Opinión | La Pasión mágica

Redactor de política municipal
Magdalena, o la llaga que aprendió a amar
Tras ser rescatada por Cristo, la mujer sigue sus pasos, aprendiendo de su ternura y verdad, hasta presenciar la Pasión y la muerte que cambiarían el destino de la humanidad

María Magdalena, del grupo escultórico del Sagrado Descendimiento. / L. O.
Yo no sé en qué momento empezó mi ruina. Hay mujeres a las que la desgracia les entra en la casa como entra el polvo: poco a poco, por las rendijas, hasta que un día lo cubre todo y ya nadie recuerda el color verdadero de los muebles. A mí me entró así. Primero fueron los murmullos, luego las miradas, luego ese modo en que el pueblo decide el nombre de una mujer y se lo clava a la frente como un hierro incandescente. Dicen que fui pecadora. Dicen que estuve rota. Dicen que llevaba dentro siete demonios, y yo no sabría contradecirlos, porque a veces una misma no sabe si lo que la devora viene del pecado, del dolor o de la soledad.
Lo cierto es que yo vivía como viven los cuerpos cuando ya han dejado de pertenecerles a las almas: arrastrada por la costumbre, cercada por la vergüenza, con el corazón convertido en un cuarto oscuro donde nadie encendía lámparas. Y, sin embargo, seguía respirando. Esa fue mi primera desgracia y mi primera esperanza: seguir viva cuando ya parecía imposible.
Hasta que Él me miró.
La mirada
No me exigió cuentas. No me arrojó sobre la cabeza la piedra moral con que tantos hombres se sienten justos. Me miró como si debajo de mi ruina hubiera todavía alguien. Como si bajo el lodo quedara agua. Como si una mujer pudiera regresar de sí misma. Hay perdones que no llegan como una absolución, sino como una revelación. Yo no sentí que me excusara; sentí que me devolvía. Y eso duele más. Porque cuando una ha vivido demasiado tiempo en la costumbre de la culpa, la misericordia entra como un cuchillo limpio. Abre. Separa. Obliga a nacer de nuevo.
No sé si fue en una casa llena de hombres soberbios, entre perfumes y lágrimas, como cuentan unas memorias del corazón que luego los siglos mezclaron con mi nombre. No sé si fue en el temblor de una palabra, en el silencio de una tarde o en el instante exacto en que expulsó de mí aquello que me tenía habitada por dentro. Sé solo esto: desde que me miró, ya no pude volver a vivir de espaldas a la verdad de esa mirada. Y esa verdad era terrible y dulce a la vez: yo había sido amada sin merecerlo.
Después de Él
Desde entonces lo seguí. No como siguen los curiosos al que promete prodigios, ni como siguen los ambiciosos al que puede abrirles una puerta en el poder. Yo le seguí como siguen los resucitados al hombre que los sacó de la tumba antes de morir. Iba donde iba Él, y si no iba, pensaba en el lugar por donde estaría pasando. Escuché sus palabras, vi sus manos tocar a los enfermos, observé cómo se inclinaba sobre la miseria ajena con una naturalidad que humillaba a los puros. Nunca nadie había unido de ese modo la ternura y la verdad.
Yo conocía bien a los hombres. Sabía de su hambre, de su miedo, de su vanidad, de la facilidad con que usan el cuerpo de una mujer para medir su propia importancia. Pero Cristo no se parecía a ninguno. No tomaba: devolvía. No utilizaba: rescataba. No exigía: llamaba.
Por eso me hice inseparable. No porque yo tuviera fuerza, sino porque la fuerza estaba en Él, y una vez que la hube conocido, todo lo demás me pareció ceniza.
Con el tiempo aprendí a mirar también a su Madre. La Virgen María llevaba el dolor con una dignidad que daba miedo. Las mujeres reconocemos enseguida el sufrimiento de otra mujer, aunque lo oculte bajo el silencio mejor tejido del mundo. En ella el sufrimiento no había empezado en la Pasión. Venía de antes, de una obediencia antigua, de una forma de consentir a lo incomprensible sin pedirle explicaciones.
Yo la quise con el respeto con que se quiere un pozo hondo: sabiendo que en su fondo hay agua, pero también una oscuridad sagrada que no pertenece a nadie. A su lado aprendí que acompañar no consiste en aliviar, porque hay dolores que no admiten alivio, sino en quedarse. Permanecer. No huir cuando todo se derrumba. Y cuando empezó la Pasión, yo me quedé.
No hay nada más insoportable que ver caer al que te levantó, ni más terrible que asistir, sin poder evitarlo, a la muerte del hombre que te devolvió el alma
La noche del prendimiento
La noche en que se lo llevaron, el aire se llenó de un ruido de hierros, antorchas y miedo. Los hombres que habían comido con Él empezaron a dispersarse como hojas sorprendidas por una tormenta. Yo no los juzgo. Cada cual conoce el tamaño de su pavor cuando llega la hora verdadera. Pero yo ya había vivido demasiado tiempo huyendo de mí misma como para huir también de Él. Aquella noche comprendí que el mal no siempre tiene rostro feroz. A veces tiene organización, autoridad, costumbre, sello, legalidad... A veces se sienta a deliberar. A veces se lava las manos. A veces dicta sentencia con la voz tranquila.
