Opinión | La Pasión mágica

Redactor de política municipal
Simón de Cirene: el hombre que cargó con la cruz ajena
La figura del extranjero que carga con la cruz de Cristo revive con ecos de leyenda, teatralidad pasionista y una mirada íntima sobre el miedo, la culpa y la compasión

Simón de Cirene ayuda al Nazareno de la Pasión a cargar la cruz. / L. O.
Hay hombres que nacen para una jornada. Otros, para solo un instante. Simón de Cirene había venido al mundo, sin saberlo, para un tramo de la Vía de la Amargura. No era un sabio ni un profeta ni un héroe de los que fundan ciudades o conquistan imperios. Era un extranjero. Un hombre de espaldas recias, manos acostumbradas al polvo y ojos hechos a medir el día por la inclinación del sol. Los viejos de su casa, allá en Cirene, le habían enseñado que el destino se parecía a los animales ariscos: cuando uno menos lo espera, sale del matorral y se planta en medio del camino. Pero nunca le dijeron que el destino pudiera oler a sangre, a sudor de reo y a madera recién execrada.
Aquella mañana entró en Jerusalén como quien entra en una ciudad ajena y espera salir de ella antes de que anochezca. Llevaba en el cuerpo el cansancio del campo y en la ropa suciedad foránea que, según decían las mujeres de su tierra, protegía contra el mal de ojo y contra las miradas demasiado largas. No sabía que en ciertas ciudades antiguas la desgracia no entra por los ojos, sino por el hombro.
El hombre que venía del campo
Los Evangelios cuentan lo esencial con esa sobriedad que tienen las verdades demasiado grandes: que venía del campo, que se llamaba Simón, que era de Cirene, que era padre de Alejandro y de Rufo, y que los soldados lo obligaron a llevar la cruz de Jesús. Todo lo demás lo ha puesto la memoria de los hombres, que nunca se conforma con lo imprescindible y siempre rellena los silencios con rumores, con visiones, con miedos heredados y con ese género de exageración que, cuando pasa el tiempo, termina pareciéndose mucho a la verdad.
Dicen algunos que aquel día el aire estaba tan quieto que las moscas parecían suspendidas. Otros dicen que el cielo amaneció con un color de cobre viejo y que las madres apartaban a los niños del camino porque había en la ciudad un presentimiento de tormenta, aunque el sol seguía cayendo recto sobre las piedras. En Málaga, los más antiguos aseguran que esa misma quietud baja todavía cada Lunes Santo sobre la plaza de los Mártires, cuando el León de Judá, obra de Ortega Bru, sale con túnica morada, abrazado a la cruz, como si no llevara un madero sino un árbol arrancado de la noche. Porque hay imágenes que no imitan una escena del pasado, sino que la despiertan.
De modo que no sería raro que aquella calle de Jerusalén fuera ya, al mismo tiempo, una calle de Málaga. Que la cuesta hacia el Calvario empezara en la piedra antigua y acabara, sin que nadie pudiera explicarlo, en el temblor morado de un cortejo salido de la parroquia de San Ciriaco y Santa Paula. Que los tambores que aún no existían sonaran ya en el pecho de las mujeres. Que el olor agrio del sudor de los soldados se mezclara con cera derretida, claveles pisados y azahar en el Patio de los Naranjos...
Cristo avanzaba casi derrumbado bajo el peso del madero. No era ya el hombre del juicio, expuesto al pueblo, ni el reo escarnecido con clámide púrpura y corona de espinas, sino una criatura desfigurada por el dolor, abrazada a la cruz con una obstinación que no parecía humana. Había en aquel abrazo algo que los soldados no entendían y que la plebe no sabía mirar: no se abrazan así las condenas, sino las vocaciones. En Málaga, el Nazareno de la Pasión no parece arrastrar el madero, sino acogerse a él como quien reconoce en el instrumento del suplicio el centro mismo de su destino.
Y fue entonces cuando el cuerpo de Jesús cedió.
No cayó como caen los vencidos, sino como caen los árboles demasiado cargados de fruto: con una majestad doliente que hizo callar un segundo a la calle. Los soldados se miraron entre sí. Sabían que el condenado debía llegar vivo a la cima. La ley del castigo exige espectáculo completo.
Fue en ese instante cuando vieron a Simón.
