Opinión | La Pasión mágica

Redactor de política municipal
Longinos y la última herida de Dios
Tras la crucifixión, el soldado se enfrentó a la vergüenza y al miedo, cuestionando su obediencia y descubriendo una verdad que socavó su fe en el Imperio

Longinos, a caballo, hirió en el costado al Cristo de la Sangre. / Eduardo Nieto
Yo no sabía que una mano pudiera quedarse viviendo sola, separada del hombre al que pertenece, como un animal culpable. La mía siguió siendo mi mano delante de los otros: firme para sujetar la lanza, obediente para ajustarse al asta, seca para no temblar cuando la orden descendía desde la boca de un superior y se convertía en gesto. Pero desde aquella tarde dejó de obedecerme por dentro. Se me quedó apartada, llena de memoria. A veces la abro y la miro, y no veo la palma curtida de un soldado de Roma, sino la sombra del instante en que el hierro entró en el costado de Cristo con la limpieza exacta de las acciones irreparables.
Yo no sabía que un hombre pudiera seguir viviendo después de tocar a Dios con una intención tan baja.
Antes de aquel día yo era un hombre sencillo en su oscuridad. Un soldado. Eso basta para explicar casi toda la miseria posible. Me educaron para la disciplina, para el relevo, para la vigilancia, para el castigo, para mirar de frente el sufrimiento y no reconocerlo. El Imperio no exige monstruos: le bastan hombres ordenados. Hombres que sepan cumplir. Hombres que no pregunten qué hay detrás de una orden, sino cuánto tarda en cumplirse.
Yo fui uno de esos.
No nací cruel. La crueldad visible, la de los dientes, la del puño, la del grito... pertenece a los bárbaros y a los borrachos. Lo mío era peor. Lo mío era la serenidad del que ha hecho del deber un muro contra la conciencia. Vi morir a muchos. Los vi retorcerse, suplicar, blasfemar, vaciarse en llanto o en rabia. Aprendí a no llevarme ninguno a la noche. Aprendí a quitarles el rostro antes de dormir. Así pude seguir. Así siguen casi todos.
Pero aquel hombre no me dejó hacer eso.
El hombre de la Cruz
No se parecía a los otros. Lo pensé desde el principio, aunque intenté no profundizar. Tenía la carne abierta, la corona de espinas, la boca seca, la sangre baja hasta los talones, la respiración quebrada. Y aun así, colgado de la Cruz, era el único que no parecía vencido. Los demás, a su alrededor, gritaban, discutían, se burlaban, mandaban, escupían, calculaban. Él no. Él estaba allí como si supiera algo que los demás ignorábamos. Como si el dolor no lo hubiera derribado del todo porque había en Él una altura que no dependía del cuerpo.
Eso fue lo primero que me ofendió.
A los hombres de Roma nos enseñan a reconocer la autoridad en el estandarte, en el casco, en la voz que ordena, en la espada que desciende. Pero aquel condenado tenía una autoridad distinta. Sin hierro. Sin escolta. Sin decreto. Sin legión. Yo la percibí y la odié por no saber nombrarla.
Porque lo que uno no puede nombrar, no puede someterlo.
La orden de siempre
La tarde caía y había que terminar. Siempre hay un momento en las ejecuciones en que el mundo se vuelve administrativo. Se comprueba, se retira, se certifica, se limpia, se informa. La muerte entra entonces en la contabilidad del poder. Aquella también. Dijeron que había que cerciorarse. Que no podía quedar duda. Que el ajusticiado debía estar definitivamente muerto.
Yo asentí.
Un soldado asiente antes de pensar. Por eso los imperios duran tanto. Tomé la lanza como tantas otras veces. El asta encajó en la mano con la familiaridad de una herramienta doméstica. Avancé a caballo. Vi el costado. Vi el pecho vencido. Vi la cabeza caída. Y entonces me ocurrió algo infame para un hombre de armas: dudé. No dudé de la orden. Dudé de mí. Fue apenas un latido. Un tropiezo interior. Como si el brazo supiera obedecer, pero el alma, que había permanecido años enterrada bajo el uniforme, se hubiera removido al fin con el desagrado de quien despierta en mitad de un crimen.
El instante de la lanzada
Hay un segundo, antes de herir, en el que el tiempo se abre. No se detiene: se abre. Lo sé porque lo vi. Todo quedó suspendido. El ruido de la colina. El murmullo de las mujeres. El odio de algunos. La fatiga de mis compañeros. El viento. Hasta el cielo, que llevaba horas cerrándose como una herida sobre el Gólgota, pareció esperar. Y yo, con la punta preparada, pensé algo que jamás debí pensar: si este hombre sigue siendo rey en este estado, ¿qué clase de reino es el suyo?
Fue un pensamiento breve, pero bastó para arruinarme. Porque el brazo descendió igual.
Lo herí con precisión.
No con rabia. No con saña. No con esa cobardía feroz de los hombres que disfrutan del dolor ajeno. Lo hice como he hecho casi todo en mi vida: correctamente. Ahí está mi vergüenza. En la limpieza del gesto. En su exactitud. En la obediencia sin mancha exterior. El hierro entró. Atravesó. Salió.
Y entonces ocurrió lo que no estaba previsto para ningún soldado de Roma: del costado de Cristo brotaron sangre y agua.
No me digan que fue solo un signo para los creyentes o una rareza del cuerpo vencido. Para mí fue otra cosa. Fue como si la tarde entera hubiera sido abierta de parte a parte. Como si la Cruz, que hasta entonces parecía un instrumento, se hubiera convertido en puerta. Como si yo no hubiera herido un cadáver, sino rasgado el velo que me protegía de entender. Retrocedí. No mucho. Pero en esos pasos cabía ya toda la distancia entre el hombre que había sido y el hombre que no podría volver a ser.

