Opinión | La Libreta del duque de Chantada
Tryggvi Hlinason, la emoción por el baloncesto
El joven islandés, criado en una remota granja, pasó de no conocer las reglas del baloncesto a las puertas de la NBA en solo cuatro años, impulsado por su pasión por el juego

Tryggvi Hlinason / ACBPhotos
Los pueblos nórdicos llegaron a Islandia en torno al año 850, en sus expediciones vikingas en busca de nuevas tierras de cultivo. El clima en la isla era más benigno que ahora y los nuevos colonos pensaron que habían encontrado un paraíso donde crecer con sus familias. Naddoddr fue arrastrado con su barco accidentalmente hasta la isla, Gardar Svavarsson fue el primero que la circunnavegó, Flóki Vilgerbarson fue el primero en viajar intencionalmente hacia la isla, pero su primer colono fue el jefe noruego Ingólfur Arnarson que se asentó con su familia en el año 874 en lo que hoy es la capital de la isla del hielo, Reikiavik.
Más de un siglo después en la granja Svartárkot, en el inhóspito noroeste islandés, venía al mundo el pequeño Tryggvi, a nueve kilómetros de sus vecinos más cercanos y sin una tienda de alimentación a menos de una hora y media en coche. «Es una situación difícil de explicar a alguien que no vive en Islandia. Cuando el tiempo es duro es casi imposible entrar o salir», afirmaba en un reportaje de ESPN. Uno de sus primeros entrenadores recordaba que había semanas en las que la única manera de poder ir a entrenar era hacer grandes distancias en moto de nieve. La vida en la granja de Hlinason está muy bien contada en el documental de la ACB, Kindur.
El entrenador Bjarki Ármann Oddsson, entonces en el equipo sub-17 del Akureyri, equipo que actualmente en su sección femenina entrena el español Richi González Dávila, recibió una llamada de un joven que se había trasladado a la ciudad para obtener conocimientos en electricidad que sirvieran para ayudar a su padre en la granja. Le pedía permiso para ir a un entrenamiento. El comienzo no fue muy bueno, Hlinason se perdió de camino al pabellón y el entrenador Oddsson tuvo que ir a buscarlo a una gasolinera cercana.
La primera impresión del entrenador fue de sorpresa, Hlinason no le había dicho que medía 2 metros. Su jugador más alto estaba en 1,90 metros. Su indumentaria tampoco era la de un jugador de baloncesto. «Probablemente no había en toda la isla unas zapatillas lo suficientemente grandes o para él, llevaba unas zapatillas normales. Tampoco tenía camisetas de baloncesto. Sólo llevaba una normal», contaba a Yahoo Sports.
Hlinason tenía unos conocimientos, a sus 16 años, muy básicos del juego. Sabía tirar, pasar, hacia unos mates espectaculares, pero por ejemplo no sabía que existía la violación de tres segundos en zona, ni había oído hablar nunca del reloj de 24 segundos, nunca había visto un partido de baloncesto 5 contra 5 y mucho menos lo había jugado. Era un diamante en bruto. «Desde el principio pensé que si seguía interesado, podría convertirse en un buen jugador islandés en nuestra Primera División. Nunca imaginé lo que sucedió después», decía el coach Oddsson.
En solo cuatro años Hlinason pasó de una granja en el noroeste de Islandia a las puertas de la NBA, en parte por el amor que sentía por el juego. «A veces me quedaba despierto por la noche porque estaba demasiado emocionado para dormirme. Fue entonces cuando decidí que el baloncesto iba a ser mi vida». Y lo fue.
Hlinason recibe en Bilbao, junto al cajista Pantzar, al Unicaja. Es este partido «incómodo» en medio de la eliminatoria ante el ALBA de Berlín en la BCL. Será una buena prueba, una más, de la resiliencia del equipo de Ibon Navarro. Carpe Diem…
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