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Opinión | La Pasión mágica

Ignacio A. Castillo

Ignacio A. Castillo

Redactor de política municipal

Málaga

La Última Cena de los que todavía no entendían

Pedro, Santiago y Juan, tras la presión y extrañeza vivida en el cenáculo, se enfrentaron a la traición, el miedo y la soledad, mostrando su humanidad ante la inminente Pasión de su Maestro

San Pedro y San Juan escoltan al Señor en la Última Cena.

San Pedro y San Juan escoltan al Señor en la Última Cena. / Álex Zea

Antes de que nos llamaran apóstoles, fuimos solo eso: hombres del agua. Pedro olía a red mojada, a ímpetu y a promesa. Santiago olía a remo, a sol y a esa clase de furia limpia que todavía no sabe si servirá para defender o para destruir. Y yo, Juan, olía a la misma orilla que mi hermano, pero con más silencio encima.

Nos habían sacado de un mundo simple: peces, amanecer, fatiga, precio del mercado, viento que cambia. Y de pronto andábamos detrás de un hombre que hablaba del Reino como si el Reino pudiera entrar en una barca sin mojarse. A veces creíamos entenderlo. Casi siempre no.

Pero lo seguíamos. Porque había en Cristo una autoridad que no se parecía a la de los escribas ni a la de los soldados, y nosotros, que no sabíamos leer el misterio, sí sabíamos reconocer el peso de una voz verdadera.

La mesa

Aquella noche del cenáculo, el aire tenía la gravedad de las cosas que ya han empezado a despedirse sin decirlo. Faltaban pocas horas para que el mundo se volviera irreconocible, pero nosotros seguíamos sentados a la mesa con el desconcierto de quienes creen asistir a una cena y en realidad están entrando en una herida.

Yo, Juan, me inclinaba hacia Él como quien quiere escuchar no solo las palabras, sino lo que tiembla detrás de ellas.

Yo, Pedro, miraba el pan, el vino, los rostros, y pensaba todavía con la torpeza gloriosa de los hombres de oficio que, pasara lo que pasara, habría una forma de arreglarlo a fuerza de pecho.

Yo, Santiago, observaba la habitación como observan los centinelas la víspera de una emboscada: con una intuición de tormenta, pero sin saber todavía por qué puerta iba a entrar.

El pan y el vino

Habíamos visto prodigios. Habíamos visto enfermos levantarse y mares obedecer. Habíamos visto pan multiplicado en manos que no parecían de este mundo. Pero aquello fue distinto.

Tomó el pan y el vino con una naturalidad que al principio casi nos ofendió. Porque las verdades más hondas suelen entrar en la historia con modales domésticos. Una mesa. Un trozo de pan. Una copa. Nada más. Y, sin embargo, todo cambió allí.

No sabíamos decir transustanciación. No teníamos todavía esa palabra ni ninguna otra suficientemente grande. Pero vimos que el gesto no era un símbolo cualquiera, y que en aquella comida estaba ocurriendo algo más serio que la memoria de una Pascua. Era como si el cordero, el templo, la alianza y la despedida hubieran entrado juntos en el mismo bocado.

Yo, Pedro, quise creer que aquello nos fortalecía para la batalla que imaginaba.

Yo, Santiago, pensé que por fin llegaba la hora en que el Maestro iba a mostrar su poder sin velos.

Yo, Juan, solo sentí que la noche se nos estaba llenando de eternidad y que esa eternidad tenía un sabor extraño: a despedida y a permanencia al mismo tiempo.

Lo que no entendíamos

No le entendíamos. Esa es la verdad, aunque luego los siglos quieran peinarnos la memoria con la dignidad de los iconos. No le entendíamos. O lo entendíamos a trozos, como se entiende el mar desde la orilla: viendo la espuma y sin sospechar del todo la hondura.

Cuando habló de traición, algo en la mesa se enfrió. El pan pareció más denso. El vino, más oscuro. Nos miramos unos a otros con esa mezcla de orgullo y miedo con que los hombres se asoman a la posibilidad de su propia cobardía y todavía no la reconocen.

Yo, Pedro, fui el primero en indignarme por todos. Porque siempre quise ser el primero, incluso cuando no convenía. Pensé: si viene la violencia, responderé; si viene la persecución, resistiré; si todos se van, yo no. Lo creía de verdad. Ese fue mi pecado y mi inocencia: creer que el amor basta cuando todavía no ha sido probado por el terror.

Yo, Santiago, hijo del trueno, también me creí capaz. Había fuego en mí. Me parecía imposible que una noche pudiera más que la lealtad.

Yo, Juan, callaba más, pero también imaginaba que permanecer sería sencillo. No sabíamos aún que el miedo no entra en el alma como una idea, sino como un animal.

No le entendíamos. Esa es la verdad, aunque luego los siglos quieran peinarnos la memoria con la dignidad de los iconos. No le entendíamos

Sagrada Cena en Santo Domingo.

Sagrada Cena en Santo Domingo. / L. O.

Los tres y el huerto

Luego vino Getsemaní, y allí se empezó a caer por dentro todo lo que en la mesa aún parecía entero.

Nos llevó aparte a los tres: Pedro, Santiago y yo. No era la primera vez. Ya antes nos había escogido para subir a la montaña y ver cómo la carne se le volvía resplandor. Quizá por eso creímos que también aquella noche asistiríamos a una revelación gloriosa. Pero no nos mostró gloria: nos mostró tristeza.

