Opinión | Málaga en mi memoria
El cielo no es el límite
El ser humano es capaz de comprender el universo sin haber aprendido todavía a comprenderse a sí mismo

Sexto día de vuelo de Artemis II: La tripulación está lista para el sobrevuelo lunar / NASA
Me fijé porque era la única persona más mayor que yo que vivía en la residencia, además de por ser occidental. Conforme bajaba en el ascensor, tuve el tiempo justo de ver a un hombre rubio con un pijama de rayas azules a través de la puerta de cristal mojando galletas en un vaso de leche. Sentado en la cocina comunitaria de su planta, podría haber sido cualquiera. Estaba emocionada: de entre todas mis asignaturas en la universidad durante mi estancia en Seúl, me concedieron la posibilidad de estudiar Cosmología, a pesar de que no estuviera en absoluto relacionado con la lengua ni con la literatura. Y aquello me excitaba de una forma poco habitual. Tenía que alejarme un poco aunque el instituto de cosmología estaba dentro del campus, así que ese rato era idóneo para iniciar la conexión de una mujer de letras con su contrapartida científica. Porque yo, de haber vivido otra vida, habría sido a través de la ciencia. Dábamos clase en el observatorio, bajo la bóveda gigante. Era espectacular sentir la nimiedad del ser entre conceptos de física del cosmos y física cuántica, esa espiritualidad en estado puro que otros llaman hechos científicos. Ahí mismo recordé el cielo inmenso de El Bosque que vi con seis años. Y, aunque la primera clase seguro que fue muy interesante, no recuerdo nada de ese momento más que mi asombro al ver a mi profesor, el director del instituto de cosmología y Premio Nobel de la Física 2006, George Smoot, señalando esta y otra galaxia. Yo, en mi mente, reconociéndole en pijama mojando galletas en su vaso de leche.
Diez años antes me habría bajado del 22 (que me llevaba a la Facultad de Filosofía y Letras), completamente enamorada de la literatura y preguntándome si acaso todo lo vivo hacía uso de un sistema de lenguaje igual o distinto al mío. Y si de verdad la literatura estaba tan lejos de explicar las leyes del cosmos como parecía de entrada, si acaso yo misma no era el cosmos entero contenido en un solo cuerpo. Hay momentos en los que el límite deja de ser una idea y se convierte en una experiencia y, sin embargo, lo seguimos queriendo cruzar. Estos días, mientras escribo, una nave espacial rodea la luna. Cuatro personas atraviesan ese vacío que durante siglos fue el dios de todo mito, metáfora del futuro y de la mente humana; una es mujer. Pienso inevitablemente en ella, en si habría querido ser yo esa mujer de ciencia que, por primera vez, flota fuera de su planeta para entender qué siente y qué piensa. En si esa otra vida que me imagino en paralelo me habría llevado a suspenderme entre la nada y la certeza, casi igual que ahora. Porque todo lo nuevo, especialmente si suena a grandilocuencia, genera siempre una corriente diametralmente opuesta de incredulidad. De desconfianza. Como si yo no pudiera avanzar sin tener que justificarme ante mí misma, como si cada conquista necesitara su parte de sombra y a sabiendas de los beneficios de la investigación, de los recursos de afuera y del ejemplo femenino y humanitario. Me encontraba fascinada por mi propio vacío bajándome del autobús, y ahora no es tan distinto. Profundamente conmovida con la hazaña técnica, sigue siendo una necesidad infantil entender qué hay más allá de las fronteras de mi planeta. Pero, también estoy incómoda. No entiendo cómo conviven unas imágenes con otras: un mundo en guerra, el abuso y la desigualdad obscena. No acepto estas prioridades. Veo que el progreso no es lineal y que el avance científico no implica avance moral. Me azota la culpa por emocionarme, por conectar con una mujer que hasta ahora no existía para mí. Ella en el medio de la nada, como yo a veces. La culpa de sentirme inspirada por algo que, racionalmente, resulta innecesario. Pero justo ahí es donde represento a ese mismo ser humano que ha sabido calcular una trayectoria orbital perfecta a miles de kilómetros de la Tierra y que no ha sabido resolver sus conflictos más básicos aquí abajo, a tiro de piedra.
Ya de noche, habíamos subido el monte y nos situamos justo donde había un claro. Desde ese punto veíamos el firmamento en su inmensidad y no nos interrumpíamos con los otros grupos que también habían venido a lo mismo. Mi madre, siempre abrazándome, señala hacia arriba y lo dice: «se ven luces». Estábamos en El Bosque, un pueblecito en Cádiz donde dicen que el cielo significa otra cosa. Yo también las vi. Blancas. Rojas. Una verde. Moviéndose a una velocidad que no alcancé a describir. No supe qué era. Y aún hoy no lo sé. Parece un recuerdo casi impostado, pero lo cierto es que algo se presentó. No he podido explicar nunca por qué desde pequeña sentía esta poderosa incredulidad hacia el más allá y, sin embargo, una poderosa atracción hacia lo desconocido que no he podido desobedecer. Lo mismo me sigue pasando hacia nosotros, los seres humanos. Miraba a mi madre siempre con sus libros, leyendo el periódico, escribiendo en sus cuadernos, tecleando frenéticamente en su Olivetti de carcasa gris. Es seguro que sus preguntas más existenciales se transfirieron a mí con cada imagen de sus gafas en el puente de su nariz, un té en la mano y un libro cerrado con un lápiz dentro.
El deseo de saber se tiene, pero también se hereda. Y así miro al cielo. No para entenderlo, sino para saber hasta dónde podría llegar sin haberme entendido del todo. Lo extraordinario habita en lo cotidiano: un premio Nobel en pijama mojando galletas en su vaso de leche o unas luces en el cielo que no eran estrellas. Y si darle una vuelta a la Luna no te revuelve el estómago, es que crees estar a resguardo entre tus cuatro paredes.
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