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Opinión | Tribuna

El discreto encanto de las falacias

Las campañas electorales suelen poner de moda el poder de las falacias ad populum, aquellos argumentos que pretenden convencer al receptor apelando al mundo de los sentimientos

Fotograma de 'Amarga Navidad' de Pedro Almodóvar

Fotograma de 'Amarga Navidad' de Pedro Almodóvar / l.o.

«¡Es la última vez que te encargo que transmitas una información a nuestros alumnos!». Con estas palabras me ‘sentenció’ –medio en serio, medio en broma- Carmelo Uraga Baelo, un lúcido y mordaz doctor en Ciencias Químicas, compañero de trabajo y de fechorías en el IES Jacaranda de Churriana-Málaga, centro en el que eché raíces a finales del siglo pasado y en el que me jubilé. ¿A qué se debió semejante reacción? Mi amigo científico certificó con su veredicto, ‘que no soy de fiar’, porque el alumnado que compartíamos no había asistido a una interesante conferencia sobre cuestiones físicas en el Rectorado de la Universidad de Málaga, que yo anunciara a bombo y platillo antes de impartir mi clase, por indicación suya, porque mis pupilos pensaban que no hablaba en serio, como es habitual. Los que así pensaban, incurrieron en una falacia, cometieron un error en la argumentación que se conoce técnicamente como falacia ad hominem. En estos argumentos deducimos que una afirmación es falsa si ésta ha sido proferida o escrita por A (una persona, un grupo o una entidad) y A (una persona, un grupo o una entidad) no es digna de consideración o no es fiable por determinados motivos. La falsedad no se deriva de lo dicho, sino de quién lo dice. En mi ejemplo, la cosa sería más o menos así: «Mañana no habrá una conferencia sobre física en el Rectorado de la Universidad de Málaga, porque la información nos la ha proporcionado Rafael Guardiola y este profesor de Filosofía no es de fiar, ya que es muy aficionado a gastar bromas». Como pueden observar, las declaraciones de guerra que nos asedian en la actualidad nos podrían remitir fácilmente a este tipo de argumentación (por ejemplo, en el caso de Donald Trump, quien se jacta de cambiar de opinión con una velocidad de vértigo).

Un caso particular de esta falacia, la llamada ‘falacia tu quoque’ prolifera demasiado en los debates a los que nos tienen acostumbrados muchos políticos, aficionados a argumentar diciendo: «y tú más», «y tú también». Me imagino que esto les suena bastante, porque no solo podemos encontrar ingentes ejemplos en el diario de sesiones parlamentarias, sino también en nuestra propia vida cotidiana. Aquí, se devuelve la ofensa al acusador cuando la gente se queda sin argumentos de entidad. Así que ya saben, les recomiendo que pongan en cuarentena mis declaraciones, porque mi gusto por el humor me ha convertido en un sujeto poco recomendable, como le debió pasar al filósofo taoísta, lógico, matemático, pianista, mago y humorista norteamericano Raymond Smullyan, al que admiro profundamente. Lo de Trump es de otra dimensión, alcanzando proporciones cósmicas, pero sin hacer ninguna gracia.

El viejo Aristóteles y los filósofos británicos John Locke y John Stuart Mill se hicieron especial eco de razonamientos engañosos como el anteriormente citado, y la tradición los incluyó en la categoría de falacias ‘no formales’ y, más concretamente, en ‘falacias de pertinencia’. La más conocida por todo aquel que ha sido hijo, asalariado o súbdito de una dictadura se conoce como falacia ad baculum, y hace las delicias de los que argumentan con el bastón de mando o incluso a bastonazos, aunque luego tengan pasiones tan loables como la de inaugurar pantanos. Es el argumento de autoridad de los que ostentan el poder y suelen legitimarlo con la fuerza, especialmente la ‘bruta’, como recordaba al mundo sin rubor Benjamin Netanyahu para legitimar sus andanzas. Supongamos que A tiene cierto poder y dominio sobre B, y que A afirma algo o muestra su deseo de que suceda algo que B no está dispuesto, en principio, a admitir, aceptar o tolerar. Peo como A tiene el poder, B se verá obligado a admitirlo, aceptarlo o tolerarlo. Todos hemos escuchado alguna vez esta expresión tan democrática: «Y esto es así, o deberá hacerse así, porque lo digo yo». Hay quien no oculta sus intenciones lógicas cuando dice a sus alumnos que el aprobado es más fácil obsequiando al profesorado con un jamón de pata negra. Mi compañero de matemáticas y amigo Alfredo del Castillo Trujillo hizo estas declaraciones hace años y, finalmente, consiguió tan codiciado premio en una ceremonia de graduación.

