Opinión | Marcaje en corto
En manos del algoritmo

El director deportivo Loren Juarros en el balance del mercado de fichajes del Málaga CF. / Álex Zea
Subió al despacho del presidente nada más recibir el mensaje instantáneo en su móvil. La suerte estaba echada. Pero él no lo sabía. Iba a ser el primer descarte de cara al próximo mercado de fichajes. Y lo particular de esta decisión era que por primera vez el club había puesto todo su organigrama de trabajo en las manos de una máquina de última generación.
El director deportivo acababa de ser sustituido por un asesor virtual. El mandatario asiático estaba convencido de que era mejor que la grada pidiese la cabeza de la IA a la de su propio asistente técnico. Así que la plantilla de cara a la nueva temporada iba a tener como arquitecto un compendio estadístico inédito hasta entonces. Pensó el presidente que así iba a quitarse las críticas sobre la idoneidad de haber fichado a uno o a otro refuerzo.
El jugador pidió permiso para acceder al despacho. Al otro lado de la puerta se escuchaba la máquina de café. Él todavía no había desayunado. El entrenador les había dado el día libre después de la jornada de fin de semana y, con el viaje de regreso tan tardío, mejor reponer fuerzas a media mañana, pensó. ¿Qué demonios tendrá que contarme hoy, sabiendo que estamos de descanso?, se dijo.
Todo está marchando sobre ruedas durante esta campaña. Lo último que se te pasa por la cabeza es que te vayan a comunicar a estas alturas de la primavera que tu ficha había dejado de ser imprescindible. Que te busques equipo para el nuevo curso. Pero lo más marciano es que el presi se escude en que han puesto a trabajar al ordenador y que en manos del algoritmo eres el primer descarte.
Así, sin un café en el estómago donde depositar tu cabreo. Ni siquiera se ha dignado a ofrecerte como otras veces ese descafeinado sin azúcar que sabe a perros. Lo mismo también han recortado en catering, piensas. Estar en manos del algoritmo tiene en efecto múltiples ventajas. Esta vez no tienes que cambiar de despacho para quejarte. Te ha tocado. Y es lo que hay, te dices.
Ni tu capacidad para hacer pegamento en el vestuario, ni el apego que has demostrado a la ciudad entran en manos de la máquina. Sin embargo, un completo análisis estadístico, donde no faltan los más completos registros sobre tus números en cada jornada, así como las pruebas médicas y de test en juego, monitorizado cada uno de tus esfuerzos, ya empiezan a ponerte en la bandeja de salida.
El programa no sólo atiende a lo que representas en términos numéricos para el equipo. También entran en juego las posibilidades de que el club ingrese beneficios en virtud de tu trayectoria formativa, de la evolución de los mercados y de la posibilidad de que puedas proporcionar un interesante traspaso, pues tienes otro año de contrato aún en vigor.
Luego está todo lo demás. Que no es poco. Que si eres el primer descarte de la historia decidido en exclusiva por inteligencia artificial, después de un largo proceso de entrenamiento con el que la computadora acertó multitud de casos de éxito en anteriores mercados de fichajes.
Es ahí donde te sientes aún más deprimido. ¿Cómo puede fiarse el club de un proceso donde tantas variantes han podido quedar excluidas? ¿Qué será lo próximo que tengan que ver tus ojos? ¿Decidirá la máquina quién se encarga de adecentar los pasillos y vestuarios? ¿Optará la propia inteligencia cibernética por incluir o no ciertos inversores cuando haya ampliación de capital?
Sales de las oficinas con cara de pocos amigos. Y nuevas dudas te van asaltando, como si te hubiesen robado la posibilidad de responder ante una decisión que puede cambiar tu suerte y la de la entidad donde has puesto tantos esfuerzos. ¿Quién ha sido capaz de meter en el algoritmo lo mucho que te quiere tu afición? ¿Qué instantes ha podido analizar una máquina que no ve más allá de las pulsaciones por minuto de cada instante tuyo a lo largo del día?
Llegas al fin a casa. Con la mirada perdida. Sin ganas de hablar. Es difícil explicar lo inexplicable. Casi tanto como poner en órbita otra misión espacial con destino a la órbita lunar. Cambiar de puesto de trabajo supone tener que olvidarte de esta ciudad, del lugar donde has visto crecer a los pequeños. Eso se asume de antemano. Pero es inexplicable que esa decisión haya estado en manos del algoritmo.
Mudo. Totalmente mudo. Como la máquina cuando nadie pregunta. Así llevas tres horas.
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