Salida de la Sangre de su casa hermandad en la calle Dos Aceras. / Eduardo Nieto
La sangre y el agua
Aún las veo. No con los ojos; con esa parte de la memoria que sigue ardiendo cuando todo lo demás se ha enfriado. La sangre tenía la gravedad de las cosas irrevocables. El agua, en cambio, caía con una pureza ofensiva. Juntas no parecían salir de un cuerpo, sino de una sentencia. Yo había visto mucha sangre. Era casi mi oficio. Pero nunca había visto agua naciendo así de una herida, como si incluso en la muerte ese hombre siguiera dando algo.
Y eso fue lo insoportable: que yo fui a certificar el final y me encontré con una fuente.
Desde aquel instante entendí, aunque no quise ponerle todavía palabras, que había tocado algo que no pertenecía al orden del Imperio. Roma sabe contar cuerpos, no misterios. Sabe conquistar ciudades, no comprenderlas. Sabe crucificar hombres, no responder por el silencio de un inocente. Y allí, al pie de la Cruz, con la lanza todavía viva en la mano, comprendí que mi mundo entero era más pequeño que la herida que acababa de abrir.
No sé si lo dije en voz alta o si primero lo oí dentro de mí, como se oye un trueno detrás de una montaña antes de que llegue a los oídos: "Verdaderamente este era el Hijo de Dios".
Tal vez la frase no salió limpia. Tal vez tropezó con mis dientes. Tal vez la dije a medias, porque un soldado de Roma no puede pronunciar de un golpe la derrota de todo aquello a lo que ha jurado servir. Pero allí estaba. Ya no era posible arrancármela.
No crean que fue una iluminación dulce. No lo fue. Fue una ruina. Porque reconocer al Hijo de Dios en el hombre al que acabas de atravesar no consuela. Deshace. Parte la vida en dos. Obliga a mirar retrospectivamente cada gesto, cada orden, cada silencio propio, y a preguntarse si todo no había sido una larga preparación para este espanto. Yo, que había sido educado para creer en el César, me descubrí temblando ante un ajusticiado.
La noche
Aquella noche no me recibió el sueño. Me quité el casco. Solté el broche de la coraza. Dejé la lanza junto al muro. Y todo me pareció ajeno, como si los objetos de siempre hubieran dejado de reconocerme. Me lavé las manos muchas veces. No porque estuvieran manchadas. No había nada visible en ellas. Las manos limpias son a menudo lo peor. Dan a los hombres la ilusión de que no han hecho nada. Pero yo sabía.
Sabía que la suciedad no estaba en la piel, sino en el conocimiento. Había obedecido la ley de los hombres y, al hacerlo, había herido la carne del justo. Había servido al orden y me había encontrado cara a cara con una verdad que volvía ridículo ese orden. Había ido a asegurar la muerte de otro y volví llevando dentro el principio de mi propia descomposición.
No pude tocar el pan. No pude beber. Cada sorbo me supo a metal, a herraje, a sangre enfriada. Miré mi sombra proyectada contra la pared y por un momento me pareció que no era la mía, sino la de un hombre más alto, más triste, más cansado, que ya no cabía en el nombre que había llevado hasta entonces.
Lo que empezó después
Dicen que luego fui santo. Mártir. Creyente. Dicen muchas cosas quienes aman demasiado las historias terminadas. Pero antes de cualquier santidad hubo esto: vergüenza. Miedo. Náusea de mí mismo. El deseo inútil de retroceder un solo instante, un latido apenas, hasta el momento previo a la orden. Esa fue mi primera penitencia: descubrir que no hay marcha atrás en los actos cumplidos con exactitud. Empecé a detestar mi eficacia.
Todo aquello de lo que antes me enorgullecía —la firmeza del brazo, la precisión del gesto, la obediencia inmediata— se me reveló de pronto como una cadena. Comprendí que los hombres no se pierden solo por odio o por codicia. También se pierden por hacer bien lo que no debían hacer nunca. Y yo lo había hecho bien.
Por eso, cuando la noche se cerraba y nadie me veía, pensaba en el costado de Cristo y sentía que la herida verdadera no se la había dejado yo a Él. Me la había dejado Él a mí. Una herida invisible, sí, pero más exacta que la del hierro. Una abertura por la que empezó a salírseme toda la fe antigua en la fuerza, en la jerarquía, en el castigo, en la grandeza de Roma.
Quizá por eso me siguen mirando en Málaga con una mezcla de severidad y compasión cuando la archicofradía de la Sangre pone en la calle la Sagrada Lanzada cada Miércoles Santo desde Dos Aceras. No ven solo al soldado que alza el arma. Ven al hombre que ya está empezando a quebrarse mientras la levanta. Ven la obediencia y, detrás de ella, la duda. Ven el gesto y, detrás del gesto, la condena de tener que recordarlo para siempre.
Yo avanzo cada año en ese misterio como avancé aquella tarde: con el hierro por delante y la conciencia demasiado atrás. Y cada año, cuando la punta busca de nuevo el costado, vuelve a abrirse el mismo segundo suspendido, el mismo temblor, la misma certeza oscura: no hay herida más profunda que la que uno inflige creyendo cumplir y descubre después que era pecado.
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