Opinión | La Pasión mágica

Redactor de política municipal
Treinta monedas y un beso: el drama de Judas en la noche del arresto de Cristo
Entre soldados, sayones y discípulos dormidos, el relato ahonda en la herida íntima de Judas y en su eco simbólico en el barrio de la Victoria

Judas se echa las manos a la cabeza nada más traicionar a Cristo. / L. O.
Dicen en Jerusalén, y también se murmura en la Victoria cuando pasa el Cristo del Rescate por la calle Agua, que Judas Iscariote no vendió a Jesús solamente por las treinta monedas. Eso lo cuentan los vecinos para dejarlo todo resuelto en una sola palabra: codicia. Pero hay culpas que son más hondas y más miserables, porque no nacen solo del hambre de dinero, sino del orgullo de creer que uno puede empujar a Dios a actuar como quiere un hombre. Judas llevaba meses mirando a Cristo con una mezcla de admiración y de desengaño. Lo había visto curar enfermos, devolver la vista, multiplicar el pan, caminar con una autoridad que ni los sacerdotes ni los poderosos podían fingir. Había oído hablar del Reino, pero cada vez que esperaba una consigna de hierro, una palabra contra el Imperio romano, una orden de alzamiento, Jesús respondía con parábolas, con misericordia, con ese modo suyo de derrotar al mundo sin tocar una espada.
Y aquello, que a unos los llenaba de fe, a Judas empezó a llenarlo de impaciencia.
No podía comprender que un hombre capaz de estremecer a las multitudes y de poner en guardia a los poderosos siguiera hablando de humildad, de perdón, de poner la otra mejilla. En su imaginación, el Mesías no debía entrar en la historia para sufrirla, sino para partirla en dos. No había seguido a Cristo para verlo morir como un cordero, sino para verlo levantarse como un rey.
La idea torcida de la traición
Fue así como en el corazón de Judas empezó a crecer una idea torcida, una idea que al principio parecía inteligencia y después resultó ser condena. Se dijo que quizá Jesús necesitaba ser empujado hasta el borde. Que quizá no hablaba aún con fuego porque nadie le había puesto de verdad la hoguera delante. Que, si era entregado, si se veía rodeado por soldados, si sentía el peso del Imperio sobre las muñecas, entonces no tendría más remedio que manifestarse.
Tal vez imaginó que en el instante del arresto el cielo se abriría como una granada de luz. Que Cristo haría caer de rodillas a los sayones, cegaría a los centuriones, llamaría a los pueblos a la rebelión y pondría a Roma a temblar desde sus cimientos. Tal vez creyó que su traición no era una entrega, sino la última manera de arrancarle al Mesías su verdadera hora.
Eso fue lo más triste: no pensó que estaba vendiendo a un inocente, sino obligando a un elegido a quitarse por fin la máscara de la mansedumbre.
Treinta monedas y una sola equivocación
Las treinta monedas no compraron solo el arresto de Cristo. Compraron también la última mentira de Judas sobre sí mismo. Cada pieza de plata le permitía decirse que no actuaba por rencor, que no se movía por avaricia, que no estaba rompiendo del todo con su Maestro. Era más fácil creer que estaba precipitando una victoria que admitir que estaba entregando a un hombre justo.
Aquella noche del Getsemaní, cuando los olivos parecían ancianos inmóviles escuchando la respiración de la tierra, Judas llegó con los hombres armados y con la falsa seguridad de quien todavía cree controlar las consecuencias de sus actos. Sabía dónde encontrar a Jesús. Sabía que bastaría un beso. Sabía que, después de ese gesto, ya no habría vuelta atrás. Pero aún confiaba en que el siguiente movimiento lo hiciera Cristo.

