Opinión | Convivir la Semana Santa
Los primos
La casa de la abuela se convierte en un hervidero de gente cada Lunes Santo, con preparativos y emociones compartidas

Dolores del Puente / GREGORIO MARRERO
El Lunes Santo huele a infancia, a infancia y a familia. Es Lunes Santo y se vive con los primos, desde los cinco añitos. Durante muchos años, el primo Salva venía de Canarias y nos reencontrábamos en casa de la abuela en la calle Ángel los cuatro: María José, Salva, Esperanza y yo.
Lunes Santo de primos. La casa de la abuela era un hervidero de gente: las madres, los primos, la abuela y el último en llegar, el tito. Las túnicas colgadas. ¡Que no se confundan los espartos! ¿Os habéis acordado de los guantes? Me aprieta el capirote, ¿por qué no lo dijiste antes? Te ha crecido la cabeza. ¡Deja que me pruebe el tuyo! ¿No has traído la medalla? Sí, la tiene mi madre. Remángate los bajos del pantalón, que no se vean por debajo de la túnica. ¿Nos vestimos ya? No, todavía es muy pronto. Mamá, vamos a bajar a comprar algo para llevar en la procesión, ¿vale? Pero, ¿qué vais a comprar? Pues chicles o algo. No tardéis.
Lunes Santo de primos. Venga, a prepararse que ya ha llegado el tito. Levanta las manos que te meta la túnica. El esparto, apriétalo bien. Mete la cola bien, que no arrastre. ¡Mamá, mi medalla! ¿Dónde está? La metiste en el bolso. Toma, póntela. ¿Y mi capirote? Es este. No, este es el de Espe. Mari, ¿estos son tus guantes? Métete lo que hemos comprado en el esparto. ¡La papeleta verde, que no se olvide!
Lunes Santo de primos. En la calle San Telmo nos despedimos tras un último repaso de las madres y tías indistintamente, que son madres y tías para todos por igual. En el interior de los Mártires no nos separamos. Durante varios años compartimos fila de varas de niños. Durante el recorrido casi no hablábamos pero nos mirábamos, nos vigilábamos y nos cuidábamos de alguna forma. Compartíamos alguna chuche. En la Catedral, de alguna forma misteriosa, nuestras tías y madres nos reconocían y nos sacaban a merendar. El mismo menú año tras año: zumo de piña, cortadillo, a hacer pipí y de vuelta a nuestro sitio. Ya no nos vemos hasta después del encierro.
Lunes Santo de primos. Era emocionante la entrada en el recorrido oficial, lo majestuoso de caminar bajo la arboleda de la Alameda, lo larga que parecía la calle Larios, la ilusión de pasar por delante de las sillas de nuestros padres y tíos, el ajetreo que se percibía ya por la calle Comedias y el encierro en la oscura iglesia.
Lunes Santo de primos. La procesión ha terminado. Dejamos la túnica en su sitio y vamos a la capilla del Sepulcro, punto de encuentro con tito para salir todos juntos. Fuera, las madres nos imponían un jersey o un abrigo, que hace frío y estáis sudados. Tengo hambre. En las sillas tienes el bocata.
Lunes Santo de primos. Los años fueron pasando y al salir, beso a mamá y cambio de planes. Yo no quiero ir a las sillas, yo me voy con el tito a ver el Cautivo por el puente, al encierro de los Gitanos y de Estudiantes, a buscar los Dolores del Puente por El Perchel y después a subir junto a la Virgen de la Trinidad hasta el encierro. Años más tarde, recordábamos estas anécdotas viendo la Crucifixión.
Lunes Santo de primos. ¿Os acordáis de aquel año en el que metí la mano en el esparto para coger un chicle o un caramelo y salió manchada de algo oscuro? Me asusté mucho pensando que era sangre. Pero, ¿sangre de dónde? Mi prima me dijo: Eso es el chocolate, tonto, que se te ha derretido. ¿A quién se le ocurre meterse chocolate en el esparto a las tres de la tarde?
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