Opinión | Tribuna
El sepulcro vacío
El sepulcro vacío no es sólo un episodio religioso, sino una provocación existencial que nos invita a cuestionar esa aparente irreversibilidad que la sociedad nos vende como consustancial al ser humano

Sepulcro en la Alameda. / Eva Reviriego
Hay imágenes que remontan la escala de los siglos ajenas a todo desgaste. Sin duda alguna, el sepulcro vacío es una de ellas. Y no hace falta ser creyente para percibir su fuerza simbólica: inesperadamente, un lugar destinado a contener la muerte aparece abierto, desocupado, desmentido. Lo que debía ser el inevitable punto final se convierte en un nuevo y sorpresivo inicio. Y es precisamente ahí, en el interrogante que sobrevuela por encima de todo espacio y de todo tiempo, donde comienza su vigencia.
La tradición cristiana ha interpretado ese vacío como el signo central de la resurrección. Pero, más allá de las profesiones de fe, el sepulcro vacío plantea una pregunta profundamente humana: ¿acaso hemos olvidado que en la vida subyace la inconmensurable capacidad de abrirse paso donde menos lo esperamos?
Vivimos en una cultura acostumbrada a los sepulcros: el desencanto, la rutina, la resignación y el gusto por lo inmediato emergen como tumbas invisibles donde, sin apenas temblar, enterramos proyectos, relaciones o incluso las mejores versiones de nosotros mismos. Y lo peor de todo es que, al final, nos creemos que la trama de lo caduco resulta inevitable. Así lo diría el poeta Manuel Salinas: dejamos de dar sentido a ese anillo de desposados que perdieron el lagarto y la lagarta en el poema lorquiano. Dejamos de dar sentido a lo que permanece para siempre.
Por eso, el sepulcro vacío no es sólo un episodio religioso, sino una provocación existencial que nos invita a cuestionar esa aparente irreversibilidad que la sociedad nos vende como consustancial al ser humano. Porque la historia, tanto la personal como la colectiva, le pese a quien le pese, sigue abierta, como el sepulcro vacío. Y si algo ha demostrado la historia es que, incluso en los contextos más cerrados y ocultos, puede haber grietas por donde se cuele la vida.
Lo que les comento no es un mero paseo por las nubes que haya que creerse porque sí, tan sólo basta abrir los ojos: jamás deberíamos conceder a ninguna situación negativa el poder de definirnos completamente. Ni el fracaso profesional ni una ruptura afectiva ni una crisis personal tienen por qué tener la última palabra, aunque así lo parezca en determinados momentos.
El relato evangélico no describe a personas que se quedan inmovilizadas contemplando el sepulcro, sino a voluntades que se ponen en camino. En términos cotidianos, también el optimismo, la resistencia y la reconciliación frente al fatalismo afloran como una irrupción de Dios en la historia del ser humano, una nueva esperanza que vence a la muerte desde dentro.
La cuestión es que, incluso para quien no comparta esa fe, la imagen sigue siendo poderosa, pues habla de la capacidad de la vida para abrirse paso en mitad de la sombra. En ambos casos, el mensaje converge en una misma dirección: no todo está cerrado.
Pero hay, además, un aspecto comunitario que no conviene olvidar. El sepulcro vacío no es una experiencia privada. Se comunica, se comparte, se contagia. En un tiempo marcado por la fragmentación y el individualismo, recuperar esta dimensión resulta especialmente relevante. Porque la esperanza, si preferimos usar esa palabra, no es sólo un sentimiento interior, sino algo que también se construye desde lo colectivo.
No se trata, pues, de imponer una interpretación, sino de ofrecer una clave de lectura que dialogue con la experiencia de todos. El sepulcro vacío no exige adhesión inmediata, pero nos propone una posibilidad: la de mirar la realidad con otros ojos.
Quizá el mayor riesgo hoy no sea la falta de respuestas, sino la renuncia a hacerse preguntas: el sepulcro vacío es incómodo, pues obliga a replantear certezas y a abrir horizontes que creíamos cerrados. También ahí reside su valor.
Al final, ya sea con la libertad de los hijos de Dios o con la libertad de los hijos del mundo, cada cual decidirá qué hacer con esa imagen. Para algunos será el núcleo de su fe; para otros, una metáfora sugerente. Pero tal vez pueda convertirse para todos en un recordatorio necesario: incluso en los lugares donde parecía habitar definitivamente la muerte, puede aparecer, contra todo pronóstico, la vida, un espacio vacío y la nítida esperanza de algo nuevo.
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