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Opinión | Tribuna

y demás compañeros del Politécnico

En recuerdo de Manolo López Guerrero

Manolo era por encima de todo, un extraordinario profesor. Lo legitiman como tal los testimonios de sus antiguos alumnos, algunos hoy profesores

Manuel López Guerrero

Manuel López Guerrero / L.O.

Manuel López Guerrero ha fallecido poco antes de Semana Santa. Sus compañeros del Instituto Politécnico hemos contenido la consternación ante su muerte valorando la consistencia y rotundidad de su fecunda vida de profesor. Manuel López Guerrero, Manolo López siempre, ha sido el director que produjo la mayor transformación que un centro de Formación Profesional pueda experimentar. Elegido director por sus compañeros, aunque nombrado por la Administración, Manolo López acometió el gran cambio que el entonces Instituto Politécnico Nacional necesitaba. Arropado por un equipo directivo entusiasta y valiente, en el que era esencial el trabajo leal de su colega Jorge Heredia, hizo que aquella Escuela de Maestría se adaptara al ordenamiento educativo de la FP de Primer y Segundo Grado y a la convivencia del profesorado de materias comunes y tecnológicas, encajando ambos en un sistema que tantos profesionales titulados proporcionó al mundo laboral de Málaga.

Manolo López aplicó un sistema de gestión riguroso, exigente, justo y eficaz. Su dedicación personal era absoluta. Siempre que se le buscaba, estaba. Y estaba en persona y en espíritu, escuchando, atendiendo, con su afabilidad y actitud receptiva y amigable. Bajo su mandato se incorporó a la denominación del centro el específico Jesús Marín en memoria del que fuera profesor y director durante largo tiempo, largo y fructífero.

Manolo era por encima de todo, un extraordinario profesor. Lo legitiman como tal los testimonios de sus antiguos alumnos, algunos hoy profesores, muchos de ellos, profesionales en diversos campos, del mundo técnico especialmente. Porque Manolo era un profesor de Dibujo pulcro, minucioso, implacable con las tareas y asistencia, pero extremadamente comedido y cariñoso. Quienes hemos compartido alumnado con él en sus tareas de tutor, no olvidaremos sus detalladísimos informes en las sesiones de evaluación, su conocimiento de su alumnado, su dedicación generosa sin escatimar tiempo ni recursos.

Manolo aplicó su labor docente en varios centros escolares, como el Ave María o la Escuela profesional San José, bajo las direcciones respectivas de los padres Corchón y Mondéjar. También ha sido socio desde sus inicios de las librerías Proteo y Prometeo, cuyo papel en la difusión cultural en Málaga ha sido fundamental, con reconocimiento institucional pero más aún por los innumerables lectores, estudiantes, escritores que han pasado por ellas. Pero el centro de su atención profesional, ha sido durante largos años, su Politécnico, del que le hemos oído referirse así, con el posesivo que denota hasta dónde le importaba cuanto allí se fraguase.

Manolo ha seguido yendo al instituto desde que se jubiló, hace más de veinte años. Lo ha hecho cada jueves, capitaneando a un grupo de compañeros que siempre hemos reconocido su liderazgo indiscutible, su peso específico de persona de bien, su presencia inolvidable. Manolo, quien se hace querer, permanece.

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