Opinión | Tribuna
Francisco Ortega Ruiz
Reflexiones arquitectónicas de un nazareno
Formar parte de un cortejo de nazarenos es ser parte de una puesta en escena en la calle donde todo debe estar casi milimetrado. Orden, ritmo, armonía, distancias, movimiento, color, luces, sombras...

Reflexiones arquitectónicas de un nazareno
Aun con los pies hinchados, la voz ronca y un dolor tibio de rodillas, necesito expresar mis reflexiones y pensamientos sobre el papel de la arquitectura en la Semana Santa. Y es que, tras haber vivido una jornada de penitencia junto al Señor de la Agonía, pude contemplar con calma y atención todo lo que a mi alrededor sucedía. Es aquí donde mis pensamientos como arquitecto y cofrade se encontraron.
Formar parte de un cortejo de nazarenos es ser parte de una puesta en escena en la calle donde todo debe estar casi milimetrado. Orden, ritmo, armonía, distancias, movimiento, color, luces, sombras… son algunas de las cuestiones que hay que ajustar y planificar para que, en conjunto, generen una atmósfera capaz de despertar las emociones del público congregado. ¿Y es que esto no es lo mismo que sucede con la arquitectura? La respuesta es que sí. Son los mismos términos que los arquitectos utilizamos para dar forma a nuestras ideas, al proyecto y a su construcción.
Pero, tras unas horas de recorrido, ya con los sentidos más agudizados, mis reflexiones iban más allá. Entonces, ahí, al pie de la Catedral y tras atravesar sus naves, se produjo un cambio de escala urbana. Pasé de una zona desangelada, custodiada por edificios altos y expuesta a la subida de la rampa, a una parte donde el silencio, el olor del azahar y el color de las calles anaranjadas me sumergieron en un mundo de solemnidad y recogimiento que me invitó a pensar en el papel fundamental de la arquitectura y el urbanismo en la Semana Santa. Fui consciente del modo en que una forma parte de la otra. Las calles de la ciudad y sus edificios actúan como una gran escenografía.
Hay arquitectura en la proyección de las sombras y la tintineante luz de las velas sobre las fachadas de San Agustín, demostrando que una adecuada iluminación invita al disfrute del paso de la cofradía. Pero ¿y qué tal si pensamos en esta iluminación homogénea y acogedora para muchas otras calles donde la luz blanca y destellante frivoliza nuestro andar por ellas?
Avanzaba metros y, al adentrarme por las calles del centro, mi atención y pensamientos ya se desviaban. El murmullo mutó a ruido; observaba tropiezos visuales que captaban mi atención y me desconectaban del momento. La escenografía comenzaba a desmembrarse. Los balcones preñados de forja negra que antaño estaban copados de niños y malagueños ahora estaban cerrados. Otros muchos se habían transformado en una especie de terrazas de vidrio voladas que sobresalían de edificios color gris o blanco. Podía apreciar cómo han ido emergiendo nuevos edificios desconectados de la identidad arquitectónica del casco histórico; tanto es así que hasta una nueva casa de hermandad, bajo el lema de la «modernidad», ha desafiado a la torre de San Juan.
Como podéis comprobar, el malestar por estas cosas rondaba en mi cabeza, pero ante esa sensación de pérdida y anhelo, la esperanza llegaba. Una remodelación urbana: calle Carretería. Atrás quedaron muchos metros de curvas y calles donde los bares y terrazas imponen su actividad al paso de las cofradías, pero al llegar a este punto, de nuevo la arquitectura y la planificación urbana vienen a ofrecer algo que antaño no se esperaba: un renovado paseo bien adaptado. Su anchura, la ordenada y estructurada pavimentación, la eliminación de barreras arquitectónicas, la fila de árboles que delimita uno de sus márgenes y la buena iluminación han generado un espacio digno para la ciudad y sus cofradías.
El público ha aprendido, gracias a estos factores, cómo hay que ordenarse en torno al paso de las cofradías. La ausencia de vallas ha acercado de forma orgánica la audiencia a las filas de nazarenos, creando un ambiente propio y respetado ante nuestro paso. El resultado es una imagen donde una clara línea, compuesta por un río de capirotes, asoma por encima de las cabezas e inunda la calle para anunciar la llegada de los titulares. En este entorno, la gente ya sabe cómo formar y colocar sus sillas; a veces no es necesario prohibir ni generar conflictos, simplemente concienciar a la ciudadanía y redirigirla hacia un buen hacer con ejemplos como este: una buena planificación urbana. Mi sensación, totalmente inesperada, es que esta calle se presta más a disfrutar de un buen cortejo que la despedazada Alameda. Atrás quedaron esos años donde esta gran bóveda verde era un icono para el imaginario colectivo.
Y es que algunas cofradías han sabido atender a sus necesidades; no olvidemos que Málaga es una ciudad de tronos grandes. Pero no por ello todo vale, pues por muy grandes que sean, hay lugares donde la imagen y sensación que se genera es confusa. Los edificios no acogen, sino que más bien se despegan. Hay plazas donde la brisa del mar congela, el ancho de las calles y su arquitectura hotelera te desamparan, y los palcos, gradas y vallas te violentan. En este punto, la arquitectura se despega. Y, aunque mis reflexiones no van dirigidas a redundar en el eterno debate de ¿qué pasó con calle Larios y la Alameda?, me cuesta asumir que así es como el plano se queda.
Pensando en estructuras metálicas tridimensionales que generan un paisaje impropio de la belleza que camina entre sus tramas, queda un ejercicio sin resolver: esas gradas. Estructuras y vallas metálicas que encierran calles, generan perspectivas inacabadas o rematan paisajes urbanos al azar. Elementos que deben adecuarse a una estética más cercana al mundo cofrade que a una amalgama de hierros dispersos por toda Málaga que deshumanizan el acto.
Por ello, me venía a la cabeza el gran trabajo que hacen los orfebres y diseñadores para camuflar la infraestructura metálica bajo los tronos. No podemos olvidar que todos los elementos arquitectónicos que los configuran —la mesa, el palio, su techo, los arbotantes y, en definitiva, todas las piezas que conforman estas catedrales en movimiento con estilos propios del Renacimiento, Barroco e incluso Gótico— son verdaderas operaciones de ensamblaje de piezas que ocultan obras de ingeniería propias de la arquitectura industrial.
El remate final a estas edificaciones efímeras que portan hombres y mujeres sobre sus hombros lo ponen los floristas. Sus magníficas composiciones, la colocación y elección de las flores y su ubicación dentro de los tronos generan verdaderas obras de paisajismo que adornan y armonizan el pasaje que se está representando. Pero, si de paisaje tengo que hablar, no hay más bello y hermoso trabajo de topografía natural que el monte de claveles que todos los años al Cautivo y la Trinidad regala su barrio. Estampa señera que en toda casa de malagueño ha resonado.
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