Yo seguí la tragedia como siguen las mujeres las desgracias inevitables: recogiendo silencios, sosteniendo miradas, intentando que la locura del mundo no me arrancara del todo el juicio. Vi cómo lo empujaban de un lado a otro, cómo la violencia se iba cebando en su cuerpo con la minuciosidad obscena de los cobardes. Y en cada golpe sentí que me volvía un poco la antigua vida, esa tentación de creer que el mundo está hecho solo de barro sucio y que no hay redención posible.
Pero entonces lo miraba a Él, y entendía que incluso allí seguía siendo Él.
No hay nada más insoportable que ver caer al que te levantó.
Yo, que había sido rehecha por su misericordia, tuve que ver cómo lo deshacían a golpes. Cada paso suyo con la Cruz era una herida nueva en mi memoria. Las mujeres lloraban, gritaban, se golpeaban el pecho. Algunas tenían la voz rota de puro espanto. Otras lloraban también por sí mismas, porque sabían que aquella injusticia no era solo contra un hombre, sino contra la esperanza misma.
Yo no lloraba todavía como lloran los que se abandonan. Lloraba como lloran los que quieren sujetar el mundo para que no se desplome. Iba cerca de la Madre, y entre las dos —ella con su silencio de cuchillo, yo con mi amor desordenado y fiel— intentábamos sostener al menos el aire alrededor de Cristo, para que no todo fuera insulto, empujón y polvo.

María Magdalena, junto a la Virgen de Fe y Consuelo del Monte Calvario. / Álex Zea
La Cruz
Y al fin la Cruz. Nadie debería ver morir así al hombre que le devolvió el alma. Nadie debería escuchar ese trabajo atroz de la respiración peleando contra la madera, contra el peso del cuerpo, contra la crueldad humana. Y, sin embargo, yo lo vi. Me quedé. No porque fuera valiente, sino porque no había ya en el mundo un lugar donde pudiera esconderme de esa verdad. Estábamos allí la Madre, otras mujeres y yo. Nos habíamos vuelto una sola criatura de aflicción al pie del madero. El cielo tenía ese color de las cosas que están a punto de romperse para siempre. Los hombres miraban, se burlaban, discutían, esperaban. Algunos observaban por curiosidad, otros por odio, otros por el hábito de asistir a la desgracia ajena como quien asiste a un mercado.
Yo solo veía su rostro. No el rostro glorioso que algunos imaginan, sino el rostro verdadero del sufrimiento: sudor, sangre, sed, agotamiento, una luz extraña y aún así intacta en medio de la devastación. Y sentí una impotencia tan grande que por un momento creí que iba a volverme loca. Porque el amor, cuando no puede hacer nada, se convierte en una forma de fiebre.
¿Cómo me sentí al verlo morir? Como si el mundo, de pronto, se hubiera quedado sin respiración. Como si alguien hubiera apagado la lámpara de la creación y nos hubiera dejado a todas en una casa inmensa sin puertas. Como si mi propio perdón estuviera muriendo con Él, y con su muerte regresaran a mí todas las sombras antiguas, todos los nombres con que me habían herido, todos los demonios expulsados, llamando otra vez a la puerta de mi pecho.
Me quedé junto a la Madre, al pie de la Cruz, en el descendimiento, en la mortaja y ante el sepulcro, porque a quienes han sido rescatados de su propia oscuridad ya no les asusta tanto la muerte de afuera
Pero no regresaron. Porque incluso muriendo, Cristo seguía expulsando tinieblas.
Hubo un momento en que creí que sus ojos pasaban sobre nosotras como pasa la noche sobre el mar, y me dio la impresión de que todavía estaba cuidándonos desde la Cruz. A la Madre, con esa ternura terrible con que se cuida a quien está siendo atravesada por dentro. A mí, con esa misericordia primera que me había salvado del barro. A todas. Entonces comprendí algo que me partió y me sostuvo a la vez: que no lo estaba perdiendo solo un grupo de discípulos, no lo estaba perdiendo solo Israel, no lo estaba perdiendo solo su Madre. Lo estaba perdiendo la tierra entera. Y aun así, en medio de esa pérdida, había en Él una manera de entregarse que parecía más fuerte que la misma muerte.
Cuando murió
Cuando expiró, no sentí primero un grito. Sentí un vacío. El grito vino después. Las lágrimas también. Pero antes hubo un silencio espantoso, un hueco abierto en el centro del mundo, como si todo lo creado hubiera dado un paso atrás. Yo me agarré a mí misma para no caer. La Madre seguía allí, erguida en su devastación, y esa firmeza me obligó a sostenerme. Las mujeres nos tenemos unas a otras de modos que los hombres casi nunca entienden: con un brazo, con una mirada, con una simple permanencia. Él había muerto. Y, sin embargo, nada alrededor se atrevía a declararlo del todo. El aire seguía esperando. La Cruz seguía erguida como una pregunta. El cielo parecía inclinado sobre el cadáver como si dudara en abandonar aquella colina.