Pero hay otras formas de ejercer la autoridad, sin necesidad de revisar los profundos análisis sobre ésta del eminente sociólogo alemán Max Weber. La falacia ad verecundiam se produce como consecuencia de la solvencia cognitiva de una autoridad intelectual. Albert Einstein es el prototipo del sabio científico del siglo XX, una persona respetable –no como yo- en la mayor parte del mundo, a pesar de lo que se ha publicado sobre las sombras de su vida familiar. Por consiguiente, los que confiamos en los poderes de su intelecto estaríamos dispuestos a admitir como cierta una falsedad (por ejemplo, que siete más dos es igual a diez, que una esposa debe obedecer ciegamente a su marido o que Stalin fue un famoso sexador de pollos georgiano) simplemente porque hubiese salido de la boca de Einstein. Les confieso que me producen un efecto parecido las noticias que nos anuncian resultados sorprendentes, aunque sea sobre las propiedades afrodisíacas del brócoli, simplemente porque el estudio citado se ha llevado a cabo en una Universidad norteamericana. En el polo opuesto nos encontramos con la falacia ad ignorantiam. Ésta se produce cuando afirmamos que algo es verdadero o falso, simplemente porque desconocemos su verdad o falsedad de manera fehaciente, o porque no se ha probado que sea verdadero o falso. «Como no hay pruebas de que no soy el actual asesor filosófico de Kim Jon-un, y mis conocidos saben de mi admiración por el amado líder norcoreano, es cierto que pertenezco a sus círculos más íntimos y colaboro en su ambicioso programa nuclear». Esta falacia protagoniza no pocos programas televisivos y revistas ‘del corazón’ y es, sin duda, el argumento preferido de la que fuera líder de ventas de libros en España, Dña. Belén Esteban.

Las campañas electorales, como las que se avecinan, suelen poner de moda el poder de las falacias ad populum, aquellos argumentos que pretenden convencer al receptor apelando al mundo de los sentimientos (compasión, agradecimiento, odio, amor…). La razón se va de vacaciones con todos los gastos pagados y nos sumergimos en el complejo entramado de los afectos. «No te sientes al lado de aquel hombre con turbante porque seguro que es un terrorista suicida», «aléjate de ese inmigrante con rasgos indígenas porque te va a robar el bocadillo de caballa en cuanto tenga ocasión», «no dejes que ese melenudo con pendientes y tatuajes se acerque a tu hijo, porque le incitará a consumir droga», «no votes a C porque es afroamericano», «vota a X, aunque haya sido condenado por tráfico de influencias, porque es muy buena persona y va a misa todos los domingos», son ejemplos de argumentos falaces que nos tocan el corazón y, en ocasiones, delimitan «lo políticamente incorrecto».

En 1970 nos puso al tanto el cantautor español Paco Ibáñez de la amargura de la verdad haciendo uso de un poema satírico de Francisco de Quevedo, amargura que recorre también la última película de Pedro Almodóvar, recientemente estrenada: «Pues amarga la verdad, quiero echarla de la boca; y si al alma su hiel toca, esconderla es necedad. Sépase, pues libertad ha engendrado en mí pereza la pobreza», afirma Quevedo. De otro lado, los observadores y teóricos de la actualidad política coinciden en señalar que uno de los peligros que acechan a la democracia es la pérdida de la capacidad por parte del ciudadano de distinguir la verdad de la mentira. Estamos desorientados y somos presa fácil de los amantes de las falacias ad baculum y ad populum, una vez han perdido los medios su condición mediadora y su fiabilidad. Como afirma el malagueño Manuel Arias Maldonado (2024), «la democracia se convierte en el escenario de una lucha de poder donde la deliberación racional es sustituida por la movilización afectiva y donde la verdad solo es uno de los disfraces de la mentira». Asistimos al imperio de un nuevo paradigma cultural, que no es otro que el de la posverdad. ¿Dónde quedaron la sinceridad y la precisión de los que se afanan por alcanzar la verdad? Más aún, en el terreno público conviven dos expectativas: la de afirmar lo que se cree verdadero y la aceptación de la proliferación de la mentira. Los agentes políticos no tienen una clara motivación hacia la verdad, ningún incentivo que modele y modere sus intereses. La búsqueda de la verdad parece pues, parte de un relato de filosofía ficción.

A la vista de lo dicho, ¿tenemos los humanos una perversa propensión hacia el engaño deliberado? ¿Tienen tal vez las falacias un valor adaptativo para nuestra especie? ¿Para qué nos sirve la verdad? Dicen los historiadores que los Sofistas se ganaban la vida en el siglo V a de C. con sus argumentos falaces y persuasivos, algunos lingüistas del siglo pasado incluyeron la ‘prevaricación’ dentro de la relación de ‘funciones del lenguaje’, y el legendario entrenador canino mexicano César Millán, el ‘encantador de perros’ de la televisión, se atrevió a declarar a un periódico que «las personas son los únicos animales que eligen líderes mentirosos».

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