Eso fue peor. El Maestro, que había dado órdenes al viento, nos pidió compañía. El que sostenía a los demás nos pidió que veláramos con Él. Y nosotros, hombres de red y de hombros duros, no supimos sostener ni una hora el peso de su soledad. El sueño nos fue cayendo encima como cae la arena sobre los ojos de los derrotados. Él avanzaba hacia el abismo de su oración, y nosotros retrocedíamos hacia la vergüenza del cansancio.

Yo, Pedro, recuerdo haber despertado con rabia. No con valentía: con rabia. Son parientes, pero no son lo mismo. Oí pasos, metales, voces de antorchas. Vi entrar la traición con forma de beso. Entonces hice lo que sabía hacer un hombre como yo: echar mano a la violencia, como si el hierro pudiera corregir lo que el misterio ya había decidido. Después vino el desorden. Y en el desorden siempre parece que todavía es posible salvar algo.

Pero no salvamos nada.

Huyeron las palabras que habíamos dicho en la mesa. Huyó el ardor. Huyó esa imagen de nosotros mismos que tanto habíamos querido creer. Nos dispersamos como peces cuando la red se rompe.

Yo, Santiago, corrí con una vergüenza que me quemó más que cualquier golpe. Hijo del trueno, sí; pero trueno apagado por el espanto.

Yo, Juan, también sentí el tirón del miedo. No fui más puro que mis hermanos. La diferencia no fue de coraje, sino de herida. Algo en mí no supo resignarse a perderlo del todo, y por eso, más tarde, regresé.

Pedro y el gallo

A mí me tocó la peor música de aquella noche: el gallo. Seguí de lejos, porque la cobardía tiene esa astucia miserable de querer permanecer sin exponerse demasiado. Me acerqué al patio del sumo sacerdote, me arrimé al fuego ajeno, fingí indiferencia. Y entonces empezaron a preguntarme.

La primera vez negué por reflejo. La segunda, por miedo. La tercera, por puro derrumbe...

No me reconocí ni yo mismo en la voz con que dije que no lo conocía. Era mi voz, sí, pero vaciada de mí. Cuando el gallo cantó, no sonó solo un ave. Sonó la fractura de un hombre. Y cuando Él volvió el rostro y me miró, entendí que no hay llanto más amargo que el de quien ha fallado precisamente donde más se creía fuerte.

Yo, Pedro, no lloré como lloran los niños ni como lloran los humillados. Lloré como lloran las piedras cuando por fin descubren que estaban huecas.

Juan y la Madre

Yo, Juan, volví. No sé decir si fue valentía. Quizá fue amor. Quizá fue simplemente que ya no soportaba la distancia. Llegué hasta donde estaba la Madre, y me quedé junto a ella porque hay dolores que, si no se comparten, revientan el aire. La Virgen permanecía erguida con esa firmeza que tienen las mujeres cuando el dolor se les vuelve deber. Yo no sabía sostenerla, pero me dejé sostener por su modo de estar al pie de la ruina. Luego Él habló desde la cruz y nos entregó el uno al otro. Desde esa hora, su Madre fue también mi casa y mi carga, y yo entendí que el amor, cuando se vuelve testamento, pesa más que la sangre.

Allí aprendí que hay fidelidades tardías que siguen siendo verdaderas, aunque nazcan después de la huida. Y comprendí también que el discípulo no es solo el que escucha bien, sino el que se queda cuando ya no queda nada que entender.

Nosotros, los tres, no salimos de la Pasión convertidos en héroes. Salimos rotos: Pedro, con el pecho lleno de sal y vergüenza; Juan, con una Madre recibida en herencia y una herida limpia en el centro del alma; Santiago, con el peso de no haber llegado hasta el final

Santiago en la noche

Yo, Santiago, no estuve al pie de la cruz. Y esa ausencia fue una espina que me acompañó siempre.

Aquella noche aprendí que el trueno no sirve de nada cuando el miedo le roba el cielo. No pude ofrecerle mi hombro en el último tramo. No oí de cerca sus palabras finales. No vi el temblor de la Madre ni la última obediencia de Juan. Lo que tuve fue otra cosa: la memoria del que no estuvo y ya no podrá corregir su falta.

Hay culpas activas, como la de Pedro, que se dicen en voz alta y luego lloran. Y hay culpas mudas, como la mía, que se quedan detrás de los ojos y no encuentran lenguaje. Desde entonces supe que la fe no consiste en tener fuego, sino en saber permanecer cuando llega la ceniza.

Nosotros, los tres, no salimos de la Pasión convertidos en héroes. Salimos rotos. Pedro, con el pecho lleno de sal y vergüenza. Juan, con una Madre recibida en herencia y una herida limpia en el centro del alma. Santiago, con el peso de no haber llegado hasta el final.

Y, sin embargo, fue desde esa rotura desde donde empezó a nacer otra cosa. La memoria antigua y la tradición posterior agrandaron nuestros nombres, sí; los textos apócrifos hicieron de Pedro y Juan figuras aún más vastas; la Iglesia aprendió a ver en nosotros columnas, voces, testigos. Pero esa altura vino después. Primero fuimos hombres que no entendieron, hombres que prometieron más de lo que podían cumplir, hombres que se durmieron cuando debían velar, que huyeron cuando debían quedarse, y que solo más tarde descubrieron que la misericordia podía rehacer incluso a los cobardes.

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