Luego vino el descendimiento, y allí el dolor dejó de ser grito y se volvió tarea. Esa es la forma más honda de la aflicción femenina: cuando no queda tiempo para el desmayo porque hay que recoger el cuerpo amado. Había que bajar a Cristo de la Cruz. Había que recibirlo. Había que sostener su peso muerto, que siempre es más terrible que cualquier peso vivo. Ayudamos como pudimos. No sé si mis manos tocaron primero la madera o la carne. Recuerdo solo la sensación de una frialdad reciente, de una derrota aparente que no lograba parecerme derrota del todo. El cuerpo de Jesús descendía hacia nosotras y yo pensaba, con una lucidez casi enfermiza, que jamás había estado tan cerca de su humanidad como en ese instante en que el mundo lo llamaba ya cadáver.
La Madre lo recibió con la solemnidad de las mujeres que han aceptado hace mucho tiempo lo inaceptable. Yo la miraba y entendía que existía una santidad del dolor que no consistía en no sufrir, sino en sostener lo sufrido sin que se pudra dentro.
Después vino la mortaja. Nunca olvidaré aquel trabajo. Hay amor en el cuidado de los muertos, un amor que ya no espera respuesta y precisamente por eso es más puro y más terrible. Limpiar la sangre. Ordenar el cabello. Ajustar el lienzo. Cubrir las llagas sin esconderlas del todo, porque son la verdad del cuerpo que amamos. Todo eso hicimos.
Mis manos, que antes habían conocido otros perfumes y otras servidumbres, conocieron entonces el olor de los ungüentos, del lino, de la sangre enfriándose. Y mientras envolvíamos al Señor, pensé que yo misma estaba siendo amortajada con Él, porque una parte de mi alma no sabría ya cómo seguir viva en un mundo donde esa voz había callado.
Y, sin embargo, seguía trabajando. Porque las mujeres sabemos que incluso el amor devastado tiene obligaciones.
El sepulcro
Acompañé el traslado al sepulcro como quien acompaña el exilio de la luz. La piedra, el jardín, el hueco abierto en la roca, la premura de la hora: todo tenía el aspecto de las cosas hechas a destiempo porque la historia no da tregua ni siquiera al llanto. Lo depositamos allí, en ese vientre de piedra que parecía incapaz de contener lo que guardaba. Yo no quería irme. Ninguna de nosotras quería irse. La ausencia empieza siempre antes de que uno se separe del todo del cuerpo amado. Empieza en el borde mismo de la despedida, cuando ya se sabe que el siguiente minuto será el primero sin Él. Miré el sepulcro como se mira una puerta cerrada desde dentro del incendio.
Y al mismo tiempo, de manera absurda y secreta, sentí que algo no había terminado. No era esperanza todavía. Era una forma de fidelidad más profunda que la lógica. Como si la muerte de Cristo no pudiera administrarse con las mismas leyes con que se administran las demás muertes. Como si el sepulcro estuviera demasiado lleno para quedarse solo en sepulcro.
Aquella noche y las siguientes llevé dentro una oscuridad con respiración propia. Pero no regresé a mi antigua vida. No volvieron a gobernarme ni los demonios, ni la vergüenza, ni la costumbre de sentirme indigna. El dolor me había destrozado, sí, pero no me había devuelto a la podredumbre de antes. Eso era lo más extraño. Hasta en la ausencia, Cristo seguía sosteniéndome.
Comprendí entonces que el verdadero arrepentimiento no consiste en odiar lo que una ha sido, sino en no querer vivir ya lejos de la verdad que la salvó. Yo me había arrepentido no por miedo al castigo, sino por amor. Y el amor, cuando ha sido tocado por Dios, ya no se desanda del todo ni siquiera al pie del sepulcro.
Yo, Magdalena
Dicen muchas cosas de mí. Que fui esta mujer o aquella otra, que derramé perfume, que lloré sobre sus pies, que fui pecadora pública, que fui la arrepentida perfecta, que fui la enamorada, la fiel, la escandalosa, la santa. Los siglos tienen hambre de nombres y los mezclan como se mezclan los ríos en temporada de lluvia. Yo no vengo a corregirlos. Yo solo sé esto: Fui una mujer perdida y Cristo me encontró; fui una mujer juzgada y Cristo me nombró de nuevo; fui una mujer herida y Cristo me hizo capaz de amar sin volver atrás.
Y cuando llegó la hora en que todos tuvieron que medirse con el horror de la Pasión, yo me quedé cerca de la Madre, al pie de la Cruz, junto al cuerpo muerto, en la mortaja, en el traslado, ante el sepulcro. No porque tuviera méritos, sino porque a quienes han sido devueltos de la muerte interior ya no les asusta tanto la muerte de afuera.
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