El Cristo del Rescate es apresado en Getsemaní. / L. O.
El beso como desafío
Cuando se acercó a Jesús, no llevaba solo la bolsa de plata: llevaba encima todo el peso de sus expectativas. Lo besó como quien lanza un desafío al cielo. Como si con ese roce de los labios dijera: ahora sí; ahora tendrás que mostrarte; ahora romperás el silencio; ahora barrerás a Roma del mundo como el viento barre las hojas secas.
Y, sin embargo, Cristo no hizo nada de eso.
Miró a Judas con una tristeza sin estruendo, con una piedad que desarmaba más que cualquier espada. Se dejó cercar. Se dejó atar. No maldijo al Imperio, no llamó a las legiones celestes, no encendió la noche con rayos ni con trompetas. El Mesías que Judas había querido provocar no apareció nunca, porque delante de él estaba el verdadero: no el de la victoria inmediata, sino el de la entrega.
Judas lo entregó pensando que lo obligaría a combatir a Roma; lo perdió todo cuando descubrió que Cristo había venido a vencer de otro modo
El derrumbe
La ruina de Judas no empezó con el pacto, sino con la docilidad de Jesús. Porque en el instante en que vio a su Maestro dejarse prender como si aceptara una herida necesaria, se le vino abajo el edificio entero de sus razones. Entendió, con un espanto que no cabía en ninguna palabra, que había confundido la paciencia con debilidad, la misericordia con cobardía y el Reino de Dios con una revuelta de hombres.
Luego vinieron los primeros golpes.
Y cada golpe fue para Judas una revelación más cruel que la anterior. Al ver el cuerpo de Cristo sacudido por manos brutales, al oír la violencia seca de los insultos, al comprobar que no respondía con poder sino con silencio, sintió que la bolsa de las treinta monedas se le volvía insoportable, como si llevara dentro piedras calientes arrancadas del infierno.
No fue solo culpa. Fue algo más hondo y más humillante: la certeza de haberse equivocado acerca de Dios.
Porque Judas no había querido únicamente que arrestaran a Jesús. Había querido corregirlo. Había querido forzarlo a ser el Mesías que él deseaba. Había querido enseñarle a salvar al mundo según el método de los hombres: con choque, con fuerza, con venganza contra el opresor. Y, de pronto, estaba viendo que Cristo escogía otro camino, uno incomprensible para los ambiciosos y los impacientes: el del sufrimiento aceptado, el de la humillación abrazada, el de una victoria que no parecía victoria.
Entonces comprendió que ya no había forma de recomponer el gesto. El beso seguía ardiendo en su boca como si aún lo estuviera dando.
Las monedas que ya no sonaban
Judas quiso desprenderse de las monedas recibidas porque comprendió que no eran un pago, sino una sentencia. Lo que había recibido por entregar a Cristo ya no servía para comprar nada en la tierra, porque ninguna mercancía puede aliviar a un hombre que ha descubierto su propia infamia. Quiso devolverlas. Quiso romper el trato. Quiso decir que no había querido aquello, que él esperaba otra cosa, que pensó que Jesús reaccionaría, que todo se había torcido más allá de lo previsto. Pero las decisiones, una vez entregadas al tiempo, ya no obedecen a quien las tomó.
Y entonces vino la última soledad.
La tradición cuenta que Judas se apartó de los hombres como si ya no perteneciera a su especie. Iba por los caminos con el alma hueca, perseguido por el rostro callado de Cristo y por el sonido de unos golpes que seguían cayendo dentro de su cabeza aunque el mundo estuviera en silencio. Comprendió que no había traicionado solo a un Maestro, sino también la esperanza que un día lo había hecho dejarlo todo para seguirlo.
No soportó esa visión. No soportó haber querido un Mesías a la medida de su rabia. No soportó haber descubierto demasiado tarde que la fuerza de Cristo consistía precisamente en no parecerse a los poderosos. No soportó que el inocente al que había empujado hacia las manos de Roma no se pareciera ni un instante a los caudillos con los que había fantaseado.
La muerte de Judas no nació solo del remordimiento, sino del espanto de comprender que había querido enseñar a Dios cómo debía actuar
La soga y el árbol
Buscó un árbol, como buscan sombra los que ya no pueden encontrar consuelo. Algunas versiones dicen que fue una higuera. Otras, simplemente, un árbol cualquiera en las afueras, un testigo mudo al que nadie había pedido participar en la tragedia. La noche lo acompañaba como un animal antiguo. El aire estaba quieto. Hasta los pájaros parecían haberse negado a cantar.
Allí, solo con su desesperación y con el eco del Getsemaní todavía pegado a la piel, Judas Iscariote se quitó la vida.
No murió como un rebelde. No murió como un hombre fiel a su causa. Murió como mueren los que descubren que su error ya ha hecho demasiado daño y que no saben pedir perdón sin romperse enteros. La soga apretó su garganta, pero antes lo había estrangulado la verdad: había querido empujar a Cristo hacia la guerra y había terminado empujándolo hacia la Cruz.
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