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Opinión | Tribuna

Jamil Missaghian

Un mundo en crisis necesita una solución global

Ante la inestabilidad global, se vislumbra la necesidad de un nuevo orden mundial, basado en la unidad de la raza humana, según una visión que data de 1938

Un miembro de las fuerzas de seguridad iraníes en Teherán

Un miembro de las fuerzas de seguridad iraníes en Teherán / EFE

Los acontecimientos que hoy sacuden al mundo: conflictos regionales, tensiones entre potencias, inestabilidad económica y desconfianza internacional, están empujando silenciosamente a los gobiernos hacia una realidad que todavía muchos se resisten a reconocer: la humanidad ya no puede resolver sus problemas fundamentales dentro de los límites estrechos del sistema internacional actual.

Hace casi un siglo, en 1938, Shoghi Effendi describió con sorprendente claridad la estructura de una futura civilización mundial basada en el principio de la unidad de la raza humana. Según esta visión, la humanidad está destinada a organizarse en una mancomunidad mundial, en la cual todas las naciones, razas, religiones y clases estarán estrechamente unidas, sin perder por ello la autonomía de sus Estados ni la libertad personal de los individuos.

En ese orden mundial surgirían instituciones capaces de garantizar la paz y la justicia entre los pueblos. Una legislatura mundial actuaría como fideicomisaria de toda la humanidad, estableciendo leyes para regular las relaciones entre las naciones. Un poder ejecutivo internacional, respaldado por una fuerza colectiva, aplicaría esas decisiones, mientras que un tribunal mundial resolvería de manera definitiva las disputas entre los Estados.

Este sistema también requeriría instrumentos que faciliten la verdadera unidad del planeta: un mecanismo global de intercomunicación que conecte a toda la humanidad (internet ), un idioma auxiliar internacional (auxiliar al idioma materno ) enseñado en las escuelas de todos los países, y sistemas económicos coordinados que permitan una distribución más justa de los recursos del mundo.

En una sociedad organizada de esta manera, muchas de las causas profundas de los conflictos desaparecerían. Las rivalidades nacionales darían paso a la cooperación, los prejuicios raciales y religiosos serían sustituidos por el entendimiento mutuo, y las barreras económicas que hoy dividen a los pueblos se verían progresivamente superadas.

El resultado sería una civilización en la que la enorme energía que hoy se desperdicia en guerras y confrontaciones podría dedicarse a fines más elevados: el avance de la ciencia, la eliminación de enfermedades, el desarrollo tecnológico, la mejora de la salud y el bienestar de toda la humanidad, y el florecimiento de las capacidades intelectuales y espirituales del ser humano.

En un momento histórico en el que el mundo parece cada vez más fragmentado, esta visión adquiere una actualidad sorprendente. Tal vez las crisis que hoy presenciamos no sean únicamente señales de peligro, sino también la evidencia de que la humanidad está siendo empujada hacia una nueva etapa de su evolución colectiva: la construcción de un orden mundial basado en la justicia, la cooperación y la unidad de la familia humana.

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