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Opinión | La vida moderna merma

Cofrades de mierda

La Semana Santa no es un juguete político, ni un campo de batalla ideológico, ni un recurso narrativo para quien necesita agitar a su grupito. Es algo mucho más serio

En un mundo donde casi todo se mide en términos de rentabilidad, de visibilidad o de retorno inmediato, resulta profundamente incómodo encontrarse con una realidad que funciona de otra manera

En un mundo donde casi todo se mide en términos de rentabilidad, de visibilidad o de retorno inmediato, resulta profundamente incómodo encontrarse con una realidad que funciona de otra manera / L. O.

Hay un sacerdote, José Pedro Manglano, que hace unos años decidió titular uno de sus libros de forma poco ortodoxa. Santos de mierda. Así, sin anestesia. A primera vista, el título parece una irreverencia o una provocación innecesaria. Pero, como ocurre casi siempre con las buenas provocaciones, no es más que una forma de decir una verdad incómoda y es que la santidad no habita en la perfección, sino en el barro. Que lo extraordinario, muchas veces, se construye desde lo imperfecto, desde lo cotidiano, desde lo que no luce. Que Teresa de Calcuta tendría sus miserias y problemas pero que era una mujer ejemplar.

No se me ocurre mejor manera de explicar lo que ha sido -y sigue siendo- la Semana Santa de Málaga que recurriendo a esa idea. Porque si uno se detiene a mirar con un mínimo de honestidad, entenderá que esto que ocurre cada primavera en la ciudad no lo levantan instituciones abstractas ni discursos redichos. Lo levanta gente sencilla. Personas normales. Con sus virtudes y sus defectos. Con sus contradicciones, incoherencias y metidas de pata. Con sus miserias incluso. Es decir, lo levantan -permítanme la licencia- cofrades de mierda. Y conviene decirlo alto y claro, porque en los tiempos que corren parece que hay que pedir perdón por todo, incluso por sostener lo que funciona.

La Semana Santa que acabamos de vivir ha sido, sencillamente, extraordinaria. Plena. Redonda. Níquel. Sin sobresaltos de lluvia, con todas las cofradías en la calle y con los horarios funcionando con una precisión que ya quisieran muchos otros ámbitos de la vida pública. Una ciudad entera latiendo al mismo compás, con una belleza que no necesita nota de prensa explicativa y con una capacidad de organización que roza lo admirable y hecho por gente, repito, normal.

Y, sin embargo, mientras todo eso ocurre, mientras centenares de personas trabajaban durante el año para que todo saliera como ha salido, hemos tenido que asistir, one more time, al espectáculo paralelo. Ese que ya se ha convertido en tradición reciente. El de la manipulación, la demagogia cutre y el uso interesado de la Semana Santa como arma política.

De repente, han vuelto los mantras. Que si la Semana Santa se privatiza. Que si el Centro no se puede pisar. Que si esto es para ricos. Que si aquello es para unos pocos. Argumentos estúpidos, vídeos rescatados del pasado y, lo que es más preocupante, altavoces institucionales que deberían estar para otra cosa amplificando relatos que no resisten el más mínimo contraste con la realidad. Porque la verdad, por mucho que se intente retorcer, es bastante más sencilla: las sillas existen desde hace más de un siglo, tienen precios tirados en comparación con cualquier otra cosa y conviven perfectamente con un espacio público que sigue siendo, mayoritariamente, de todos. No hay privatización, salvo en las neuronas de algunas cabezas donde a la inteligencia le ha dado un tirón y no anda correctamente.

Resulta particularmente llamativo que quienes hablan de ocupación del espacio público lo hagan con una selectividad digna de estudio. Porque hay eventos -deportivos por ejemplo- que cortan calles, condicionan la movilidad y transforman la ciudad durante horas sin que nadie levante la voz. Quizá porque entonces sí encajan en el relato adecuado. O quizá porque hay negocios que sí se consideran legítimos y otros asuntos como la Semana Santa que, misteriosamente, no. ¿Cómo estaba la Media Maratón este año? ¡Abarrotá!

Mientras tanto, los cofrades -los de verdad- siguen a lo suyo. Sin grandes declaraciones. Sin victimismos. Sin ruido. Con sus peleas clásicas absurdas sobre poder, diseños, encajes, tiempos de paso o música pero dentro siempre de una normal mundana. Ensayando en silencio con el miedo de que te multen por el altavoz, cosiendo túnicas con el miedo de que no te llegue el dinero para las telas mientras hay quien hace su agosto económico con eso que tú preparas con esmero, limpiando enseres que costaron lo suyo y sacaste organizando 14 verbenas, preparando turnos, cuadrando horarios, atendiendo a quien lo necesita durante el año entero y no solo durante una semana. Personas que dedican horas, días y años a algo de lo que no obtienen rédito económico alguno. Más bien al contrario.

En un mundo donde casi todo se mide en términos de rentabilidad, de visibilidad o de retorno inmediato, resulta profundamente incómodo encontrarse con una realidad que funciona de otra manera. Una realidad sostenida por la gratuidad, por la fe -para quien la tenga- y por un sentido de pertenencia que no se puede comprar ni vender.

Y quizá por eso molesta. Porque desmonta muchos discursos. Porque deja en evidencia que hay cosas que siguen escapando a la lógica del mercado y de la ideología.

Las cofradías, las hermandades y la propia Agrupación llevan décadas -siglos, en algunos casos- construyendo algo que trasciende lo puramente religioso. Una red social real, tangible, que atiende, que acompaña y que sostiene. Una escuela de compromiso y de responsabilidad que no necesita campañas de marketing para existir y sí para -desgraciadamente- tener que defenderse. Y todo eso se hace desde abajo. Desde esa chusma selecta que diría Martínez Ares, pero versión capillita.

Por eso, quizá ha llegado el momento de que esos cofrades de mierda dejen de agachar la cabeza. No para entrar en el ruido, que no les corresponde, sino para marcar una línea clara: la Semana Santa no es un juguete político, ni un campo de batalla ideológico, ni un recurso narrativo para quien necesita agitar a su grupito. Es algo mucho más serio.

Algo que pertenece a la ciudad, a su historia y a su gente. Algo que se construye con esfuerzo, con fe y con una generosidad que escasea en otros ámbitos. Algo que no necesita ser defendido con estridencias, pero que tampoco merece ser manoseado con tanta ligereza. Que una ayudita pública siempre viene bien, pero que nadie se piense que por dar dos pesetas para flores están haciendo el favor de la vida. Que esto, en términos económicos, mueve lo más grande y lo que se recibe es una absoluta porquería.

Quizá el problema es que algunos no soportan lo que no controlan. Y la Semana Santa de Málaga, por mucho que se empeñen, no es controlable desde un eslogan ni desde un despacho. Es demasiado compleja, demasiado auténtica y, sobre todo, demasiado real. Por eso molesta. Porque no encaja. Porque no responde a la lógica simplista de buenos y malos, de ricos y pobres, de opresores y oprimidos. Porque aquí hay algo mucho más incómodo: gente libre organizándose sin pedir permiso salvo a la Iglesia. Y ante eso, solo cabe una respuesta. El respeto. El mismo que los cofrades llevan siglos teniendo por su ciudad. Ese que algunos parecen haber olvidado.

Y si no les parece bien, siempre tienen otra opción también válida y muy antigua. Irse a [inserte aquí su palabrota]. Viva Málaga.

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