A Simón le bastó para comprender dos cosas que no había venido a buscar a aquella ciudad: que el dolor puede ser más limpio que la inocencia y que hay cansancios que no pesan en los hombros, sino en el alma
La cruz que no era suya
No lo escogieron por compasión, sino por fuerza. Jamás los poderosos han pedido ayuda con dulzura cuando pueden tomarla a golpes. Le pusieron la mano encima, lo apartaron del borde del camino y le echaron el peso del madero sobre los hombros con la brusquedad con que se descargan las mulas o se cierran las puertas de las cárceles.
Simón de Cirene sintió primero la rabia. No la rabia noble de los valientes, sino la rabia agria del hombre al que le arruinan el día con una injusticia que no le pertenece. Pensó en soltarse. Pensó en maldecirlos en su lengua. Pensó en decirles que él no tenía nada que ver con aquel condenado de mirada insoportable. Que bastante tenía cada uno con su propia miseria para andar cargando la ajena. Que bastante dura era la vida del extranjero como para que, además, le pusieran encima la cruz de otro.
Y sin embargo, en cuanto el madero se apoyó en su espalda, tuvo la impresión de que algo antiguo, algo que no procedía del bosque ni del carpintero, latía dentro de aquella madera. Como si estuviera hecha de todos los árboles sacrificados desde el principio del mundo. Como si por sus vetas corrieran, mezclados, el sudor de los hombres, la culpa de las ciudades y el cansancio entero de la tierra.
No dijo nada. Apretó los dientes. Se inclinó un poco para recibir mejor el peso. Y echó a andar.

Jesús de la Pasión. / L. O.
Cuando Cristo lo miró
Durante un trecho caminó con la humillación del obligado. Con la cerviz tensa. Con el fastidio ardiéndole en el pecho. Con la sensación de que la multitud lo veía ya no como un hombre libre, sino como parte del cortejo de la desgracia. Los extranjeros saben reconocer enseguida el momento en que dejan de ser transeúntes y pasan a formar parte del decorado del miedo.
Pero entonces Cristo volvió la cabeza.
No fue una mirada larga. Ni siquiera una mirada completa. Apenas el roce de unos ojos deshechos sobre el rostro de otro hombre. Sin embargo, a Simón le bastó para comprender dos cosas que no había venido a buscar a aquella ciudad: que el dolor puede ser más limpio que la inocencia y que hay cansancios que no pesan en los hombros, sino en el alma.
Desde aquel instante comenzó a ayudar de verdad.
Entonces Simón comprendió, o creyó comprender, que hay hombres a quienes se les obliga a llevar una cruz y hombres que eligen abrazarla. Y que entre unos y otros media el abismo que separa la necesidad del amor
Ya no llevaba la cruz como quien cumple una orden, sino como quien entra, sin quererlo del todo, en una intimidad sagrada. Notó que el cuerpo del condenado se le acercaba en las vacilaciones, en los tropiezos, en el temblor casi invisible de las rodillas. Sintió el calor de la sangre fresca, el olor de la herida, la respiración quebrada de aquel hombre al que habían coronado de espinas y vestido con burla de rey. Y tuvo la confusa certeza de que, por mucho que apretara el madero contra sí, el peso no disminuía para él tanto como para el otro. Era como si el condenado siguiera cargando con todo y le permitiera a él apenas la cortesía de compartir una mínima parte.
Algunas mujeres lloraban. Unas por pena. Otras porque el dolor de un solo hombre les había abierto de repente la compuerta de todos los dolores guardados. Un vendedor de agua juró después que vio cómo el polvo, al tocar las gotas de sangre que caían del rostro de Cristo, se convertía por un instante en un barro rojizo que olía a viña mojada. Un anciano sostuvo hasta su muerte que la cruz proyectaba sombra a ambos lados aunque el sol estuviera solo en uno. Y hubo quien dijo que, al pasar junto a una puerta, las palomas encerradas en un patio comenzaron a batir las alas sin salir, como si también ellas quisieran acompañar al reo hasta la cumbre.
Nadie pudo probar nada. Pero las calles piadosas nunca han necesitado pruebas para conservar una verdad.
El Camino de la Amargura
Así siguieron los dos: Cristo abrazado a la cruz, Simón de Cirene ayudando a sostener su peso, y detrás la multitud con ese rumor de mar que hacen las ciudades cuando creen asistir a un final y en realidad están contemplando un principio.
