.
Claudia Prócula, en cambio, comenzó a guardar una fidelidad inexplicable hacia el ajusticiado. No una fidelidad pública, porque las mujeres de palacio saben sobrevivir en voz baja, sino una devoción clandestina, hecha de memoria, culpa y presentimiento. Algunos dijeron después que se volvió piadosa. Otros, que nunca volvió a dormir una noche entera. Ella sabía solamente que el hombre al que había intentado salvar en un mensaje apresurado seguía entrando en su casa como entra el mar en las grietas: sin pedir permiso y sin dejar nada seco.
Y así, mientras Barrabás recuperaba el polvo de las calles y la multitud regresaba a sus quehaceres como si la historia pudiera clausurarse al caer la tarde, en la intimidad del palacio romano se abrió una herida que no cerraría jamás. Porque la sentencia había sido dictada sobre Cristo, sí; pero la condena secreta, la que no figura en actas ni en edictos, recayó para siempre sobre la conciencia de quienes supieron que era inocente y, aun así, lo entregaron.
La herida secreta del Pretorio
Por eso dicen que cada año, cuando Málaga se recoge y el Compás de la Victoria se vuelve balcón de siglos, todavía puede verse a Pilato asomado a la piedra, cansado y altivo, y a Prócula detrás, con el espanto quieto de quien ha comprendido demasiado tarde. Y abajo, entre el clamor del pueblo, Cristo reaparece con su corona de espinas, su clámide púrpura y su caña de Rey burlado, no para recordar la fuerza de Roma, sino la fragilidad de todos los jueces.
Porque desde aquella mañana quedó demostrado que el mundo puede absolver a Barrabás y condenar al Justo, pero no consigue librarse nunca del resplandor del hombre al que mostró un gobernador tembloroso diciendo, sin saberlo del todo, la única verdad que le sería dada pronunciar: "Ecce Homo".
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