Opinión | 360 grados
Rusia y Ucrania intensifican sus ataques con misiles y drones

Imagen de archivo de ataques de EEUU e Israel en Irán / ContactoPhoto
La guerra de Oriente Medio ha desviado un poco la atención del conflicto que continúa en Europa y que los gobiernos de este continente suicida no solo no hacen nada por intentar parar, sino que siguen alimentando.
Varias veces me he referido en anteriores artículos a una rusofobia que puede tener explicación, que en ningún caso justificación, en políticos de países que estuvieron muchos años bajo “el yugo soviético”, para utilizar el lenguaje de la Guerra Fria.
Y a la que no parece ajena su presencia actual en puestos claves de la Comisión Europea, como la estonia Kaja Kallas, pero también de otros que parecen no haber perdonado aún que fuera el Ejército Rojo y no el estadounidense el que en 1945 alzó su bandera sobre un Reichstag en ruinas.
Está también el Reino Unido, que ya no forma parte de la Unión Europea, yo diría que por suerte pues nunca le interesó la unidad del continente, y cuya manifiesta hostilidad a Rusia tiene su origen a la competencia en el siglo XIX de su imperio con el ruso por la supremacía en Asia central y Oriente Medio, y que continuó más tarde con la revolución bolchevique.
Sea como fuere, la guerra continúa en esa parte de Europa para asombro de muchos analistas geopolíticos de Estados Unidos y del Sur global, que no aciertan a explicarse la negativa de los gobiernos de la UE – casi la única excepción es el húngaro- a hablar con el Kremlin y su rechazo de todas las iniciativas en ese sentido.
Rusos y ucranianos intensifican mientras tanto sus ataques con misiles y drones, que están destruyendo sobre todo infraestructuras energéticas, pero también edificios en ciudades de ambos países y convirtiendo en «miserable» la vida de sus vecinos.
En los últimos días, el ejército ucraniano atacó la ciudad rusa de Viborg, cerca de la frontera con Finlandia, la isla de Kotlin, treinta kilómetros al oeste de San Petersburgo, en el Báltico, así como el puerto de Primorsk, que es el mayor de ese mar.
En Moscú algunos culpan a las repúblicas bálticas de permitir a los ucranianos utilizar su territorio para sus ataques sobre la región de Leningrado.
Según declaró un general de la fuerza aérea rusa al portal de noticias Argumenty y Fakty, cerca de sesenta drones salieron del golfo de Finlandia o de la propia Estonia en dirección a Rusia. Según otros, los drones se dispararon, sin embargo, desde la región ucraniana de Sumi.
Se informa también de drones caídos en Estonia o Letonia aunque no parece que fuesen rusos, sino que se trató de drones ucranianos desviados de su curso por las defensas rusas. La situación es confusa y peligrosa.
También se habla de una gran ofensiva rusa contra la localidad ucraniana de Ost-Luga, del lanzamiento el primer día de mil drones y de otros quinientos, al día siguiente.
Uno de los ataques de las fuerzas rusas tuvo como objetivo la ciudad de Leópolis, a setenta kilómetros de la frontera polaca, y causó cierta destrucción en un edificio histórico del centro que alberga el archivo municipal.
Era al parecer la primera vez en que Rusia llevaba a cabo dos días seguidos de tal magnitud en la parte más occidental del país, muy lejos, esto es, del frente del Donbás, donde las tropas rusas prosiguen su avance, aunque muy lentamente.
Según algunos ucranianos, con esos ataques masivos, Rusia quería demostrar las limitaciones de la defensa antiaérea ucraniana y frustrarle a Kiev el negocio armamentístico que se ha propuesto en los países árabes involucrados en el conflicto militar de Oriente Medio.
El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, ha enviado a expertos en drones a Katar, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Jordania en una misión comercial destinada a la firma de contratos de larga duración en materia de drones.
La guerra al fin y al cabo es para muchos un gran negocio. Y si no, que se lo pregunten a Donald Trump.
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