Opinión | Málaga en mi memoria
Pulsión de muerte
El relato de una hermana ante la enfermedad terminal de su hermano refleja la lucha interna entre el amor, el miedo y la aceptación de la muerte

Noelia Castillo Ramos / Antena 3
La incredulidad ante lo que oía tomó posesión de todo mi cuerpo. Y luego vino el miedo con toda su comitiva. Ya no pude entender bien, ni escuchar ni sentir nada más. Todo mi sistema de defensa emocional en alerta roja. En el fondo, perdí la posibilidad de empatizar, como cada vez que se siente ese pavor. El miedo obliga a la supervivencia, contrario a la creencia de que conduce al desastre definitivo. No podía ser que no quisiera intentar salvarse, que no quisiera agarrarse a cualquier resquicio de oportunidad. Me enfadé con él, le hablé con dureza, le quise tirar la taza de té a la cara. Por favor, te lo suplico, lucha. No me dejes aquí sintiendo que no lo hice bien, que no te ayudé, que mi vida para ti no fue lo bastante importante como para convertirse en un motivo para continuar. Me explotaba la cabeza, se me paró el corazón. No resistía tanta ira y tanto dolor juntos. No encontraba a quién culpar y, luego, me sentí responsable del peso del mundo entero sobre mis hombros y sobre la vida suya. Pero era muy sencillo, no se trataba de mí ni de mis sentimientos o deseos. Por duro que sea, mi hermano entró en ese estado en el que no podía enfrentarse a lanzarse una vez más a la incertidumbre y el dolor extremo de otro ciclo interminable de quimioterapia.
Pasé mucho tiempo asustada midiendo mi capacidad para quererle. Sospechaba que algo en mí no estaba reaccionando bien, pero entraba en conflicto cuando al instante siguiente recordaba que le amaba sin importarme nada más. Nunca tuve claro que hubiera que proteger la vida por encima de todo, pero la realidad se impuso en el momento en el que le vi a él en peligro voluntario. Yo solo quería que supiera que, si él se iba, no podría soportarlo, que una parte de mí también se iría con él. Siempre volvía a mí sin darme cuenta, a mis deseos, y pronto tuve que aceptar que hay un punto en el que el cuerpo deja de negociar. Un punto en el que no se trata de querer vivir o morir, sino de poder seguir. Y, ahí, el amor no es suficiente. Es ese momento en el que el dolor ocupa todo el espacio y no deja lugar a nada más. Quizá no es que queramos salvar al otro. Quizá es que no soportamos no poder hacerlo. Todo lo que él quería era descansar.
No es fácil aprender. La respuesta posible a la conciencia de la muerte es vivir y amar con intensidad mientras estamos vivos. Pero cómo no temer nuestra pulsión por la muerte, cuando nos sugiere dejar de existir. No es fácil aprender a vivir con esa conciencia. Hubiera preferido no estar en esa situación, no verle degradarse por su enfermedad, no ser testigo de su agotamiento vital. Le vi rendirse y aceptar que todos le queríamos agarrándose a la vida. No sé si eso estuvo bien. Sigo siendo egoísta. Aún guardo dentro todo lo que vino después: las quimios, los síntomas extremos, el segundo trasplante de médula, su muerte. Sigo pensando que, a pesar de su dolor, ojalá estuviera vivo. Soy contradicción absoluta. Sexta planta del Carlos Haya, asomo el cuerpo por la barandilla. Qué sería dejarme caer. Me agarró toda la pena entera de golpe y lloré. No había querido aceptar que no todo lo que se abandona es derrota. Mi amor solo no podía salvarle, pero era necesario para acompañarle hasta el borde su vida.
Noelia, descansa en paz.
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