Opinión | Tribuna

Escritora y crítica literaria
Artemis II y la épica
Imagino su silencio, su emoción, su incertidumbre, su nostalgia, su miedo...

Fotografías publicadas por la NASA en su cuenta oficial de X que muestra una vista de la Tierra tomada por la tripulación del Apollo 17 en 1972 (izquierda) junto a la última imagen capturada desde la nave Orión de la misión Artemis II el pasado 2 de abril. / NASA / EFE
¿Qué objeto llevarías contigo si tuvieras que pasar diez días flotando en el espacio a 380.000 kilómetros de la Tierra? Uno solo. He aquí cuatro respuestas: una Biblia (es de suponer que digital), mensajes manuscritos por personas queridas, un cuaderno para apuntar pensamientos y un colgante con cuatro lunas que representan a la esposa y los tres hijos. A nadie se le escapa la simbología profunda de estos objetos, su valor espiritual, su capacidad de dotar de sentido a la existencia y, por extensión, al viaje. Cualquier viaje, real o metafórico.
Los cuatro viajeros del ejemplo son Reid Wiseman, Victor Glover, Jeremy Hansen y Christina Koch, los tripulantes de la misión Artemis II, quienes mientras escribo estas líneas están ya más cerca de la Luna de lo que ha estado ningún ser humano desde hace más de 50 años. Los imagino flotando por el espacio dentro de una cápsula del tamaño de una caravana pequeña. Imagino su silencio, su emoción, su incertidumbre, su nostalgia, su miedo... Leo por todas partes que están muy ocupados y que en los diez días que dura la misión apenas tendrán tiempo para ninguna actividad además de trabajar, dormir, comer o asearse. Espero que así sea, porque no debe de ser bueno tener mucho tiempo para pensar allá arriba.
Pienso también en los muchos días y semanas de que dispusieron los marineros que llegaron al mar del Norte desde Grecia acompañando a Piteas de Massalia hacia el año 330 antes de Cristo. Sus intenciones no eran muy distintas a las de los viajeros lunares de hoy. Los dos representaban a países orgullosos de sí mismos, poderosos, capaces de emprender al mismo tiempo lo más sublime y lo más terrible. Imagino la soledad de esos viajeros, la tristeza y el terror que debieron acompañarlos durante la navegación. Estoy segura que llevaban consigo amuletos a los que aferrarse. Cosas que les recordaban sus motivos para regresar.
Regresar a casa. Ese es el objetivo final de cualquier viaje. Que la experiencia merezca ser contada al mundo. Este mundo cambiante, tecnológico y desquiciado donde la épica sigue intacta.
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