En la imaginación de Málaga, aquella escena llevaba ya siglos sucediendo. Desde la iglesia de los Mártires salía el Señor con túnica morada, avanzando poderoso incluso en la caída, y a su lado iba el extranjero, todavía desconcertado por la obligación, todavía sin saber que al final del recorrido no sería el mismo. Los ciriales alumbraban heridas que pertenecían al pasado y al presente. La madera crujía con un sonido tan hondo que algunos ancianos creían oír en él las voces de sus muertos. Las saetas, que aún no habían sido inventadas, subían ya desde balcones invisibles.
Porque el Vía Crucis tiene la costumbre de repetirse en cada pueblo devoto con los mismos personajes y con dolores siempre nuevos.
Simón avanzaba y empezó a sentir, con un desconcierto que le daba vergüenza, que no deseaba soltarse todavía. Lo atormentó ese pensamiento. ¿En qué momento la obligación se había convertido en un vínculo? ¿Cuándo la repugnancia cedió su sitio a aquella forma desconocida de piedad? No podía responderse. Solo sabía que el hombre que caminaba a su lado no era un condenado cualquiera. Tenía el cuerpo vencido, sí, pero no el alma. Iba roto y, sin embargo, parecía sostener con su ruina algo invisible que concernía también a quienes lo contemplaban.
Entonces Simón comprendió, o creyó comprender, que hay hombres a quienes se les obliga a llevar una cruz y hombres que eligen abrazarla. Y que entre unos y otros media el abismo que separa la necesidad del amor.
La cima del Calvario
Cuando llegaron a la altura del Gólgota, los soldados le hicieron una señal brusca. Hasta allí había llegado su servicio. Ya no le pertenecía el madero. Ya no le correspondía el condenado. Ya podía irse. Y, sin embargo, el Cirineo tardó un instante en soltar la cruz. Ese instante lo recordaría toda la vida.
La soltó al fin, como se aparta uno de un cuerpo febril al que no ha querido tocar demasiado, pero del que ya no puede desprenderse del todo. Se quedó quieto. Miró a Cristo. Vio cómo le arrancaban la ropa. Vio los movimientos expertos de quienes están acostumbrados a la mecánica del suplicio. Vio la indiferencia feroz de los soldados, la curiosidad cobarde de algunos, el llanto desnudo de unas pocas mujeres. Y sintió una vergüenza extraña: no la de haber sido obligado, sino la de poder marcharse.
Años después, cuando le preguntaban por aquel día, Simón no recordaba con exactitud el rostro de los soldados ni el número de los golpes, pero sí recordaba, con una claridad insoportable, el alivio físico que sintió en los hombros cuando dejó el madero. Y recordaba también que ese alivio venía mezclado con una especie de culpa. Como si la espalda, libre del peso, hubiera quedado deshonrada.
Después del madero
La tradición dice muchas cosas sobre lo que pasó después. Que volvió a su casa sin reconocerse. Que sus hijos, Alejandro y Rufo, notaron en seguida que traía la mirada cambiada. Que se sentó a la mesa y no probó bocado. Que su mujer quiso quitarle el polvo de la túnica y él la apartó con brusquedad, no por enfado, sino porque temía que, al sacudir la tela, cayera de ella algo más que tierra: un resto de sangre, una astilla del madero, una brizna de aquel dolor que no le pertenecía y que, sin embargo, había empezado a vivir dentro de él.
Algunas versiones, recogidas en voces antiguas y en los bordes de ciertos apócrifos, dicen que aquella noche no pudo dormir. Cada vez que cerraba los ojos notaba otra vez el peso sobre la espalda. Oía el roce de la madera. Sentía la respiración rota del condenado junto a su oído. Quiso lavarse los hombros, pero el agua le supo amarga. Quiso rezar como siempre, pero las palabras viejas le quedaron pequeñas. Quiso convencerse de que no había sido más que una imposición romana, un accidente callejero, una desgracia prestada. Pero hay encuentros que entran en el alma como un hierro al rojo y ya no salen.
Los viejos de Cirene decían que algunos hombres quedan tocados por los dioses. Los de Jerusalén hablaban de un justo. Las beatas de las ciudades futuras dirían que el Cirineo fue el primero que aprendió, sin buscarlo, que una cruz puede empezar siendo ajena y acabar revelando el peso exacto del propio corazón.
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