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Opinión | El Bien-Estar

El problema no es el niño que grita, es todo lo que pasa alrededor

Miradas, juicios y falsa empatía: anatomía de una escena cotidiana

La compra en el supermercado puede ser una aventura que pone a prueba la paciencia

La compra en el supermercado puede ser una aventura que pone a prueba la paciencia / Christian Naccarato/Pexels

Imagina una escena que se repite más de lo que a los padres nos gusta admitir: nuestro hijo llorando, con mayor o menor intensidad, en público. Ahora cambia el eje y mírala desde fuera, desde la perspectiva del espectador. ¿Cómo la ves ahora?

Ese llanto no se puede ignorar. Es un llanto que ocupa espacio, que se te mete en el cuerpo —sobre todo en los oídos— y que hace que todo el mundo deje de estar cómodo. El carrito parado en mitad del pasillo, una madre agachada intentando contener lo que ya no se contiene, gente pasando más despacio de lo normal… o más rápido, según les venga ese día.

Y alrededor, el teatro: miradas que se cruzan, ojos que se desvían demasiado tarde, ese suspiro que no es para ayudar sino para marcar distancia y, por qué no decirlo, para enmendar la plana. Nadie dice nada, pero todo está pasando.

A mí hay algo en todo esto que me sigue chocando. La escena es incómoda, sí, pero no es nueva, y aun así seguimos reaccionando como si no supiéramos qué hacer con ella o como si nunca nos hubiese pasado. Como si el problema fuera el ruido… y no lo que hay debajo.

Porque ese niño no está portándose mal. Está desbordado. Y eso cambia bastante las cosas, no porque lo solucione todo, sino porque te obliga a mirar de otra manera.

Lo curioso es que, cuando la escena no es tuya, todo parece fácil, muy claro, demasiado claro. Esa especie de experticia momentánea, caída del mismísimo cielo, en la que sabes perfectamente lo que habría que hacer, lo que tú no harías nunca y lo que —por supuesto— a ti no te pasaría. Hasta que te pasa.

Y ahí aparece la palabra mágica: empatía. Esa que todos defendemos… hasta que incomoda.

Porque ser empático no es entender exactamente lo que le pasa al otro —eso es imposible—, es algo bastante más sencillo y bastante más incómodo: no añadir más tensión, no mirar como si aquello fuera un espectáculo, no colocarte por encima sin darte cuenta.

No hace falta intervenir, ni dar lecciones, ni siquiera entenderlo todo. A veces basta con algo mucho más pequeño: seguir a lo tuyo sin juzgar, no sostener la mirada como si esperaras que alguien falle, dar espacio.

Porque cuando estás dentro de esa escena, lo notas. Notas quién está mirando y cómo.

No vas a evitar que un niño llore en público, pero sí puedes decidir qué haces tú cuando pasa. No es gran cosa, pero tampoco es poco: ahí decides si eres cojín… o martillo.

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